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El Diario del Maule Sur
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Opinión 22-10-2020
La oficina de referencias de la biblioteca nacional
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Tal vez no sea precisa la calificación de “antaño”, pero en 1968 llegamos por primera vez a la Biblioteca Nacional, sin saber al lugar que arribábamos, tras ímprobos intentos en las bibliotecas locales por armar datos y buscar antecedentes de la región, la provincia o de nuestra comuna, Villa Alegre. Por ello un día de noviembre, tomamos el tren en la estación local hacia la capital, de la que conocíamos poco, nos acompañándonos, en subsidio, un gran plano que expedían en los servicentros.
Los puntos de orientación fueron el templo de San Francisco y la Estación y, desde luego, la Alameda. Mirando el enorme papel, que desplegaba en bancos y restaurantes, ubicamos la plaza, la Catedral, Huérfanos, Ahumada y el horizonte se fue ampliando.
Pero el derrotero era la Biblioteca Nacional. En la portería pregunté dónde ubicar datos de Villa Alegre. Noto una mirada de extrañeza del funcionario. Imaginaba que cualquier personero que deambulara por las escaleras marmóreas me daría una clase magistral sobre la materia. Nada de eso. A lo sumo una encogida de hombros y la respuesta clásica: “busque en los ficheros”.
Pero alguien, un muchacho joven, quien debió ver mi condición de provinciano perdido y desorientado, me sugirió “Mire, vaya a la Oficina de Referencias Críticas, tal vez ahí puedan ayudarlo”.
El departamento citado había sido creado en 1967 por el Director de la DIBAM Roque Esteban Scarpa. Tras los saludos de rigor, me dirigí a quien estaba más cerca: era Justo Alarcón Reyes. Le expuse mi afán. En ese instante se acercó otro funcionario, quien se integró a la conversación: Juan Camilo Lorca. Ambos estaban a cargo de esa dependencia, donde se leían, recortaban y fichaban todos los diarios y revistas de Chile. Una labor que, al correr de medio siglo, ha dejado un rico material a los investigadores.
Para no alargar la historia, me hice amigo de ambos. Justo (en esa época se podía) me acarreaba los diarios que yo requería desde las bóvedas, con una paciencia infinita. Juan Camilo, me orientó en los archivos que se custodiaban: el de Silva Castro, de Edwards Bello, todos con amplias y nutridas referencias sobre escritores chilenos. En suma, un vasto campo por recorrer.
Con el devenir de los meses, me llevaron a conocer la Sala Medina, la Sección Diarios Chilenos, los diversos fondos literarios, el salón de investigadores, el Archivo Nacional, etc. Me di cuenta de una cosa: la historia regional estaba en Santiago.
Creció con Justo y Juan una verdadera hermandad. Lo difícil, lo inhallable, podía ser ubicado por estos prolijos y dedicados investigadores. Con los años un llamado desde Villa Alegre me permitía recibir una fotocopia requerida por correo y cuando emergió la computación, a través de Internet.
A esa oficina llegaban todos los escritores de hace medio siglo y de algunos años recientes: el poeta Jorge Tellier, Oreste Plath, Juan Uribe Echeverría, una vez Francisco Coloane asomó su enhiesta figura, un engreído Lafourcade, quien exigía ser atendido de inmediato, recibiendo siempre alguna pulla de Oreste, Eduardo Anguita, Luis Merino Reyes, Álvaro Jara, en 1970 o 71 acompañé al historiador Ricardo Donoso, ya muy anciano, a buscar un dato. Algunas veces apareció un despeinado Nicanor Parra. Todos acudían a Justo y Juan en apoyo en sus labores. En ellos siempre encontraron voluntad y generosidad.
Pero con ambos, más Oreste Plath, fuimos formando una cofradía (vaya un recuerdo para nuestro querido don René Recabarren) la que, tras las largas jornadas entre papeles y manuscritos, concluía los viernes en algún restaurante o “picada” de Recoleta o Independencia (no recuerdo bien) donde servían unos lomos guarnecidos con papas fritas, pebres y pan amasado, además del infaltable tinto. A las tres o cuatro de la madrugada estábamos volviendo, yo a mi hotel y mis amigos a sus casas.
Oreste nos daba el trato de “querido”, que alguna vez era utilizado cuando le molestaba algo y era notorio en su acento: “Mira querido…”. En la Oficina adoptamos, ese apelativo, que mantenemos hasta hoy: “Cómo estás, querido...”
Juan Camilo vino alguna vez a Linares con Roque Esteban Scarpa. Pernoctaron donde los Olmos y mi amigo salió una mañana a recorrer Linares y en la plaza se encontró con una dama que, muy buenamoza, llevaba un vidrio. Solícito, Juan la acompañó al bus, pero la chica iba para Talca, donde el galante santiaguino la fue a dejar, volviendo dos días después, ante la preocupación de sus hospedadores. Scarpa, con la circunspección de su fineza, sólo repetía: “este es un asunto vidrioso”.
Si alguna vez reclamé – incluso por la prensa santiaguina _ por algún tropiezo que tuve con ese servicio, Juan Camilo me llamaba al orden: “En la Biblioteca Nacional has hecho lo que has querido, llegado hasta donde nadie puede hacerlo y más encima reclamas”.
Pero Villa Alegre fue recompensando debidamente los “favores recibidos”: con sendas garrafas del buen tinto, la dulce chicha o el aromático blanco de las viñas, que llegaban regularmente a la austera Biblioteca Nacional. Este néctar fue también abriendo las puertas de otras secciones. “Nunca el vino sirvió tanto a la cultura” suele repetir mi amigo Juan.
Pasaron los años. Jubiló Justo Alarcón, hoy de 80 años y delicado de salud y quedó al frente de esa mítica Oficina, Juan, quien también se acogió a retiro hace unos años. La vida (o la muerte) se llevó a aquellos escritores que vi llegar a ese recinto, especie de refugio “donde iban a morir los elefantes”, según el irreverente decir de Oreste Plath.
Pero, hoy, corrido el tiempo y fructificado los libros e investigados los temas que buscábamos hace medio siglo, no sé realmente, qué habría sido de este trabajo sin la comprensión de estos fraternos camaradas de la cultura, los viejos papeles y la búsqueda infinita del saber.
Es cierto, sigo yendo a la Biblioteca, pero ya no existe ese ambiente de tertulia, diálogos y bromas que se cruzaban cada mañana de quienes venían, a veces sólo a leer el diario. Vi dramáticamente, en sus últimos días al escritor Juan Uribe Echeverría, discípulo predilecto de Mariano Latorre, llegar a la Oficina llevado por una asistente, sentarse frente a un diario abierto y permanecer horas con la mirada fija.
Vaya este homenaje para estos buenos amigos Justo Alarcón Reyes y Juan Camilo Lorca quienes dieron alma y amistad a esa oficina, que abrieron su corazón y su confianza a los que llegábamos, desprovistos de brújula y carentes de experiencia, en busca de una fuente donde saciar las inquietudes del saber.


JAIME GONZALEZ COLVILLE
Academia Chilena de la Historia
Prensa El Heraldo | Imprimir | 390
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