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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 05-06-2020
Así nos ven: no huir de lo obvio
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Impactante. Demoledora. Necesaria. Ojalá todos los operadores del sistema judicial pudieran ver la serie Así nos ven, original de Netflix y creada por Ava Duvernay. La vi luego de que me fuese recomendada por un fiscal. No cualquier fiscal, si no uno que está a cargo de la investigación de delitos sexuales, con experiencia en la persecución penal, y aunque creo que la experiencia está sobrevalorada, no se equivocó en compartir su interés.
Sentí impotencia y una cierta desazón por lo que se entiende por justicia, luego de verla, pero también me sentí agradecido de ser parte de un sistema judicial diferente. Sí, escuchó bien: diferente.
No obstante lo anterior, aquí en Chile, las personas a veces confunden a los jueces con los fiscales, a los fiscales con los defensores y a los defensores con amigos de los fiscales.
La televisión ha influido en cómo las personas perciben al sistema judicial o lo que creen respecto a él; por ende, no es de extrañar que muchas de las expectativas de las víctimas o de los imputados estén algo distorsionadas en relación con la realidad jurídica nacional. Lo que puede y no puede hacer un juez, el alcance de un fiscal o lo que puede conseguir un defensor. En otras palabras, el alcance del poder de un juez, lo que puede conseguir un fiscal y lo que puede o no puede hacer un defensor.
Programas más contemporáneos como Caso Cerrado, o más remotos como Matlock o Se hará justicia, han influido en lo que las personas esperan del sistema o creen a su respecto.
Es así como las cámaras situadas dentro de las salas de audiencia nada tienen que ver con un reality show o alguna transmisión en vivo, son solo cámaras de seguridad.
Es cierto, la justicia no es un espectáculo, y es mucho más concreta que el anhelo abstracto de justicia. Mas el desconocimiento de dicha materialización distorsiona el cómo nos ven, en lo particular, a jueces, fiscales y defensores penales.
Esto no solo tiene que ver con lo que mostramos, también influye lo que no mostramos. La ignorancia y la confusión se abrazan de tanto en tanto.
Los jueces, fiscales y defensores penales tenemos que cumplir funciones diferentes, pero incluso en medio de esas diferencias es posible advertir, en algunos casos, lo que se supone una obviedad: el anhelo de justicia de todos, no desde la vereda del optimismo ingenuo, sino de las reales posibilidades de administrar justicia para un caso concreto.
De allí que se advierta que la justicia no solo la aplica el juez en su sentencia, sino que cada cual en el rol que le toca realizar en un juicio.
Todo juicio es la reconstrucción de un relato, por ende, es relevante quién y cómo narra esa historia. No se asusten. Así también es la vida: un discurso, una narrativa impuesta o elegida. La verdad, entendida como “la realidad” o “los hechos”, puede o no apegarse o coincidir con dicha narración.
Lo sé. Quizás lo anterior no lo había escuchado antes. Es que no lo explican habitualmente, salvo en alguna escuela de derecho o en la Academia Judicial.
Por ende, no da lo mismo quién narra y cómo se narra esa historia. De las cualidades personales puede aflorar la ecuanimidad o la arbitrariedad más salvaje. Eso es lo que se visualiza en esta serie basada en hechos reales, los cuales, lamentablemente, fueron muy reales.
En otras palabras, si quien reconstruye un relato tiene un manto de credibilidad o cierto aire de confiabilidad, se puede ser más propenso a creer a ese relato. Afortunadamente, en el sistema penal chileno, no basta con creerles a los discursos y los relatos ––ni tampoco a la credibilidad de las personas––, estos deben también ser sustentados por elementos o antecedentes, léase pruebas, ya sea testimonios, documentos, peritajes científicos, evidencias materiales que contribuyan, en definitiva, por su insuficiencia, a una convicción de absolución, o tan poderosas, contundentes y categóricas, que motiven de forma inequívoca una condena.
También he escuchado que no existe la justicia, solo una administración imperfecta o que el principio de inocencia es una ficción legal. Qué duda cabe de que al momento de juzgar también hay zonas grises, en las que el blanco no es tan blanco, mas las zonas grises permiten conocer y foguear el carácter de un hombre: su prudencia y humildad, reconociendo que no todo cambio de perspectiva es un paso hacia la justicia o que las convicciones necesariamente sean la verdad. Y así como algunos perciben, en otros casos, el ánimo de jueces persecutores, fiscales que defienden sus propios intereses y a defensores ecuánimes, también es posible percibir el carácter de una persona.
Y si la conciencia es el juez que todos llevamos dentro ––un juez que es posible acallar, adormecer o ignorar, pero también oír y acatar––, hay mucho en común que no es posible obviar. Ser víctima e imputado son aspectos circunstanciales. Más allá de cómo definamos el bien y el mal, por los frutos nos reconocerán o juzgarán: lo agrio y lo dulce, no es posible de ocultar.
Aún siento rabia cuando veo una injusticia, pero llegar a ser un juez justo es mucho más que sentir rabia. Por algo se comienza, dirán otros.
Recuerdo que hace años un hombre llegó detenido al tribunal por incumplimientos a su pena sustitutiva ––no recuerdo si de libertad vigilada intensiva o reclusión nocturna––, tenía problemas con el alcohol, ninguna novedad en los factores a ponderar, llegó fracturado, en silla de ruedas y con una pierna enyesada. Fue una audiencia sublime. El sentenciado, luego de escuchar los antecedentes en su contra, pidió la palabra y dijo: “Pa` que le voy a mentir, magistrado, me fui en la volá, me puse a tomar con unos amigos, me saqué la cresta, me quebré y aquí estoy; la cagué, deme otra oportunidad, por favor”. Todos percibimos tan real lo expuesto, salvo que hubiese sido un excelente actor, lo que implícitamente descartamos. De alguna forma nos sobrecogió. Hemos escuchado imputados que para justificarse concurren al funeral de su suegra, la que no está muerta, o que se han quedado en casa cuidando a un hijo enfermo, cuando en realidad no tienen hijos. Hemos escuchado tantas cosas que celebramos la sinceridad, sin ser ingenuos.
Ese día ese hombre fue acompañado al hospital por el fiscal y el defensor. Quien llevaba su silla de ruedas era el persecutor. Lo vieron mis ojos. Soy testigo. Así los vi.
Ese día, todos perseguimos ser justos. Se sintió bien. Obvio. No huyamos de la obviedad.


Por Víctor Ilich
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