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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 23-02-2021
CONVERSANDO EN EL RIO
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Tres amigos programamos un paseo después de mucho tiempo sin encontrarnos, debido a esta despreciable pandemia. Acordamos disfrutar una competencia de dominó en el agradable camping “Don Rubén”, camino a El Peñasco, lugar que cumple con todas las disposiciones establecidas por las autoridades de salud.

Fijamos el encuentro para el lunes 8. Confieso que desde que fui empleado público me causaba terror el primer día de la semana.

Los anhelos aceleraron la llegada de aquél día, y tanto que llegamos al camping sin las piezas del juego.

Nos ubicamos frente a una piscina de limpias aguas azules. Allí disfrutamos de exquisitos productos alimenticios, para luego dirigírnos al río. Un sendero de piedras pintadas de blanco nos señalaba la ruta, y unas flores silvestres amarillas acariciaban con su belleza y aroma al pasar. En tanto, los arbustos y árboles nativos abanicaban nuestros cuerpos acalorados.

Uno de los nuestros, fanático por nadar, pronto estaba casi al medio del río, el cual a la distancia había saludado con la música que producen las aguas al lavar piedras de distintos colores que asemejan a flores acuáticas sumergidas en su nadar submarino.
Unas rocas que se cobijaban bajo unas verdes ramas, nos ofrecieron asiento, y las aguas correntosas y sonriendo frescamente, mojaban los pies.

Había libertad para respirar aire puro que nos enviaba la cordillera para limpiar nuestros pulmones. El diálogo de los tres eran verdaderas clases de cultura general. De los tres se destacaban dos que transportaban con sus gratos recuerdos la presencia de su amada, aquella que no extravía su ternura, aquella que no priva a su compañero de placeres inocentes, aquella que es grata cuando uno está dolido, aquella que recibe con dulzura el beso de una buena noche.

Admiro y felicito a aquel amigo que despertó mi envidia por el relato de amor en su hogar, y también al otro que lleva aprisionado en su corazón a su amor lejano. La ama y la admira como cuando se ama a escondidas.

El cauce ligero y transparente nos componía una melodía de encanto que relajaba y nos bañaba de paz y alegría n medio de un paisaje maravilloso. Comentábamos que los poetas y escritores deben conocer y caminar sobre la poesía que ofrece el monte y la precordillera, para así evitar el plagio en el contexto literario.

Nos olvidamos aquella tarde del dominó y del vino, pero el río no olvidó mostrarnos lo divino: la presencia de la mujer. Llegaron un poco distantes a nuestro lugar. La verdad es que la decencia y el recato nos permitieron ignorar su llegada. Aquellas risas finas y delicadas como pétalos de rosas cayendo sin espinas, delataron su presencia y entonces el lugar fue como un paraíso. Una rubia estupenda rompió nuestra simulada indiferencia y comentamos sin mirar cuan bella era.

Siempre que voy al río me entusiasmo con novedosas y atractivas piedras. En esta oportunidad encontré una que no se por qué la llevé al oído como cuando vamos al mar y encontramos una caracola y escuchamos el ruido del mar. En esta escuché el romance del sol y la luna.

Me cuenta al oído que la noche estaba oscura y en silencio, con una luna que lloraba incolora sin luz, como una luciérnaga muerta. Fue entonces cuando la descubrió el sol en el rincón del universo, sola, fría y despreciada. Y como un niño arrepentido de cometer alguna falta, regresó deslizándose con suavidad y elegancia. Quiso borrar el llanto de la luna y le entregó un beso ardiente de oro.

Y nosotros vemos hoy una luna llena y milagrosa, testigo de romances maravillosos, porque en las noches observamos en el río bañarse el titilar de las estrellas, que son lágrimas d luz de la luna.

Retiré la piedra de mis oídos y mire el sol enviando besos.

Si tu no existieras, no habría belleza, y las flores no tendrían colores ni aroma para fortalecer nuestro romance.


Carlos Yañez Olave, escritor
Prensa El Heraldo | Imprimir | 299