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El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Opinión 17-01-2021
DEBEMOS DISMINUIR PARA QUE EL SEÑOR CREZCA
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San Juan Bautista preparaba al mundo de su época y de su región para el momento de la revelación de Jesucristo, el Mesías prometido, esperado por el pueblo de Israel, se revelara públicamente. El Bautista predicada la conversión, el cambio de vida. Y el Bautismo que impartía era un Bautismo de conversión; era como la aceptación de la conversión de parte de aquéllos que deseaban cambiar de vida. En esa preparación del camino del Mesías, San Juan Bautista predicaba, bautizaba y, además, tenía algunos discípulos. En el Evangelio de otro Juan, San Juan Bautista nos ha dado esta bellísima revelación: “Yo no lo conocía (a Jesús, el Mesías prometido), pero Dios, que me envió a bautizar con agua, me dijo también: ‘Verás al Espíritu bajar sobre aquél que ha de bautizar con el Espíritu Santo, y se quedará en él. ¡Y yo lo he visto! Por eso puedo decir que éste es el Hijo de Dios” (Jn. 1, 33-42).
1.- Nos dice el Evangelio de hoy lo que sucedió al día siguiente de esta confesión. Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos: Andrés y Juan, y al ver que Jesús iba pasando, les dijo: “Este es el Cordero de Dios”. Cuando los dos discípulos oyeron al Precursor del Señor identificar a Jesús como el Mesías tan esperado por el pueblo de Israel, lo buscaron para seguirlo. Ellos sabían de Quién se trataba, pues eran discípulos de San Juan Bautista que los había preparado para la venida del Mesías. De allí que inmediatamente siguieron a Jesús.
2.- San Pablo (1 Cor. 6, 13-15.17-20) nos recuerda la importancia de la virtud de la templanza, ya que “nuestros cuerpos son miembros de Cristo”. Por ser miembros del Cuerpo Místico de Cristo y porque nuestros cuerpos son “templos del Espíritu Santo”, nos recuerda San Pablo que debemos vivir alejados de las fornicaciones. Y nos recuerda una cosa importantísima, la cual expone con mucha convicción: “No son ustedes sus propios dueños, porque Dios los ha comprado a un precio muy caro”. Y esto lo refiere especialmente al cuerpo. ¡Qué apropiadas estas palabras en nuestro mundo actual, en el que creemos que se puede hacer lo que sea con el propio cuerpo! Y termina diciendo el Apóstol: “Glorifiquen, pues, a Dios con el cuerpo”.
3.- En el Primer Libro de Samuel (1 Sam. 3, 3b-10.19) vemos al joven Samuel, siendo llamado por Dios. Pero Samuel no reconocía al Señor: creía que quien lo llamaba era el sacerdote Elí, a quien servía en el Templo. A la tercera llamada, Elí comprende que es el Señor quien está llamando a Samuel. Y le instruye a responder a Dios con aquella bellísima frase, tan útil en la oración: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. Y nos dice esta lectura que el Señor estaba con Samuel y todo lo que el Señor le decía se cumplía. Es el Sacerdote Elí quien instruye a Samuel para conocer la voz del Señor y para entregarse a Dios. Sucede algo similar con San Juan Bautista y sus discípulos. La actitud del Precursor es nuestro ejemplo: San Juan Bautista muestra el Mesías a sus seguidores: “Este es el Cordero de Dios”. Y luego él mismo desaparece.
4.- ¿Cuál es la enseñanza de este episodio? En el apostolado y en la evangelización debemos mostrar continuamente a Jesús a los demás y no podemos estar mostrándonos nosotros mismos. ¿Qué significa esto? Significa que para ser reales portadores y mostradores de Jesús debemos, como el Bautista, desaparecer también nosotros. Todo cristiano es llamado a seguir a Cristo en la santidad y en el apostolado y la evangelización. Pero puede suceder que en las actividades religiosas –y también en otras menos importantes- corramos el riesgo de querer lucirnos, de buscar poder, de pretender ser apreciados por lo que hacemos. Pero la enseñanza de San Juan Bautista es crucial: debemos disminuir para que el Señor crezca; debemos opacarnos para que el Señor brille; debemos desaparecer para que el Señor se muestre; debemos escondernos para que sea el Señor el único que luzca.
5.- Así otros podrán reconocer a Jesús como el Salvador y seguirlo como lo siguieron Juan y Andrés. Ellos ni lo pensaron. Enseguida comenzaron a caminar detrás de Jesús. Y éste, al ver que lo seguían, les pregunta: “¿Qué buscan?” Ellos quieren conocer al Mesías y Él les pregunta sobre sus intenciones, porque de nada vale seguir al Mesías si no estamos dispuestos a entregarnos a Él del todo. Ellos le preguntan: “¿Dónde vives?” Posiblemente querían saber dónde buscarlo, cómo reunirse con Él, cómo conseguirlo en algún momento posterior. Pero Jesús los sorprende, pues de una vez los invita a venir. Nos dice en su Evangelio uno de estos dos discípulos, otro Juan, que eso sucedió a las cuatro de la tarde y que se quedaron con Jesús el resto del día. ¡Qué emoción la de estos dos jóvenes! Ya no era otro hablándoles del Mesías: era Él mismo hablándoles y enseñándoles. Y luego ellos hacen lo mismo que San Juan Bautista. Andrés fue a buscar a su hermano Simón y le informa que han encontrado al Mesías. Y lleva a Simón (luego llamado Pedro) a donde Jesús.
Conclusión: Notemos la cadena: Elí enseña a Samuel. Juan Bautista lleva a Juan y a Andrés a Jesús. Andrés lleva a Pedro. Y así sucesivamente. En esto consiste el apostolado y la evangelización. Unos llevamos a otros a Jesús. Pero para hacer esto, recordemos la enseñanza del Bautista: disminuir, opacarnos, desaparecer... para que Jesús sea Quien se muestre.

(*) Mario A. Díaz M. es: Profesor de Religión y Filosofía. Licenciado en Educación. Egresado de la Universidad Católica del Maule

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