martes 21 de mayo del 2019
Dolar $692,79 | Euro $774,15 | Uf $27.730,37 | Utm $48.595,00
El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Hoy
Opinión 20-04-2019
Dudas sobre el suicidio de Balmaceda
La trágica determinación del Ex Presidente Alan García de Perú, ha abierto el debate sobre los mandatarios que se auto eliminaron. Entre ellos, se recuerda a Balmaceda. Pero en ese tema, creemos, se han ocultados hechos. Veamos
La noche del 21 de agosto de 1891, el Mandatario celebró en la Moneda el cumpleaños de su esposa. Casi al empezar la cena, llegó el telegrama con la derrota de las fuerzas gobiernistas. Balmaceda ocultó el hecho para no enturbiar el festejo de su cónyuge, pero palideció y todos lo advirtieron.
Horas después la familia del Presidente se refugió en la embajada de Estados Unidos. Por su parte, el Presidente, con un poncho negro, dejó el Palacio, por la puerta principal, en un birlocho que lo llevó hasta la legación de Argentina, en calle Amunátegui, en esa época número 76 y hoy 236. Le acompañaron dos amigos cercanos.
Entre el 17 y el 18 de septiembre, Balmaceda escribió su llamado testamento político, más una misteriosa carta para una dama, que hasta hoy permanece oculta o fue destruida.
El testamento a que se alude fue dirigido a Eusebio Lillo, pero hay una gran diferencia, entre la letra habitual del Presidente y la de este documento, como se advierte en la imagen que publicamos. Sucede que Balmaceda escribía con la mano izquierda, como lo muestra el examen de los escasos manuscritos que de él quedan, y que, por alguna razón, se hicieron desaparecer. Pero don José Miguel Insulza, cuando era Ministro del Interior, descubrió en los archivos de ese servicio una pequeña esquela escrita por la mano del Mandatario y nos la obsequió para el Museo de Villa Alegre y que es la que se exhibe en esta crónica.
Aquí asoma otra duda, un fotomontaje de su suicidio, obtenido por Castedo y publicado en su Historia (tomo III, página 1896), muestra a Balmaceda tendido en la cama y con el revolver en su mano derecha y una herida en la sien de ese costado, igual cosa sucede con otra alegoría de su muerte, publicada por el mismo autor (página 189). Esa no es la imagen de un suicida, toda vez que se le ve perfectamente tendido, sosteniendo el arma con la derecha. Además, sus descendientes ocultaron una libreta donde el Presidente hizo anotaciones hasta pocos instantes antes de su muerte. Ese valioso documento, de igual forma, se ha esfumado.
“Algo se quiso esconder”, reconoció don Francisco Antonio Encina a Castedo, cuando conversaron sobre este episodio.
Apenas el estampido estremeció la legación, Uriburu pidió a una sirvienta, de nombre Rufina, que acudiera al dormitorio de Balmaceda. La mujer volvió dando la luctuosa noticia. El diplomático sabía que Balmaceda tenía esa arma, e incluso, cuando las hordas triunfantes pasaban por la calle, lo vio extraer el revolver de manera defensiva.
Uriburu pidió la visita del Dr. José Joaquín Aguirre para constatar la muerte y se convocó a Carlos Walker Martínez, Luis Arrieta y Domingo de Toro Herrera, para firmar como testigos del fallecimiento. Sobre ese documento, hay presunciones que fue modificado.
Vino luego una trágica y casi macabra maniobra: el cadáver fue sacado envuelto en la colcha y “sentado” en un coche funerario y “sostenido” por dos agentes de policía. Así cruzó Santiago hasta el Cementerio General, donde se le depositó en una ataúd metálico de la firma Doig y Compañía, que demoró casi toda la noche en ser soldado. No se permitió a nadie de la familia ver el cadáver.
En el Camposanto fue dejado en una bóveda del administrador del Cementerio Manuel Arriarán, pero temeroso de un ultraje, éste lo llevó secretamente a la tumba 1355. Allí descansó hasta 1896 en que se hicieron sus funerales, calmados ya los odios.
Pero hay algo más que agregar a este turbio episodio de nuestra historia de Presidentes: en esa época, la Iglesia condenaba férreamente el suicidio. Quien incurría en este acto simplemente perdía derecho al auxilio religioso. Pero la noche del 18 de septiembre, llegó hasta la legación un sacerdote de apellido Lisboa, a quien se le franqueó la entrada hasta el lugar del sangriento hecho. Estuvo algunos minutos en la pieza y luego abandonó la escena: se llevó consigo, ocultamente, el revolver utilizado por el Mandatario para, presuntamente, poder fin a sus días. Solo años más tarde, esta arma apareció. ¿Cuál es el motivo de que un sacerdote se llevara el revolver de un suicida? Sus descendientes autorizaron fuera exhibido en el Museo Histórico con la leyenda “esta arma mató a un gran hombre”, como si otra mano la hubiese empuñado. Es más, el arma no tenía cartuchos percutados.
Las interrogantes sobre la muerte de Balmaceda persistieron durante mucho tiempo. Sin embargo nunca se indagó más profundamente, fiel al espíritu de esos tiempos. La ocultación de sus documentos más íntimos a los que el historiador José Miguel Irarrázaval Larraín quiso acceder, sin lograrlo, para la publicación, en 1940, de su magna obra “El Presidente Balmaceda” (dos tomos, de exhaustiva investigación), y donde los más tenaces opositores fueron sus descendientes, siguen sin arrojar mayor claridad sobre este hecho.


Balmaceda tras su presunto suicidio: sostiene el arma con le mano derecha, en consecuencia que era zurdo.

A la izquierda, el último escrito del Presidente, a la derecha, uno con su letra habitual. Hay notorias diferencias.
Prensa El Heraldo | Imprimir | 332
Publicidad 13
Publicidad 33