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El Diario del Maule Sur
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Opinión 24-11-2019
La primera regla del Club: no hablar del Club
¿Tiene rabia? ¿Está enojado? ¿Quiere quemar algo? Tyler Durden fue claro en señalar, en 1999, en la película El Club de la Pelea, de David Fincher, que muchos (millones de personas) no llegarían a ser estrellas de cine ni de rock, ni tendrían una vida como la de los ricos y famosos, y cuando se dieran cuenta tendrían mucha rabia, algunos más que otros, otros más que muchos y muchos más que millares.
La percepción de que cualquiera puede llegar a ser millonario creando un buen negocio part time, alguna aplicación para el celular o convirtiéndose en un emprendedor de lo que sea es como La quimera del oro, de Chaplin: un buen film. Porque detrás de cada buena idea productiva, hubo algo más que esfuerzo y perseverancia. Tiene un contexto, una historia única e irrepetible de relaciones interpersonales propia de seres humanos únicos e irrepetibles con talentos y dones.
¿Quién quiere llegar a ser millonario? ¿Todos? No alcanza para todos, porque la concentración de riqueza es el arte de unos pocos. Y los artistas siempre son solo un puñado. No todos saben tocar la guitarra y, además, otra cosa es con guitarra.
¿Decepcionado? ¿Pesimista? ¿Realista? ¿Todas las anteriores? Es cierto que el mercado de valores es atractivo y que sus ganancias pueden ser exponenciales, por ende, aspirar a vivir de la rentabilidad de algunas acciones puede ser una meta, pero se requiere capital para invertir, oportunidades y conocimientos para hacerlo: el know how, es decir, el saber cómo… vale oro y el oro no es un tesoro tan fácil de encontrar.
Y donde esté nuestro tesoro, allí estará nuestro corazón, dijo alguien muy famoso.
Y aún logrando acumular lo inimaginable, vendrá alguien u otros después de usted y verá ––si es que lo ve–– que el esfuerzo de toda una vida ––si es que aquello se alcanzó con esfuerzo–– es dilapidado o despilfarrado y todo lo que creía suyo realmente nunca lo fue, ya que advertirá que no acumulaba para usted. Dicen que solo poseemos con ánimo de señor y dueño, solo administramos lo ajeno. La historia está llena de ejemplos, los grandes imperios, aun los financieros, siempre terminan dividiéndose, fragmentándose. No falta quien rompe la cadena, y la fatiga de mantener la unidad del dinero (el capital) es un sueño de nunca acabar: otra quimera del oro.
¿Aflicción y ansiedad? Sí, para todo aquel que es gobernado por las falsas expectativas.
En un mundo sin Dios ni ley, cada uno es su propio dios y su propia ley, lo que no significa necesariamente que no exista un Dios o una ley universal: lo que se siembra se cosecha y lo que no se perciba con la vista no significa que no exista: nadie ha visto un átomo, y Louis Pasteur también puede dar testimonio de lo imperceptible a simple vista.
¿Cuál será entonces el secreto de la semilla? Que cada uno siembra lo que cocina.
Además, alguien dijo que la ira del hombre no obra la justicia de Dios ––suponiendo que lo hay––, así que cualquiera que crea que le presta un servicio a Dios destruyendo algo, solo acarrea para sí el camino de Caín: la terapia de la autoflagelación. La semilla de la inequidad: el egoísmo que atenta contra la solidaridad.
Muchas explicaciones se dan a la ira, a la falta de control de impulsos, al descontrol, a causas multifactoriales, y está demostrado que es más fácil destruir que construir y que el fuego es una rueda que gira rápido y arrasa sin misericordia.
Y si la rabia está vinculada con una de las emociones básicas de todo ser humano: el enojo, no es de extrañar que esa rabia se haya manifestado en el despertar de un Chile que limita al centro de la orfandad social: donde no hay referentes sólidos, por ende, cada cual hace lo que bien le parece. Tierra fértil para el caudillismo de rasgos autoritarios, sea diestro o zurdo en el manejo de la espada, tierra fértil para antisociales en la acepción más restrictiva del término: los que no comen ni dejan comer.
Tierra fértil para los abusos sin acepción de personas.
En Instagram cada cual edita lo mejor que puede su vida: una doble vida, una vida que busca aceptación con filtros y sin filtros que se traduce en un like: I like your life como subtítulo implícito. Siguiendo a miles, para ser seguidos por un puñado. En la egocéntrica transacción incluso verbalizada de: si tú me sigues, yo te sigo. En otras palabras, sin líderes que guíen a alguna parte mejor de la que están: una fotografía hecha para las expectativas.
Es así como algunos también descubrieron que pagan por aparentar: este es otro contrato social. Y abusar de la apariencia genera expectativas falsas.
¿Paz social, justicia social? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? Solo sé que el protagonista de El Club de la Pelea, al reconocer su locura, su comportamiento criminal, logró recapacitar… aunque las consecuencias de sus actos fueron nefastas igual.
No pertenezco a ningún club, porque del club no se puede hablar.
Por cierto, a todo esto, la segunda regla del Club es no hacer preguntas. Y tampoco cuestionarse. Porque las preguntas llaman a la reflexión y cuando la rabia gobierna no hay nada más antinatural o contraproducente que hacer o hacerse preguntas. Además, quien está dispuesto a reflexionar también está disponible para buscar nuevas respuestas. El que tenga oídos para oír, que oiga, lo que dicen en el club de las avispas (recuerde la primera y segunda regla): avíspate, mantente alerta, pero esta vez en serio, y si no quiere oír, no diga que no se lo advertí, tenga cuidado con el último fotograma del film: ¡Chupa el limón!
Y no olvidemos que la vida en sociedad es mucho más que cárceles o manicomios. Y si la rabia obnubila, la angustia y ansiedad también.
Tres contra dos y dos contra tres… bendita paz social.


Por Víctor Ilich



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