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El Diario del Maule Sur
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Opinión 27-09-2020
Decidirnos por la voluntad del Padre
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Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos de pueblo: “¿Qué les parece?, Un hombre tenía dos hijos y, dirigiéndose al primero le dijo: “Hijo, quiero que hoy vayas a trabajar a mi viña”. Él respondió: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Dirigiéndose al segundo, le dijo lo mismo y éste le respondió: “Yo voy, Señor”, pero no fue. ¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?” “El primero”, le respondieron. Jesús les dijo: “Les aseguro que los publicanos y las prostitutas llegan antes que ustedes al Reino de Dios. en efecto, Juan vino a ustedes por el camino de la justicia y no creyeron en él; en cambio, los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Pero ustedes, ni siquiera al ver este ejemplo se han arrepentido ni han creído en él”. (Mt 21, 28-32)

Para tener en cuenta…

El contexto en donde Jesús pronuncia la parábola de los dos hermanos es el de la cultura del honor en la que vive el pueblo de Israel (y el mediterráneo entero en el siglo I), para proponer, en el seno de esta misma cultura, el camino nuevo de la conversión, para anunciar, en el seno de esta misma cultura, que la misericordia y acogida del Padre del cielo está más allá, superando con creces, nuestras convenciones y nuestras expectativas.

Lo primero en lo que conviene reparar es en los interlocutores inmediatos a los que va dirigida la parábola: los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, es decir, los custodios de la primera invitación del Señor a la salvación, y al mismo tiempo los árbitros de su cultura en materias acerca de lo que es más conveniente, de lo que es más honorable; lo segundo a considerar, son los modelos de conversión que les propone: aquellos que están en el punto más bajo del honor y de la estimación pública: los recaudadores de impuestos y las prostitutas.

Es por este mismo contexto de la cultura del honor, que la pregunta de Jesús se modifica sobre la marcha, comenzando con ese “¿Qué les parece?”, para luego especificar “¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”

En la mentalidad cultural de la época, la respuesta esperada habría tendido a aprobar la conducta del segundo hermano, que no contradice abiertamente los deseos del padre, sino que se muestra, de palabra, pronto a realizarlos, aunque la acción, que es mediata, no corresponda con lo que ha declarado; el honor del padre ha quedado a salvo, ya que el hijo no contradice su orden; al contrario, haga lo que haga después, se apresura en ponerse en el lugar que su cultura le asignaba: el de la sumisión incuestionable que un hijo le debía a los deseos del padre; el hijo primero, en cambio, al expresar de palabra sus propios deseos, pone en entredicho ese honor: el seco “No quiero”, del hijo primero, es una bofetada pública a las prerrogativas paternas, lo que viene a subvertir el orden establecido en una cultura del honor.

La especificación de la pregunta de Jesús, para apuntar al cumplimiento de la voluntad del padre, más que a su honor, abre la brecha para que la parábola se transforme en una provocadora buena noticia; en primer lugar, porque deja espacio para la obediencia, como acción meditada que hace su aparición después de las palabras del primer hermano; en segundo lugar, porque anuncia la paciente espera del plan de Dios y su acogida infinita al que es capaz de detenerse en su andar, volver la mirada sobre la propia vida, sentirse interpelado de verdad por la Palabra, y enderezar su conducta para encaminarla por el sendero del Reino, que nada tiene que ver con las cuestiones relativas al honor, que inmovilizan, que no permiten dejarse alcanzar por la generosa invitación del Dios de la salvación, que quiere que todos se salven, que se goza en la conversión, más que en contemplar la condenación de los que porfían en su propio camino errado, condenación que no se asienta en la voluntad salvadora del corazón de Dios, sino en la empecinada mala elección de la libertad de los hombres, de nosotros mismos.

La meditación de la voluntad del padre, que se hace en lo secreto del corazón, y que va a permitir que el primer hermano recapacite su decisión inicial y salga de la reducida esfera de sus deseos, para avanzar más allá, (el verbo usado por Mateo, para hablar del arrepentimiento del hijo primero, será en griego el verbo metamelomai, que comparte con la palabra metanoia [conversión] el prefijo metá, [ponerse más allá, salir de sí, dar un paso más arriba]), será lo que quiere Jesús que se acentúe como buena noticia:

Todo aquel que haga este esfuerzo, que significa enmendar el camino que ha marcado su vida, y tome la firma decisión de “reinventarse” por amor del Señor -al que reconocemos en su misericordiosa acogida, más que en su autoridad que nos señala los deberes- todo aquel que se atreva a acometer la empresa de ser señor de sus propios primarios deseos, para ponerlos al servicio de un plan que nos supera, que podemos todavía no ser capaces de entender en su totalidad, porque es el plan del amor inconmensurable de Dios; todo aquel que haga este esfuerzo, -doloroso, sin duda, como duele crecer y madurar- todo aquel que, más allá de las ganas que suelen adormecernos, tome la decisión de por fin despertar, escuchar y seguir al Señor, ha de encontrarse con el abrazo acogedor del Padre del Cielo: el Reino será suyo, aunque, como los publicanos y las prostitutas -proscritos por la Ley de Israel, desobedientes de esa ley- venga reconociendo recién la llamada del Dios que quiere la salvación de todos, venga reconociendo recién ahora con nitidez esa llamada, quizá precisamente porque recién ahora ha reconocido en ella el timbre sutil del amor del Señor, más que los sonoros tañidos del deber, del honor.



Raúl Moris G. Pbro.

Prensa El Heraldo | Imprimir | 269
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