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El Diario del Maule Sur
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Opinión 07-02-2019
Cuentos que parecen cuentos.- Prisionero de una argolla
En este verano del 2019 se destapó la imaginación atrevida para relatar este cuento que parece cuento. Es una confesión de un enamorado del amor.
A muchos les puede estar sucediendo realmente. Sabemos que el amor se puede descubrir en cualquier instante, estación de calendario y edad. El mío asomó en una tierna primavera y no cumplía aún los 20.
Entonces la vi cuando sus cabellos dorados se rebelaron contra una quieta mañana en una suave brisa que se aprovechó para acariciarlos en un vaivén que acusaba la ceda de su hermosa cabellera. Su hermoso rostro se despejaba delatando una belleza soñada. Aquella que en los sueños de niños dibuja un ángel tan lindo y encantador como una noche estrellada ovacionando el beso del sol y la luna en un escondite secreto que tan solo los enamorados puedes descubrir.
Fue aquel día que tuve la fortuna de encontrarla, pero sin convencerme que era aquel ángel de mis sueños y la portadora del verdadero amor. Ese que late eternamente en el corazón y que en la mente no se olvida. Se alea con la roja sangre para escribir con ella… “nací para quererte hasta el momento de mi muerte”
El solo mirarla en aquel momento de mañana con cielo azul y sol de oro, me fue suficiente para saber que existía y por el miedo de terminar aquel encanto de sueño, no le quise hablar… tan solo mirarla. Sus ojitos reían, su boca mostraba unos labios rosados tentando un beso, los dedos de sus manos pidiendo rosar los míos, su piel sin mancha y notoriamente suave, tersa y tan tierna como su voz susurrando un te quiero.
Entonces, tan solo mirarla e imaginar ilusamente su conquista. No podía ser para mí tanta belleza.
A pesar de mi inexperta juventud, tuve el valor de acercarme y respetuosamente dialogar con ella. Logré su nombre y dirección.
En ese mismo entonces, supimos que nos gustábamos, atrayéndonos sin ni siquiera tocar nuestras manos.
En el primer beso nuestras almas se encadenaron cultivando un bello romance en el jardín del cielo, por lo puro y hermoso, limpio y sincero.
Ahora me convenzo que no fue Eva la causante de la expulsión del paraíso, pues algunos de nosotros los hombres somos quienes cometemos errores imperdonables. Por eso la perdí en el sendero oscuro que ni la luna y las estrellas puede iluminar.
Los años se sucedieron presentándome distintas bellezas, tiernas y enamoradas.
La busqué e intenté olvidarla. Un día me pareció encontrarla con sus cabellos dorados, sonrisa dulce y tierna, voz suave y encantadora. Besos y caricias que no nos llevaron al Altar, pero sí una argolla de compromiso y certificados que acreditaban nuestra unión.
Creí haberla encontrado y celebramos años de matrimonio, pero con una ternura extraviada, besos de floja pasión y sonrisas forzadas. Escasa tolerancia, aunque yo intentaba aportarla y reconquistarla…
En uno de mis sueños la encontré en el campo santo, vestida de blanco acusando mi culpa.
La vi tal cual era. Bella y tierna, encantadora y dulce…
Pero vestida de soledad y tristeza.
Íbamos por un pasillo del Cementerio y ella caminaba adelante. No me atrevía a acercarme, aunque iba lentamente como esperándome. De pronto volvió su bello rostro y su mirada se posó en mis ojos y suavemente musitó… -¡tú, tuviste la culpa!
Desperté y en mi dedo vi la argolla que me tiene prisionero.

Carlos Yáñez Olave
Prensa El Heraldo | Imprimir | 259
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