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El Diario del Maule Sur
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Opinión 14-07-2020
Cajas y cajitas
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Revisando una revista vi una fotografía de una caja de lata, de esas de caramelos, de fondo negro con florcitas de colores. De inmediato se gatilló en mí el recuerdo…no era una caja de caramelos sino un costurero. Arrullé bastante rato esa imagen, recordando todas las cajas de lata que había visto desde mi niñez, como la verde de zapatos Calpany que vendían en la Zapatería Soteras; o las de galletas Hucke que comprábamos en la Santa Ana –claro, después del comer un incomparable copa de helado Bocado y chocolate- y ni decir de las de Serrano, muy finas y delicadas, que guardaban esos deliciosos chocolatines.
La primera caja que recuerdo también estaba convertido en costurero; era Calaf. Esta fábrica que desde 1926 y hasta 2016 funcionó en Talca, creó – a mi parecer- la golosina más genial que probé en la vida. Era una balita de varias capas de caramelo muy fino con una especie de miel, que al quebrarse en la boca dejaba toda su intensa dulzura en mis papilas. Venía envuelto en un papel celofán rojo y dorado. Era una belleza de diseño! Pero el golpe a la memoria de la mano de Calaf, es la caluga Sunny, redondita y con una leve capa de azúcar flor que la hacía más genial aun, también sacaron una variedad de nuez y otra de menta, sin embargo la clásica, era la mejor. Y qué decir del Goyak!! Un palito con una bola de caramelo sabor a piña, frambuesa o frutilla, envuelto en un papel que conectaba con el sabor. Con uno de esos teníamos para bastante rato. Cuento aparte es el Cocolate, Manilate y Chic Choc, uno de cada uno, que nos llevaba mi papá.
Y entonces, a partir de tantos virus, confinamientos y 10% de AFPs, la vida se pone nostálgica, no me digan lo contrario. Porque todo tiempo pasado fue mejor, incluso para los niños que se alzan un palmo del suelo y añoran el año anterior… ahora ni jugar con sus amiguitos pueden. Entonces la nostalgia se nos gatilla hasta con lo más mínimo, claro que el gusto y el olfato se llevan la delantera.
¿Cómo no recordar esas elegantes cajas rojas, no muy altas, con forma de corazón, que llevaban bombones de cerezas al coñac? Hoy existe una gran variedad de marcas que la comercializan, sin embargo la primera en Chile fue la marca Congo, a mediados de 1900. Bueno, y partí de ese costurero y me fui a otras cajas como las de galletas Mc Kay (más ricas no hay), la empresa que partió en el año 1892 de la mano del escocés Alexander McKay, fueron los primeros en hacer jugo en polvo y los creadores del Súper 8, la icónico chocogalleta made in Chile. Recordé las cajas de Té Supremo que comprábamos en el Almacén Parral o el Almacén Cifuentes; una caja roja con letras estilo arábigo en dorado, traía dentro el té en hojas y un cupón para llenar con los datos personales, enviarlo por carta –había que comprar estampillas y llevarla al correo- con destino a Sábados Gigantes y ganarse un Fiat 600. Y así como había té en hebras, hasta hoy está el famoso Orjas, locura de té en polvo que “con una cucharadita basta”, sabor clásico para la leche.
Y si de cajas se trata, aunque no de lata, imposible olvidar las de zapato Royle, ordenaditas en las estanterías de la sucursal Linares, ubicado en los locales debajo del nunca olvidado Hotel Turismo. De ahí hacia el oriente, eran muchas las tiendas que entre cajas y bolsas, hicieron de Linares un buen lugar para vivir. Soteras y variadas tiendas y oficinas en su galería, inolvidable el estudio fotográfico Maturana; por el frente El Sótano, La Casa de las lanas, RayoColor, El Palacio de las Medias, Joyería Latorre, Librería Silver, y en lo que fue Salón de Té Victoria, una seguidilla de comercios (mi mamá recuerda a Modas Dora, que después fue Damar) que colindaban con el Centro Español, donde después estuvo el Banco del Desarrollo; mientras que al lado sur de la vereda, el imponente y elegante Club de la Unión atesoró vivencias durante décadas, siendo herido profundamente con el terremoto del 2010. Seguimos caminando con nuestras cajas llenas de recuerdos y pasamos por el Capri, cafetería donde también funcionó una concitada central de llamados, con su cabinas estrechas y de tapiz verde; mas allá Textil Lourdes, el Banco, nuevamente cruzo y al lado de La Tropical (ahí la recuerdo yo) se alzaba realmente moderno, el edificio de La Colmena, con las vidrieras que mis ojos chicos se devoraban, bellas y coloridas… ahí vi la primera cabina que sacaba fotos, artefacto casi milagroso para mis pocos años entonces. Giramos por Chacabuco al sur y está la librería Mellado, el Cucho Díaz, una joyería, la pastelería Suiza, el servicio técnico de lavadoras y estufas hoy llamado Fénix, varias casas también, para concluir con la Panadería Santa Ana con sus dulceras de vidrio atiborradas de chocolates que representaban las banderas del mundo y al frente de ella, recuerda mi mamá, La Veguita… tantos comercios no solo en el pueblo sino en los suburbios y zonas rurales. El Almacén Campos, allá en San Antonio, la carnicería Purísima, la Fábrica de Cuchillos donde Pino; en el sector de Escuela 35 la panadería Marsella, Los Gordos, el almacén de don Ernesto, el de los Rosales, la barraca Bontempi, el almacén de los Zurita,… en el sector Esquina Mocha, la carnicería Santa Sofía de Abel Améstica, Panadería Juan Coca, supermercado Bascuñán, taller de autos de Tadeo Romero, almacén Guadalupe; camino a Vara Gruesa, el almacén Servandito… y como ésta es una conversación con varias gentes, ya se acuerdan de la Talabartería del Toco Moya, la fábrica de monturas Montoya, Reparadora de Calzados Gajardo, el Pollo Stop, el Hall Musical, la fuente de Soda Escudo, Lolerías, la boutique del Pilucho Espinoza, la Maestranza Badilla, Maderas Reynares, La Gotita, Peluquería Pigmalión, restaurant El Rosedal, el restaurant Rancho Grande y los pollos asados de don Juan, Masas Goss, Hotel El Negro Bueno, la Carnicería Castillo… tantos comercios grandes y pequeños, algunos que han logrado resistir el embate de las grandes cadenas de retail y otros ya perdidos en los recuerdos.
De la caja de agujas de mi abuela se fueron devanando estos recuerdos y la nostalgia de tantos de nosotros, rescatando imágenes de distintas épocas de nuestra ciudad y la pintamos de variados colores. Mis recuerdos no son los de mi madre ni los de mis hijas, pero todos somos Linares. Un Linares esperanzado, que se niega a quedar atrás. El que construyeron todas esas personas pensando en otras personas, en un futuro prometedor.
Nadie sabe cómo saldremos de esta situación sanitaria que ha traspasado fronteras y dejado sentados esperando un mejor tiempo; no sabemos quiénes seremos después de esto y cuantos faltarán al llamado. Por vez primera la nostalgia está golpeando varias generaciones por igual por cuanto cautelemos nuestro ánimo y buen talante. Es difícil más no imposible, debemos tomar en nuestras manos la misión de continuar cada día con entusiasmo pues estamos vivos y tenemos el campo de todas las posibilidades. Prefiramos los almacenes y negocios de Linares, seamos solidarios, dejemos el dinero en nuestra ciudad, apoyemos nuestros comerciantes que se están esforzando por mantenerse en pie, todos, apoyados mutuamente, nos volveremos a poner de pie y a abrazarnos.
Seguramente en cada casa hay una caja en la que podremos ir depositando alegrías de cada día, para atesorarlas y colgar al viento nuestras penas, para que se las lleve el viento del invierno. Busquemos una caja, una caja dulce.

(María de la Luz Reyes Parada)
Prensa El Heraldo | Imprimir | 439
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