domingo 27 de mayo del 2018
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El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Hoy
Opinión 28-01-2018
CUENTOS QUE PARECEN CUENTOS La pascuense arrepentida
Desde muy niña, Iorana soñaba con conocer el resto del mundo y otros idiomas. En el atardecer cuando el sol se despedía nadando sobre el ancho mar y dejando en la superficie flotaran los rayos de oro para pintar con sus besos la “Puesta de Sol”, tomaba de la mano a la soledad y el silencio de la gente, para tan solo escuchar la música de las olas vestidas de novia y el cantar de las gaviotas orquestada por los clarines de los pelícanos y el bajo de los lobos marinos. Entonces cerraba sus hermosos ojos dejando escapar su imaginación para navegar en ese mar azul de aparente infinito.
Deseaba crecer pronto y tener la libertad para viajar y conocer otra gente linda, como lo muestra la televisión. De pronto miraba hacia el cielo imaginando una nave aérea de bellos colores, pero unos luceros la engañaban y las estrellas también, titilando burlonas con sus guiños coquetos. Sonreía al ver frustrada sus intenciones imaginarias de subir y volar lejos, muy lejos.
Y el tiempo pasó marcando en el calendario los paseos de cada día que en el ocaso cuando se acercaba al mar, para seguir soñando e ignorando que toda la belleza, riqueza de fraternidad y amor la tenía en el lugar. Amistad de sus vecinos, amor de su familia y protección de sus padres.
Llegó la edad y el tiempo en que encontró su primer amor…
Vio el mar más azul, el sol más brillante con su oro de amarillo amanecer y la luna un espejo naranja que hacía aplaudir a las estrellas coquetas y sonrientes en una noche cálida que invitaba a los besos. Fue el despertar de su corazón cuando el de otro ser (un joven turista) golpeó el suyo. Sus ojitos sonrieron y su carita recibió las caricias del sol y la luna, cuando en el ocaso a escondidas se besan.
Su primer beso lo recibió de Claudio y él, lo disfrutó de Iorana.
Se iniciaba el más hermoso de los romances y tan puro como el de su madre y papá. EL cielo ordenó a la Luna y las estrellas que se unieran todas, para escribir en el firmamento, la promesa de ambos enamorados.
Aquel verano fue felicidad y rebelión de cada fibra en sus cuerpos al tocarse levemente y con respeto. Se pactó la promesa de amor eterno…
Pero, Claudio tenía que regresarse a la capital, cuando terminaba el verano.
Aquel día el mar gimió suavemente, casi con dulzura, pero con pena, pues sabía que más tarde IORANA lloraría y en cada atardecer estaría otra vez sola frente al mar.
Y así pasó mucho tiempo, ignorando a sus amigos, familia y vecinos, hasta que un día Iorana desapareció de la Isla. La lloraron papás y amigos, convencidos que el mar se la había llevado.
Llegó a Santiago de Chile, buscando a su amor, sin encontrarlo. Pero sí encontró la cruel realidad de la vida, cuando somos porfiados y soñadores ilusos, inexpertos. Convencidos que tenemos suficiente edad para enfrentarla. Somos héroes de películas rosas y llegado el instante que sentimos hambre, soledad, humillación, frío, y explotación, nos acercamos al arrepentimiento.
Fue casi feliz, hasta que fue joven y bella. Pudo dormir bajo el techo y en su suave cama. Creyó en trabajos decentes y aquellas promesas de hombres con dinero. Confió en mujeres de falda corta para recorrer las calles de noche y tuvo joyas que después cambió por pan y sus vestimentas finas la mostraron elegante.
Y el tiempo pasa y el corazón llora, al encontrarse frente a un ventanal que le refleja a una Iorana de ojos tristes dibujando surcos, labios ajados con un rostro de abuela sin nietos y cabellera de pelo muerto y oxigenada tintura para mostrar un amarillo opaco. Lloró y lloró…
Después continuó estirando la mano vacía y arrugada para pedir una monedita.

Desde muy niña, Iorana soñaba con conocer el resto del mundo y otros idiomas. En el atardecer cuando el sol se despedía nadando sobre el ancho mar y dejando en la superficie flotaran los rayos de oro para pintar con sus besos la “Puesta de Sol”, tomaba de la mano a la soledad y el silencio de la gente, para tan solo escuchar la música de las olas vestidas de novia y el cantar de las gaviotas orquestada por los clarines de los pelícanos y el bajo de los lobos marinos. Entonces cerraba sus hermosos ojos dejando escapar su imaginación para navegar en ese mar azul de aparente infinito.
Deseaba crecer pronto y tener la libertad para viajar y conocer otra gente linda, como lo muestra la televisión. De pronto miraba hacia el cielo imaginando una nave aérea de bellos colores, pero unos luceros la engañaban y las estrellas también, titilando burlonas con sus guiños coquetos. Sonreía al ver frustrada sus intenciones imaginarias de subir y volar lejos, muy lejos.
Y el tiempo pasó marcando en el calendario los paseos de cada día que en el ocaso cuando se acercaba al mar, para seguir soñando e ignorando que toda la belleza, riqueza de fraternidad y amor la tenía en el lugar. Amistad de sus vecinos, amor de su familia y protección de sus padres.
Llegó la edad y el tiempo en que encontró su primer amor…
Vio el mar más azul, el sol más brillante con su oro de amarillo amanecer y la luna un espejo naranja que hacía aplaudir a las estrellas coquetas y sonrientes en una noche cálida que invitaba a los besos. Fue el despertar de su corazón cuando el de otro ser (un joven turista) golpeó el suyo. Sus ojitos sonrieron y su carita recibió las caricias del sol y la luna, cuando en el ocaso a escondidas se besan.
Su primer beso lo recibió de Claudio y él, lo disfrutó de Iorana.
Se iniciaba el más hermoso de los romances y tan puro como el de su madre y papá. EL cielo ordenó a la Luna y las estrellas que se unieran todas, para escribir en el firmamento, la promesa de ambos enamorados.
Aquel verano fue felicidad y rebelión de cada fibra en sus cuerpos al tocarse levemente y con respeto. Se pactó la promesa de amor eterno…
Pero, Claudio tenía que regresarse a la capital, cuando terminaba el verano.
Aquel día el mar gimió suavemente, casi con dulzura, pero con pena, pues sabía que más tarde IORANA lloraría y en cada atardecer estaría otra vez sola frente al mar.
Y así pasó mucho tiempo, ignorando a sus amigos, familia y vecinos, hasta que un día Iorana desapareció de la Isla. La lloraron papás y amigos, convencidos que el mar se la había llevado.
Llegó a Santiago de Chile, buscando a su amor, sin encontrarlo. Pero sí encontró la cruel realidad de la vida, cuando somos porfiados y soñadores ilusos, inexpertos. Convencidos que tenemos suficiente edad para enfrentarla. Somos héroes de películas rosas y llegado el instante que sentimos hambre, soledad, humillación, frío, y explotación, nos acercamos al arrepentimiento.
Fue casi feliz, hasta que fue joven y bella. Pudo dormir bajo el techo y en su suave cama. Creyó en trabajos decentes y aquellas promesas de hombres con dinero. Confió en mujeres de falda corta para recorrer las calles de noche y tuvo joyas que después cambió por pan y sus vestimentas finas la mostraron elegante.
Y el tiempo pasa y el corazón llora, al encontrarse frente a un ventanal que le refleja a una Iorana de ojos tristes dibujando surcos, labios ajados con un rostro de abuela sin nietos y cabellera de pelo muerto y oxigenada tintura para mostrar un amarillo opaco. Lloró y lloró…
Después continuó estirando la mano vacía y arrugada para pedir una monedita.
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