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El Diario del Maule Sur
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Opinión 03-07-2020
Cuentos que parecen cuentos La última polola
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En invierno indudablemente también late el amor, pues a pesar del frío, lluvia, granizos y cielo gris, mi corazón se entibia recordando a la última polola antes de casarme.
Sabido es que en nuestra existencia tenemos muchas aventuras amorosas que se presentan en la juventud y cuando viejos las recordamos con melancolía, porque fueron gratos y bellos momentos de aquel entonces donde las flores eran más naturales, sin fórmulas químicas para perfumarlas y colorearlas.
No olvido sus nombres y apellidos, pero ahora los omitiré. En mi memoria se pasea su figura, su voz (música de estrellas en fiesta) y sus ojos risueños logrando entregar una mirada franca, pura y encantadora.
Nos encontramos cuando ella bajaba del bus que yo esperaba para ascender. Pretendí tomar su brazo ofreciendo ayuda para su descenso, pero ella extendió una delicada mano de finos dedos y tan suave como el canto de una golondrina en el jardín eterno de mi madre… miré sus ojos escuchando la melodía de su voz que expresaba con dulzura:
- ¡Gracias, caballero!
Al pagar el pasaje el conductor comentó: - ¡Milagro, esta señorita no le sonríe a nadie!
Saludé y tomé asiento sin comentarios, pues me daba igual porque no era mi intención conquistarla. En aquel entonces vagaba por los senderos de mi destino la intención de olvidar al primer amor.
En la semana a diario la vi nuevamente, pasando varios días saludando con cortesía y respeto… ya nuestros ojos dibujaban una mirada de alegría en aumento cada día y sus labios expresaban sonrisa bella y encantadora.
Sucedieron varios encuentros, puesto que tomábamos el mismo bus de lunes a viernes, hasta que un día al tomar su mano para la bajada sentí en la mía un papel de varios dobleces, el cual escondí en mi puño para leerlo y saborear con calma aquella nota que decía: “entre miles de hombres… usted es único y especial!
Era noche de luna y estrellas que se embellecieron aún más con aquel mensaje, trasladándome a placenteros y hermosos sueños donde encontré el primer amor. Esa mujer de labios temblorosos que compitieron con los míos al experimentar un primer beso.
Y ahora encontraba a una encantadora doncella con quien fuimos a caminar por la alameda de su ciudad, encontrando a Aly (así se firmaba en las cartas) … la ternura y belleza de la primera, con quien tuvimos el compromiso de no tener sexo hasta casarnos.
Habíame prometido enviar romances delicados y respetuosos, acostumbrando del beso a las caricias atrevidas y placenteras… pero, con Aly sucedió ese respeto que emiten los ángeles. Su beso fue con aroma a orquídea solitaria, sintiendo sus labios en mi alma y el acelerar de mi corazón. Fue un idilio que llamamos cartas al cielo, porque imaginariamente escribíamos en la luna y formábamos frases con las estrellas. Los dos luceros tenían su nombre y el mío.
Los desvelos ocupaban un block y un lápiz. Al día siguiente nos entregábamos las cartas (ignoro si ahora es poeta). Escribía un cantar de rosas en primavera que me obligaban a apurar el día de su entrega para tener otra vez su poesía en mi mirada.
El amor fue creciendo en belleza y sueños. Era demasiado pura, tierna y transparente. No tendría que hacerle daño, se parecía tanto a la primera en su bondad y dulzura que, muchas veces la nombré por ella.
Y una tarde en primavera, en nuestra alameda frente al cuartel de bomberos, sentados y abrazados en un escaño de madera, me preguntó si aún recordaba a la primera…
Se despidió con un beso suave, dulce y tan tierno, que no me dolió su despedida.

Carlos Yáñez Olave,
Escritor
Prensa El Heraldo | Imprimir | 418
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