miércoles 06 de julio del 2022
El Diario del Maule Sur
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Opinión 19-06-2022
CUERPO Y SANGRE PARA LA VIDA DE LA IGLESIA


Cuando venga el Espíritu de la Verdad, Él los irá introduciendo en la verdad completa… Estas palabras tomadas del fragmento del Evangelio según San Juan que se leyó en la Solemnidad de la Santísima Trinidad, nos pueden dar cuenta del proceso que condujo a la Iglesia a tomar conciencia de la centralidad del misterio de la Eucaristía y llegar a celebrar la Solemnidad del Corpus Christi; el Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

Los cristianos de las primeras comunidades, ciertamente eran fieles al mandato de Jesucristo de celebrar en su nombre y en memoria suya la “Fracción del Pan”, primer nombre que recibió el sacrificio y banquete de la Eucaristía; tal como lo atestigua el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 2, 42-47) sin embargo, y como también lo refiere el mismo texto, no se habían desprendido aún de los ritos del judaísmo: elevaban al cielo las oraciones prescritas por la ley, acudían al Templo de Jerusalén, y luego, al regreso, partían en sus casas el pan.

Pasarán décadas y acontecimientos traumáticos que van a poner distancia ente el pueblo de Israel y la naciente Iglesia, para que las comunidades cristianas despeguen del judaísmo: la destrucción del Templo de Jerusalén a comienzos de la década del 70, la lectura de este acontecimiento como un signo, el recíproco echarse la culpa del mismo, por parte de ambas colectividades, y, a fines de la misma década, la expulsión definitiva de los cristianos de la Sinagoga, decretada por los Fariseos en la asamblea de Yamnia.

Las primeras comunidades tendrán que hacer -asistidas por el Espíritu Santo- un camino de maduración y de entendimiento en la fe acerca del sentido profundo de las palabras y los gestos de Jesús en la Última Cena, para llegar a darse cuenta de que allí, en la fracción del pan, estaba señalada la voluntad del Señor para el sacrificio único que habría de hacer la Iglesia durante su peregrinar y hasta el fin de los tiempos, el sacrificio y banquete: Sacramento de unidad y comunión, servido por el mismo Cristo Sacerdote, con Cristo Víctima, para ser consumida como alimento, sobre la mesa de Cristo Altar.

El más antiguo testimonio que poseemos de las palabras y gestos de Jesucristo en la Última Cena, se lo debemos al Apóstol Pablo en la Primera Carta a los cristianos de Corinto: han pasado décadas desde el momento en que Cristo cenó con los Apóstoles, estamos a más de cinco mil kilómetros de distancia, inmersos en una cultura tan diversa como la griega bajo la dominación romana, y sin embargo, la asamblea cristiana se reúne para celebrar la cena del Señor, se reúne para la fracción del pan, sin caer aún totalmente en la cuenta -al parecer- de la hondura del misterio que celebra, y Pablo –no obstante no haber sido testigo ocular, no haber sido uno de los comensales originales- les trasmite la tradición de la que él mismo se ha nutrido: que aquí en la celebración de esta cena -que es conmemoración y actualización de la de Cristo- se encuentra el centro de la vida cristiana, se encuentra la fiesta principal que ha de celebrar la comunidad de los creyentes, que aquí se encuentra el rito que ha de proporcionar la verdadera identidad a esta grupo de apóstoles y discípulos diseminados por la tierra, adonde quiera que vayan; que aquí se encuentra –como declarará solemnemente la Iglesia del s XX en el Concilio Vaticano II- la fuente y cumbre de la que brota y a la que tiende toda la vida de la Iglesia.

En este mismo proceso, el Espíritu Santo irá señalando a la comunidad de creyentes la naturaleza del sacerdocio de Cristo, diverso del sacerdocio que conocía el pueblo de Israel, el sacerdocio levítico-aarónico, respecto del cual Jesús permanece durante toda su vida y ministerio como laico.

Si la Eucaristía es el rito central del nuevo culto al Señor, único culto agradable al Padre, culto que no habrá de conocer su ocaso, será preciso que haya un sacerdote: uno sumo y eterno, el que lo ha instituido: el propio Cristo, y otros que lo prolonguen por los siglos: todos los bautizados, injertados en la misma vida del Señor, para participar del sacerdocio común, que hace de la asamblea reunida una plena comunidad celebrante; y dentro de ellos, algunos que reciban el ministerio de la presidencia de esas asambleas dondequiera se conformen.

En el curso de este discernimiento y distanciamiento, las comunidades primitivas, redescubrirán en el libro del Génesis, la figura antigua y arcana de Melquisedec, el sacerdote del Dios Altísimo, que sale al paso de Abram, para realizar por él un sacrificio de acción de gracias (es decir un sacrificio eucarístico) presentando pan y vino en el altar; sacerdote anterior a la constitución del pueblo de Israel, por tanto, figura de un sacerdocio de carácter universal; sacerdote, del cual no se declara genealogía alguna, ni se señala su fin, imagen, así, de un sacerdocio eterno; Rey de Salem, prefiguración del Sacerdocio Real que la Iglesia reconoce en Jesús.

Sin embargo con el reconocimiento de la centralidad de la Fracción del Pan, de la Eucaristía para la vida de la Iglesia, y con el reconocimiento de este Sacerdocio Nuevo y Eterno, según el orden de Melquisedec, no está revelada toda la hondura del sacrificio eucarístico; el Espíritu Santo ha de conducir a la comunidad aún más adentro del misterio, hasta revelarle que cada vez que la Iglesia celebra la Eucaristía, es el mismo Cristo quien está verdaderamente presente en ella partiendo y repartiendo el pan de su propio cuerpo, para que toda la Iglesia adquiera la fuerza que le permita continuar en su peregrinar, derramando su propia sangre, para que circule fecunda hasta sus más remotas venas.

Es el mismo Cristo que no sólo se ha encarnado para consolar, instruir, anunciar el Reino, sanar y conducir a la humanidad hacia el Padre, sino que, como ocurre en el relato de la Multiplicación de los Panes -episodio en el que todos los Evangelistas, unánimes reconocen el anuncio de la Cena Pascual- ha venido para hacer sentarse a su mesa a todo aquel que acude a Él, que ha venido para hacerse servidor humilde de los humildes que no tienen cómo reparar sus fuerzas por sí mismos. Es el mismo, que ha venido para asociarnos a esa tarea de restauración de la humanidad, invitando a sus Discípulos a hacerse parte de ella: denles de comer ustedes mismos: la multiplicación de los panes no habría sido posible sin la presencia de Cristo elevando agradecido los ojos al cielo, y presentándole al Padre la indigencia de la muchedumbre; pero tampoco hubiera sido eficaz sin la colaboración de estos discípulos, que entienden que el gesto de Cristo va más allá de un ejercicio de la solidaridad con los necesitados: es una proclamación festiva y una invitación, una buena noticia que ha de cambiar la vida de estos pobres reconocidos en su dignidad primera –la que nace del amor del Creador- para ser admitidos por el Señor a ser comensales de honor en Su mesa, y, entendiéndolo así, se ponen al servicio de este gesto con entusiasmo.

Es el mismo Cristo que ha venido a entregarse y a quedarse como alimento que sacia la mayor de las hambres de la humanidad: el hambre de Dios, alimento que, una vez que ha saciado a todos los comensales, no se agota, porque siempre habrá pobres que alimentar, pueblos a los que llegar con la noticia de que el proyecto de humanidad que Dios ha concebido para nosotros no conoce fronteras, no sabe de exclusiones.

El Espíritu Santo continuó y continúa conduciendo a la Iglesia a las aguas profundas del misterio; desde el siglo XIII comenzó a celebrar en algunas lugares la Presencia Real de Jesucristo bajo la forma de las Especies Eucarísticas, desde el Concilio de Trento, en el siglo XVI, esta celebración se hizo universal y se fijó su fiesta después de la solemnidad de la Santísima Trinidad; para recordar a quienes se acercan a la Eucaristía que están en la presencia del Dios Vivo, del Dios que se sigue entregando para que alcancemos la vida en abundancia, del Dios de la Gloria, que insiste en hacerse pequeño para que puedan nutrirse con Él los pequeños, que concluida la asamblea eucarística, se queda aguardando oculto en el Sagrario el momento de ser llevado para seguir sirviendo a los más pobres, a los enfermos, a los que no han podido llegar a la Misa, pero necesitan de su Cuerpo para fortalecerse en el camino que conduce a la fiesta del Reino que no tendrá fin.


Raúl Moris G. Pbro.

Freddy Mora | Imprimir | 211