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El Diario del Maule Sur
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Opinión 24-03-2020
Waltz with Bashir: escrito está


Vals con Bashir (Waltz with Bashir), película documental animada (2008) de Ari Folman, director israelí, tiene un final demoledor. ¿Me pregunto si un final así era necesario? Las masacres siempre parecen ajustes de cuentas. Y la cuenta siempre queda impaga. El acreedor se transforma en deudor y el precio de la paz se eleva y escapa.
El protagonista de este filme busca sobrevivir y qué mejor forma que vivir en paz consigo mismo. Enfrentando las pesadillas de su propia vida, incluso en las que él participó. La culpa es un acreedor persistente. Otros afirman que la verdad tiene el poder de hacernos libres, pero libres de qué. Para estos efectos entendamos por verdad el fruto de todo lo que hemos sembrado o que han sembrado en nosotros; en otras palabras, todo lo dulce o agrio que hemos cosechado.
Me fue inevitable, luego de verla, el recordar un texto de la Torá, una promesa que se levanta cual castillo en la roca. Y si es cierto que el pueblo de Israel desciende de Abraham, su lucha con los hijos de Ismael parece destinada a la no prevalencia de un hermano sobre el otro. Otros dirían: medio hermano.
Dicen que de la unión de Abraham con Agar nació Ismael, de quien descendería el pueblo árabe. Y del vínculo de Sarai con Abraham nace Isaac, quien junto a Jacob son patriarcas de Israel.
Y así como la muerte nunca afecta a una sola persona, tampoco la vida. Ambas tienen el poder multiplicador y el efecto de onda expansiva.
Lo anterior lo confirma el asesinato del líder libanés Bashir Gemayel, en septiembre de 1982, que desencadenó la masacre de Sabra y Chatila. Y, en parte, de eso trata esta película, pero sería inexacto limitarlo solo a aquello. También habla en lo implícito de cómo un hombre se libera de su pasado o se reconcilia con la verdad, en ambos casos: enfrentándolos.
Los falsos recuerdos se encargan de hacer coherente nuestros recuerdos, fragmentados, difusos e inexactos. La memoria no es confiable, lo escrito pareciera que sí: al menos, podemos decir con certeza: escrito está.
Recordé también la conquista de Jericó. Y que no faltará quien pueda hablar también de la masacre de Jericó, aquella primera conquista de Josué, sucesor de Moisés, en la Tierra Prometida, y en la cual es posible advertir que hubo espacio para la compasión; compasión que fue, según el relato histórico hebreo, hacia una prostituta y su familia. Solo ella y su familia sobrevivieron. Un referente, entonces, para el ejercicio de la compasión en todo evento y cualquier espectro y dirección social.
Una prostituta que fue clave en la caída de Jericó, se enfrentó a su verdad, y eso también le ayudó a sobrevivir, no tan solo a ella, sino también a su familia. Recordar una masacre nos permite evitar otras y, en el peor de los casos, tener claro cuál será nuestra posición frente al riesgo latente de alguna: ser espectadores de la muerte o guardianes de la vida.
Al final de esta película también recordé a Alan, el niño sirio ahogado en una playa de Turquía, y que los hijos de Abraham se han multiplicado, llegando a ser incontables como las estrellas del cielo, mas los hijos de Agar son como la arena del mar. Mar y cielo juntos, pero no revueltos. Y aunque el mar ruge, tampoco se sale de sus límites por una estrella fugaz.
Es probable que Alan nunca haya tenido la oportunidad de haber leído lo que está escrito en la Torá: Génesis 16:12 y el destino indomable que persigue a los hijos de Agar con Abraham.
Para algunos el conflicto árabe-israelí es como hablar del problema geométrico de la cuadratura del círculo, es decir, algo irresoluble.
Y si es cierto lo que dicen que al que cree todo le es posible y el hombre es un lobo para el hombre, como repitiera Thomas Hobbes, ser un cordero en medio de lobos es un riesgo latente. Afortunadamente, creerse cordero puede inhibir al lobo que se lleva dentro.
Porque escrito está: que todo el que practica el mal, esclavo es del error (Juan 8:34) y quien vive en el error, nunca da en el blanco. Y conocer esa verdad ¬¬––refieren–– es el primer paso hacia la libertad.
Y si los compasivos alcanzan compasión, ¿qué quedará para los que siembran división?


Por Víctor Ilich
Prensa El Heraldo | Imprimir | 247
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