El Sentido de la vida del Hombre

08-02-2018


¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? ¿por qué estamos aquí? ¿ qué somos y hacía dónde vamos? Todos, alguna vez o en algún momento de nuestra vida nos hemos realizado, o nos realizaremos este tipo de interrogantes relativas a nuestra propia existencia; filosofar y pensar vacua o profundamente es inherente a nuestra maravillosa mente que inquiere de todo, que orienta la exploración y la manipulación del entorno. Conocemos más del mundo que nos rodea que de nuestro propio origen y destino. Somos como una raza huérfana abandonada en una basta dimensión que en su necesidad de sentido paterno, ha creado figuras divinas, fuerzas abstractas que hemos caracterizado y cosificado de acuerdo a nuestras propias necesidades.
Algunos aún no tenemos ni gozamos de la certeza absoluta de nuestro génesis. La fe les ha brindado a muchos la expectativa segura de algo que jamás han visto, aquella virtud y seguridad espiritual que va más allá de lo simplemente evidente los ha llevado a dedicar su vida a un Dios omnipotente, creador y normativo que orienta sus comportamientos íntimos y sociales. Para el que actúa por fe, su razón es la alabanza, su sentido es alcanzar la salvación del alma y pasar de esta vida que no es, a una que sí realmente lo sea. Por otra parte hay quienes obvian la figura de un Ser divino y basándose en el método científico, en el desarrollo evolutivo de la vida, en lo empírico, postulan y teorizan sobre las leyes y fuerzas de la física universal, que de alguna manera u otra han posibilitado la vida en nuestro planeta.
En un caso son dogmas y creencias basadas en la teología; en el otro caso son principios y leyes de la física basadas en el pensamiento racionalista del hombre. Pero parece que ni el teocentrismo ni el antropocentrismo, que ni la teología ni la ciencia nos ha satisfecho del todo pues aún caminamos desorientados buscando el sentido en diversas partes y a través de distintos medios. Muchos en el arte, otros en la filosofía, en la filantropía, en templos o laboratorios. Somos individuos determinados por el ciclo inmutable de la vida: nacer, alimentarnos, crecer, educarnos, trabajar, reproducirnos y finalmente morir. Sólo de este camino estamos totalmente seguros, sabemos que hemos sido engendrados por padre- madre y que al pasar 80 o 90 años, luego de explorar, aprender, amar y odiar, reír y llorar, trabajar y relacionarnos unos con otros, finalmente moriremos. Nuestra la vida es efímera, el tiempo que se nos ha brindado es breve, nuestros cuerpos son desechables, perecederos…¿por qué hemos de ser finitos? ¿por qué ese término de la vida? ¿por qué somos recibidos y despedidos con el llanto?, del claustro del vientre hacia el claustro de la tierra. Ninguno escapa al fin que se nos ha impuesto.
Si es que hemos venido a aprender, todavía no hemos llegado al conocimiento que nos permita eludir la muerte y extendernos en la eternidad. Hemos adquirido saberes que nos permiten sobrevivir y hasta algún grado disfrutar de nuestra vida, pero ninguno de ellos nos galardona con la perpetuidad. Quizás nuestra vida particular es como una clase dentro del aula, nos hemos inscrito para perfeccionarnos y pasar de un nivel menor a uno mayor (como un alumno que pasa de primero a segundo año básico). Probablemente nuestra labor sea la evolución de la conciencia y nuestra graduación sea la muerte, nada más que un instante de despedida con nuestros compañeros que nos permite pasar de este estado a otro superior. Es preciso finalizar un proceso para comenzar otro. Pero tememos a la ausencia que pareciera eterna, tememos al desprendimiento, a aquel desligar de lo que amamos, tememos a la pérdida del sentirnos presentes junto a lo que hemos construido. Temor a la muerte porque de algún modo no la hemos comprendido del todo, la hemos ennegrecido, la hemos maldecido y la hemos culpado. Temor a la muerte por incertidumbre a lo que hay luego de ella.
Tal vez el apego nos encarcela, ata todo a nuestro yo, la posesión es una ilusión perecedera, pero el desapego nos libra de todo, porque con nada hemos llegado al mundo y con nada nos iremos. ¿Es este el aprendizaje trascendental que debemos adquirir y comprender a cabalidad?
Por evolución y/o creación hemos sido dotados de un cerebro maravilloso que nos posibilita el aprendizaje, la manipulación, la valoración estética y hasta la creación de elementos. Nuestra civilización ha emprendido y alcanzado grandes empresas científicas y tecnológicas, pero ¿hasta qué punto hemos de seguir adelantando en la técnica? ¿conseguiremos salvarnos o destruirnos mediante ella? ¿hacia dónde nos guiará el intelecto? ¿hacía la conciencia o la inconciencia? ¿nos acercará o distanciará de la sensibilidad?
Somos aprendices sin un maestro totalmente evidente, sin un Dios visible o un Principio inteligente que se exponga públicamente a todos. Cuando un grupo de alumnos es dejado en una sala de clases absolutamente solos, sin un profesor que les enseñe, el único método para desarrollarse es el aprendizaje autodidacta, es la experimentación con el medio. Tras una ventana polarizada, el profesor observa y analiza el comportamiento natural de los alumnos, estudia sus conductas y su libre desarrollo.En ningún caso interviene, únicamente ha dotado a la sala de los implementos y recursos necesarios para ser manipulados, ¿qué harán los alumnos con aquellos recursos? ¿hacia dónde los guiará su experimentación? ¿lograrán comprender que tras aquella ventana hay un profesor que ha dispuesto todo como un ejercicio conductual? ¿o se perderán en sí mismos en un torbellino de complacencias?
Pareciera que nuestra realidad es llamativamente semejante a este ejemplo. Somos aprendices sin un maestro totalmente evidente, sin un Dios visible o un Principio inteligente que se exponga públicamente. Así nuestra única alternativa es la experimentación con el medio en esta aula que es el mundo o el universo entero repleto de elementos para manipular. Experimentamos con los elementos a nuestro alrededor, experimentamos con las emociones y los sentimientos; en esta experimentación acertamos y erramos, logramos el éxito o el fracaso, la alegría y la tristeza, el amor y el desamor, avanzamos y retrocedemos constantemente. ¿Lograremos algún bendito día abrir la ventana del cielo, correr el velo y conocer a nuestro Gran Maestro, al Observador, a aquella inteligencia o fuerza diseñadora de nuestra vida?
Mientras tanto le recomiendo que solamente VIVA: experimente, explore, descubra, conozca la dualidad, la reversibilidad de la existencia, transite la cima y el subterráneo, lo amargo y lo dulce, piérdase a veces para así poder hallarse, ría, llore, camine, corra y vuele, también deténgase y observe, escuche, palpe, huela y guste de lo material y lo abstracto, destruya con el fin de construir, de crear y asemejarse más al cosmos, pero por sobre todo SEA FELIZ Y DISFRUTE SU PROCESO.

Boris Albert. Filósofo y Psicopedagogo
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http://www.diarioelheraldo.cl/noticia/el-sentido-de-la-vida-del-hombre | 20-11-2018 12:11:17