Se derriban las estatuas… ¿seguirán los libros?

20-06-2020



Caen estatuas de traficantes de esclavos, de generales y hasta de Cristóbal Colón. Se pone a resguardo la de Robert Baden-Powel, fundador de los scouts, por su presunta admiración del nazismo. También se protege la de Churchill. El monumento del General Baquedano se libró de la caída por la escasa fuerza de sus atacantes. Pedro de Valdivia, en la Plaza de Santiago, está en la mira desde hace tiempo, pero ya se derribó la de Concepción. Algunos suman la de O’Higgins, instigador, según se dice, de la muerte de Manuel Rodríguez y los hermanos Carrera. Pero no hay que hablar de cosas de “este tiempo”: el 16 de septiembre de 1973 se derribó la estatua de Ernesto “Che” Guevara, ubicada en San Miguel, en Santiago y en los años sesenta, el busto del argentino Domingo Faustino Sarmiento iba a dar al río Mapocho cada vez que había un problema con el país trasandino. En los setenta, pasando frente a La Moneda, en Santiago, un amigo me mostró la de Alessandri con un escueto comentario: “El asesino del Seguro Obrero”
En mis tiempos de universidad, una compañera de la carrera de castellano hizo una tesis sobre “inmoralidades en las letras chilenas”. Hubo risas contenidas cuando expuso su trabajo. No sin temor pienso en si hoy alguien quisiera adentrarse en ese tema.
Pero veamos y juzgue el lector: en “El Ideal de Un Calavera”, novela de Alberto Blest Gana, publicada en 1863, aparece un sujeto ya mayor, Lino Alcunza. Sin perjuicio de sus años, acecha a adolescentes, acosa a las chicas o se gana la voluntad de los padres para lograr sus inmorales conquistas. No tiene empacho en prácticamente raptar a una joven – bajo el pretexto de ayudarla – y llevarla a su casa.
No menos expresivo es Guillermo Blest Gana, hermano del anterior, quien desliza en uno de sus poemas – no tiene por qué ser verdad, no olvidemos que es literatura – su atracción por su prima de trece años en un acto hoy tal vez censurado. “Mi prima era muy bonita – dice el poeta – yo no sé por qué razón al recordarlo, palpita el corazón”. La chica, según Blest, “contaba catorce años, me parece, más mi tía aseguraba que eran solamente trece”. Se las arregla para darle un beso a la niña, que, según nuestros datos, debió ser Mercedes Gana.
Augusto D’Halmar (1880-1950), publicó en 1902 “Los Vicios de Chile: Juana Lucero”, más tarde conocida por el segundo nombre. Trata de una joven, hija de costurera y de un prominente diputado quien, abandonada de todos, va cayendo en su existencia hasta, tras ser violada, llega a ejercer el comercio sexual. La obra concluye con la chica disparando sobre su imagen en un espejo. La trama sirve al autor para deslizar severas críticas en torno a la sociedad de su tiempo, moralizadora en temas como la homosexualidad, pero que acepta y dicta reglamentos para las “casas de tolerancia”, hoy prostíbulos, donde llegan las jóvenes que no tienen otro medio para sobrevivir. La obra estuvo prohibida en Chile.
Pero D´Halmar publicó en 1924 la primera novela chilena y americana donde se trata el tema homosexual: “Pasión y Muerte del Cura Deusto”. Temeroso de un escándalo la primera edición se hizo en España, ubicando el ambiente en Sevilla. Narra la relación del sacerdote Ignacio Deusto, quien ve alejarse a su pareja y “mejor amigo” para casarse con su hermana. Decepcionado, conoce a un gitanillo huérfano al que acoge siendo menor de edad (catorce años). Al correr de los años, se convierte en un atractivo joven, produciéndose la vinculación sexual.
La obra sólo fue publicada en Chile en 1938 con el advenimiento del Frente Popular y tuvo una dura crítica de sectores conservadores, llegando a ser prohibida en las bibliotecas de colegios católicos. Sólo se reeditó en el 2014.
“Los Sonetos de la Muerte” y los primeros poemas de Gabriela Mistral fueron severamente censurados. Cuando clama, “¡Un hijo, un hijo, un hijo! Yo quise un hijo tuyo y mío, allá en los días de éxtasis ardiente”, se le calificó de inmoral y su lectura fue prohibida en colegios “de señoritas”. La invocación mistraliana, de claro sentido sexual, amoral y de audacia ilimitada, es considerada un pésimo ejemplo en la sociedad de ese tiempo. Como se sabe, los primeros libros de nuestra Premio Nobel están editados fuera del país.
El poeta Carlos Acuña, de Cauquenes, (1886-1963) en 1926 publicó “Mingaco”, cuentos ambientados en su tierra. En esas páginas describe una aventurilla del ya hombre escritor (si hemos de acogernos a su concepto de “temas autobiográficos”) con una chica que tiene “unos trece años” pero que, lo advierte el autor, “es ya casi una mujercita”. Sorprendidos por la tía del poeta, la dama lo reprende con un enojoso “cochino, cochino”, con toda la moral de la época. Acuña tiene otras páginas por el estilo.
Lagos Lisboa (1883-1958), sanjavierino, obtuvo una mención honrosa en los Juegos Florales de 1914 -, en el cual ganó Gabriela Mistral – con “Los Castillos”, relatando una aventura en verso donde una tarde de verano atisba en un huerto, las pantorrillas de una vecinita de nombre Licet,
Daniel Belmar (1906-1991) en la novela “Roble Huacho” (1947), nombre tomado de la localidad ubicada en la provincia de Cautín, relata la vida oscura de esos habitantes, en el cual las violaciones y abusos sexuales son casi una consigna. De gran brutalidad es la escena de cuando un prohombre de la zona ordena a uno de sus inquilinos violar a una maestra que declaró contra él en un juicio. El atentado no se consuma por la tenaz resistencia de la mujer.
Es de temer que estos libros caigan bajo la lupa de los que hoy intentan reordenar la historia.

JAIME GONZALEZ COLVILLE
Academia Chilena de la Historia

http://www.diarioelheraldo.cl/noticia/-se-derriban-las-estatuas-seguiran-los-libros | 01-10-2020 11:10:46