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El Diario del Maule Sur
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Opinión 31-03-2020
Antiguas técnicas pedagógicas
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Durante los años sesenta hubo en el Liceo de Hombres de Linares un par de profesores que poseían una habilidad muy especial: cogían un trozo de tiza entre la yema del dedo pulgar y la uña del dedo del medio de una mano y la arrojaban con increíble fuerza y precisión de un extremo a otro en la sala de clases. Uno de ellos fue don Robinson Méndez, un maestro que vino al colegio a enseñarnos inglés. Nos daba a veces la espalda para volverse al pizarrón a escribir las ideas que pensaba aclarar, pero su mente no se había centrado en el gran rectángulo negro: como una antena de altísima sensibilidad, estaba captando hasta los ruidos más insignificantes que nacían en algún punto del aula. De pronto, vertiginosamente, en una mínima fracción de segundo, giraba sobre sus talones y al tiempo de lanzar la tiza directamente al alumno que causaba el perturbador sonido, le gritaba: ¡¡¡You!!! Si su intención había sido la de traer de vuelta a clases la atención del distraído estudiante, Méndez sólo había logrado aterrarlo con su cara transfigurada y aquella venilla vertical que le aparecía al centro de la frente.
El otro profesor que hacía gala de la potencia y puntería de sus dedos cuando disparaba la tiza fue don Julio Beltrán, alias ‘Pecho ‘e Palo, quien además de las horas de biología que tenía a su cargo, había asumido temporalmente el cargo de Inspector General del mismo Liceo. La hora de biología corría en forma demasiado lenta aquella pesada tarde de fines de noviembre. Sentado a mi lado en el banco doble, mi inolvidable amigo Eduardo Díaz Gidi miraba hacia la azulada nada a través de una ventana abierta. Beltrán se estaba refiriendo a un tema que lo apasionaba: la fisiología cerebral. Nos hablaba de la ‘pía madre’ y la ‘dura madre’, dos importantes membranas cerebrales, y acababa de darnos el nombre de la enfermedad producida por la acumulación de líquido en aquéllas. De pronto detuvo su vista en Eduardo. ‘El Pelado’, sumergido en un rosado Limbo, demasiado lejos de este injusto mundo, se hallaba abstraído en la contemplación de una lagartija asomada a un borde del marco de la ventana ¡¡¡Señor Díaz!!! … -- La voz de Beltrán retumbó en las cuatro murallas de la sala con el ruido estremecedor del martillo de un juez. ¿¿Podría repetirnos lo que acabo de decir??... Eduardo empezó a ponerse de pie con dolorosa lentitud; y sin embargo, sonreía. Entonces ocurrió lo que yo más temía: un susurro apenas audible, un bisbiseo, salió de su boca casi cerrada, apenas curvada por su sonrisa: ¿Quéhueástáa iciendo’steueón?... Los labios del ‘pelado’ no se habían movido ni un solo milímetro al enviarme este desesperado mensaje. Seguía sonriendo. Allá adelante, junto a su escritorio, con una mefistofélica risita, Beltrán esperaba mientras le aplicaba tensión al pedazo de tiza entre sus dedos. Yo congelé en mi boca mi propia sonrisa y mientras mantenía mis dedos cruzados para que el ‘profe’ no fuera a descubrirme, le respondí la pregunta al ‘pelado’ usando la muy efectiva táctica de modular las palabras con la lengua y sin mover la boca: “e’elaño’ilochociento se’ecubrió el río ío-ío. Eduardo se irguió completamente entonces, se llevó una mano a la boca y carraspeó para aclarar su garganta: ‘estaba diciendo, señor, que en el año mil ochocientos se descubrió el río Bío-Bío’. Se oyó un breve zumbido que terminó en un ¡¡Toc!! proveniente de la frente del ‘pelado’. Y de inmediato se volvió a oír la impaciente voz de Beltrán: ¡Fuera de la clase! El ‘pelado’ giró un poco para salir del pupitre y cuando lo hizo, noté que la sonrisa seguía plasmada en sus labios. Ahora, no estoy seguro si oí de nuevo su cuchicheo… y si lo hizo fue para hacerme ver que después de todo había retenido el nombre de esas membranas. Lo cierto es que yo podría jurar hoy día que lo que dijo fue algo así como “onch’e u adre”.


(Omar Goulart)
Prensa El Heraldo | Imprimir | 537
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