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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 12-01-2019
Los Torneos
Terminada la jornada de trabajo los inquilinos iban a sus casas a dejar las herramientas; comían un pedazo de tortilla con algo y partían al potrero dónde ese año se había hecho la cancha de fútbol.

Los arcos eran unas varas amarradas con alambre, cuando no un par de piedras o bostas secas.

Las líneas de los costados las marcaban un par de acequias - muchas veces con agua-.

Pegaban una “catiá”, los trabajadores, se acomodaban las chalas hechas con forros de neumáticos, sujetas con tientos o alambres, y entraban al equipo que les tincara. Daba lo mismo, la cosa era “chutear” la pelota para donde fuera.

Con los pantalones arremangados llegaban a brillar las canillas con los encontronazos.

¡Qué técnica ni qué nada, a la que te criaste! echarle pa ‘ elante no más hasta que no se vieran ni los arcos.

Los Domingos, en el verano, se jugaban los llamados torneos.

Se invitaba a los de otro sector, los que llegaban muy ordenaditos ellos -, con manta, espuela -…, y tratando usted.

Junto a la cancha se armaba una ramada donde se preparaba el asado y el ponche.

Un par de cantoras animaba la fiesta, y, a falta de éstas, un tocadiscos hacía lo que podía.

Durante el partido todo era fuerza y reciedumbre, nunca se veía una mala intención. Cuando alguno quedaba a mal traer se las arreglaba como podía.

Entonces afloraban remedios rústicos que se han ido diluyendo con el tiempo:

Tras un encontrón uno de los jugadores cayó de bruces y se levantó con la cara magullada y sangrando.

Delante de todo el público se bajó los pantalones, puso las manos como cuenco y se orinó en ellas. Con el producto se lavó la cara.

Luego siguió jugando como si tal cosa. La sangre se le estancó de inmediato quedándole solo unas marcas como arañazos.

Pero después de terminado el partido todo cambiaba. A medida que menudeaba el trago las miradas se volvían torvas y recelosas.

Reprimidas rencillas afloraban, y, con ellas, de atrás aparecían los cuchillos.

Otras veces bastaba un par de gestos para que dos partieran a sus caballos y se tramaran a ramalazo limpio, dándose con la argolla – un anillo de bronce muy grueso-.Ganador y perdedor, los dos, terminaban todo ensangrentados.

Pero la tomatera seguía igual, aunque hubiese quedado uno tirado entre las moras.

A veces se montaba uno en su bestia, sacaba el lazo y arrastraba por donde tocara a su contendor.

Siempre había uno, o una familia, que tenían fama de matreros, y era cuestión de tiempo no más para que armaran pelea. Para estos el Torneo era una excusa nada más, o el cuadro decorativo de sus instintos primitivos.

Con un par de hombres “cortados” –acuchillados-, el arrimo aguardentoso de los hombres y el griterío de las mujeres terminaba el torneo.


(Manuel Antón)












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