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El Diario del Maule Sur
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Opinión 14-07-2020
American Gospel: Christ Alone. El arte de persuadir
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Hace años conocí a un misionero estadounidense, con el cual me vinculé durante un tiempo (después perdí contacto con él, a raíz de su trabajo). En esa época yo estaba muy interesado en practicar inglés con un nativo de habla inglesa. Me acordé de él al ver el documental American Gospel: Christ Alone, de Brandon Kimber. También me fue inevitable asociar lo que vi con el proceso de disneylización cultural que afecta a la sociedad contemporánea, es decir, ocupar referentes culturales ajenos como propios, y la espectacularidad de lo cotidiano, entre otros aspectos, y su alcance a las instituciones en general, e incluso a algunas Iglesias protestantes (evangélicas), desde Estados Unidos hacia el mundo, como otro producto de exportación, según aluden los estudiosos del tema. Aunque generalizar sería tan inapropiado e injusto como robar.
Dentro de este proceso cultural cobra relevancia lo que se conoce como “el trabajo emocional”, en lo particular, el proyectar un permanente estado de bienestar, desvinculado de lo que los teólogos llaman santificación, que en términos sencillos ––refieren–– es el proceso sobrenatural, que no excluye la libertad y consiguiente responsabilidad humana de renovación interior, conforme se registra en la carta paulina de Romanos 12:1-2. Un proceso que no tiene nada de difuso o incalificable, según es posible de advertir luego de examinar y escudriñar el evangelio de Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Y tan relevante es ese proceso de santificación, según se destaca, que aun la justicia social, racial o económica se subsume en el compromiso personal con dicha expectativa y realidad.
Es así como un énfasis en lo aparente o en señales de éxito económico vinculadas a la prosperidad material y su interpretación irrefragable como respaldo y aprobación del Dios de la Biblia a una determinada persona es una interpretación sesgada y acomodaticia, según aprecian los entendidos.
Algunos han reparado en lo paradójico que es hallar impreso en los billetes de dólar la frase: In God We Trust (en Dios confiamos). Alguien suspicaz podría pensar ¿en qué Dios realmente se confía? El Dios de la Biblia o el Dios dinero. Qué duda cabe de que el dinero abre puertas: el narcotráfico lo demuestra sin pudor. Este documental da luces no tan solo de lo que produce el amor al dinero, sino que también es posible advertir cómo el arte de persuadir difiere del engaño y la manipulación, y que no son tan fáciles de prever o discernir.
La persuasión no es la problemática, lo complejo es descifrar hacia qué y hacia dónde nos quieren dirigir o influir. Todos somos influenciables, basta ver lo que genera una oferta: a mitad de precio, solo por hoy o edición limitada hasta agotar stock. Dicen que el eslogan cargado de poder y libertad esgrimido por la serpiente en el Huerto del Edén es arquetípico de toda persuasión narcisista cuyo alcance y más profundo anhelo es aislar, para finalmente controlar, y en el peor de los casos morder y destruir. De allí que todo lo sectario ––se arguye–– tenga un componente perverso.
Una digresión a raíz de esto: de niño crecí escuchando a mi padre hablar de la teoría de la evolución de Darwin, del hombre de Neanderthal y del Pitecantropus, pero también me alentó a examinar todo lo que llamara mi atención, que investigara y estudiara lo que más pudiere sobre un tema que fuese de mi interés o, en otras palabras, examinase todo y retuviere lo bueno. Incluso los temas respecto de los cuales no estuviese de acuerdo o convencido. Al parecer, me persuadió.
Mas no crea lo anterior porque lo lee en un periódico, ni tampoco crea porque está escrito por un escritor, también existe la falacia de autoridad. Si ha de creer en algo, que sea por cómo usted mismo procesa la información, cual receptor, y, si quiere, lo dejo a su criterio, crea en esto: la macdonalización y su cultura de la eficiencia, lo calculable y predictible, unido al control, es una cultura contagiosa desde la vereda de la necesidad del corazón. Necesidad de orden y autocontrol.
En un contexto así, aun la cultura del fingimiento se deleita en explotar lo espectacular, pero una vez que se apagan las luces, la dopamina cae y la necesidad de un nuevo show resulta vital para subsistir y mantener el bienestar de la autocomplacencia: el nombre de Cristo no es un logo, ni una marca para impresionar. Es que nadie puede servir a dos señores, escuché alguna vez.
Al parecer siempre se sirve a alguien. Aun en el autoservicio nos atendemos a nosotros mismos. Y recordé que el día que conocí a Paul ––el misionero del que hablé anteriormente–– afloró un prejuicio: en cuanto lo vi, pensé que era mormón. Una vez más descubrí que las apariencias engañan. Se sentó a mi lado en el microbús y al ver qué venía leyendo, me empezó a hablar. Noté que me quería predicar. Lo escuché, yo quería practicar mi inglés. Luego de un buen trayecto, le consulté hacia dónde se dirigía, me dijo: “Hacia Las Condes”. Le indiqué que íbamos en la dirección contraria. Nadie le había explicado que no tan solo era relevante el número del microbús que tomara, sino también la dirección por dónde transitaba. De oriente a poniente o de poniente a oriente. Nos reímos un rato, nos bajamos y lo acompañé al paradero, me aseguré de que tomara el bus correcto. Yo seguí practicando mi inglés.
En fin, tuve curiosidad de ver y conocer lo que hacía en Chile. No vivía con lujos, era sustentado por una Iglesia protestante desde Estados Unidos, debía enseñar el evangelio de Jesús y preparar personas para, como dicen ellos, la obra del Señor. Nunca me pidió un solo peso. Era disciplinado y lo que más llamó mi atención era su actuar abnegado. Abandonó sus reales comodidades para compartir las incomodidades junto a otros. Es lo mismo que advertí en el sacerdote jesuita Felipe Berríos, a quien, al día siguiente de presentar un libro junto a él en Antofagasta, le ofrecí ayuda para la gente de La Chimba. No aceptó, me dijo: “La mejor forma en que me puedes ayudar es cuidando tu matrimonio, amando a tu esposa”. Una vez más se manifestó implícitamente la abnegación. Interesante derrotero. Ambos me persuadieron.
Y también reconozco que cuando he tomado una dirección errada, nunca ha faltado quien me indique que estoy en el camino incorrecto. ¿Do you know what I mean? I hope you know that.
Porque, en el reino de la persuasión, que los demás vean las cosas como nosotros las vemos es un camino de reciprocidad, adaptación, coherencia y autoridad. No imponiendo a los demás, ni siendo radicales con el resto aplicando un estándar de valores que no se comparte, sino siendo exigentes en lo propio y ejemplo en lo ajeno. El que quiera oír, que oiga.

Por Víctor Ilich

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