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El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Hoy
Opinión 28-11-2017
Años de calamidades -En Linares de 1835 a 1891-
1835.- Las personas que alcanzaron a vivir la primera década de este siglo, recordaban siempre el año 1835 como uno de los más tristes de su infancia, por haberse producido el temblor grande, fenómeno que si en Linares no hizo tantos daños como en Chillán y localidades vecinas, fue sólo porque la población que entonces existía en nuestra ciudad era muy reducida.
En general las casas eran de adobes y tabiques, que correspondían a las primeras que se habían levantado, a raíz de la fundación del pueblo. El temblor había ocurrido en febrero, a medio día, cuando la gente se disponía a almorzar.
Una de las personas que lo sintió explicaba que -en esa ocasión- la mayoría de las gentes de campo se habían quedado sin comer, porque el brusco movimiento de la tierra les había dado vuelta las ollas. Felizmente, desgracias personales no se registraron en la provincia, debido a que el epicentro del terremoto había sido la ciudad de Chillán, que una vez reconstruida -a 3 kms. del sitio anterior-, no todos los vecinos se cambiaron al nuevo lugar, quedando dividida la ciudad en Chillán Viejo y Chillán Nuevo.
1857.- Este año es considerado como el de las necesidades. Llovió mucho y no se pudieron recoger parte de las cosechas del verano ni efectuar en seguida las siembras de otoño. Escaseó el trigo, se cortaron los caminos y el hambre se hizo general.
Los animales, por falta de pasto, murieron por grandes cantidades; en consecuencia, la carne y la leche fueron productos que no se pudieron obtener en ninguna parte.
Un paño de lágrimas -para los pobres- lo constituyó don Francisco Encinas Echeverría, que sin ningún interés distribuyó animales a sus inquilinos y a los vecinos que se los iban a pedir.
En su calidad de poderoso hacendado de las vecindades de San Javier, su casa estuvo siempre abierta para los pobres que lloraban por un mendrugo de pan o recorrían los caminos demandando una modesta vestidura para sus cuerpos ateridos.
1877.- Existen muchos que no se han olvidado de la Gran Avenida, esto es, del gran temporal de agua y viento que ocurrió en el invierno de 1877 y que ha pasado a la historia, como uno de los más tremendos de aquellos años.
A juzgar por lo que han explicado, muchos de quienes lo presenciaron, hasta la fecha (1948), no han ocurrido en esta provincia sucesos parecidos.
Desde mediados de mayo de 1877 hasta los primeros días de agosto no se vio el sol en Linares. La lluvia se desencadenó a fines de junio y no cesó en el curso de más de cuarenta días; los ríos crecieron tanto que perdieron el vado, muchos se salieron de madre y arrastraron casas, árboles y animales.
El Maule, el Perquilauquén y el Longaví parecían verdaderos brazos de mar. Achibueno y Ancoa se juntaron frente a Linares y por momentos parecían vaciarse sobre las calles de la ciudad.
Al igual que veinte años antes, también se perdieron las cosechas del verano y muy pocos pudieron hacer siembra de otoño. Tampoco hubo tiempo para recoger leña y preparar carbón.
Fue así como el invierno fue muy crudo para las clases trabajadoras y personas de reducidos recursos, las cuales debieron salir, como lo hicieran sus padres, en busca de un pan para sus escuálidos estómagos.
Los que en 1877 frisaban en los 30 ó 40 años de edad, decían que no recordaban haber conocido -en toda su vida- un año de tantas lluvias, de ahí es que -con razón- lo llamaran el de la Gran Avenida, pues, junto con la abundancia de aguas, se había producido el arrastre de siembras, árboles y tierras vecinas.
1887.- En el verano de 1887 apareció en Linares el terrible flagelo del cólera, producido -según el sentir de las gentes pobres- por el agua y la fruta, circunstancia que determinó arrancar los sandiales, o darlos a los animales, y beber agua exclusivamente cocida.
Grandes estragos produjo esta epidemia, a cuyas consecuencias nadie escapó, pues, tanto ricos como desvalidos morían sin remedio.
El mal pudo ser detenido en parte por la acción oportuna del Gobierno, que mandó al Dr. Luis Campos a organizar un Sanatorio en las afueras de la población.
En esta tarea ayudaron los doctores Ferrada Troncoso y Montenegro. De las generaciones actuales, aún quedan muchas personas que recuerdan con tristeza el fatal año del cólera, en razón que no hubo familia que no perdió un pariente o un amigo. La muerte más sentida en aquella ocasión fue la del Coronel Henríquez, que dirigía el Batallón Cívico.
1891.- Todavía no se apagaba el recuerdo de los desastrosos efectos del cólera, cuando la provincia entera, al igual que el país, se sintió profundamente conmovida por la Revolución del 91, la más grande de las tragedias nacionales de fines del siglo pasado, que no se igualaba ni al hambre producida en 1857, ni al frío de 1877.
Para los que no participaron de las opiniones del Presidente Balmaceda, el año 91 es considerado como el de la Dictadura, para los demás, simplemente el año de la Revolución, pues -en realidad-, el recuerdo de las anteriores revoluciones ha desaparecido ante el recuerdo de esta que hizo desaparecer diez mil vidas de las mejores de la juventud de entonces.
Las consecuencias que trajo la caída de Balmaceda, fueron de las más desastrosas; el país vivió días de dolor y amargura. Presos unos, desterrados otros, no hubo, en realidad, un solo hogar que no se hubiese visto enlutado o afectado por una hecatombe tan horrible.
Las calamidades de épocas anteriores, si bien habían originado la pérdida de muchas vidas, eran insignificantes con las que produjo la Revolución, pues, ésta, junto con destruir muchos hogares, había sembrado el odio en familias que antes vivían estrechamente unidas. Con razón el año 1891 es considerado como uno de los tristes de nuestra historia. (Bibliografía: Revista LINARES, varios tomos)

Manuel Quevedo Méndez
Prensa El Heraldo | Imprimir | 478
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