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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 10-02-2019
Derecho a no encajar
El Poder Judicial hace un esfuerzo por modernizarse en diversas áreas. Hace unos días la Corte Suprema dio directrices a sus miembros en el uso de las redes sociales. Así, es posible advertir el esmero por educar sobre el quehacer de la judicatura en sus múltiples niveles de comprensión, desde el usuario del sistema hasta la población en general. No es fácil para las instituciones avanzar a la par con los cambios de contenido social y los usos tecnológicos en un despliegue por simplificar su propio mensaje. Y que se simplifique no significa que sea sencillo, sino todo lo contrario. En este sentido, el Departamento de Comunicaciones —con recursos limitados— ha procurado cubrir no sin esfuerzo y creatividad la falta de educación cívica, que antes se impartía en los colegios.
Para el máximo tribunal, abordar este tópico y regularlo significó ser criticado con la retórica de las preguntas: ¿es necesario que la Corte Suprema regule esto?, ¿es válido?, ¿están legitimados? Y apareció la típica discusión sobre lo público y el ámbito privado. Muchos también se preguntaron cuántos ministros de la Corte Suprema usan Facebook, Twitter, Instagram o tienen algún canal en Youtube. Cuántos participan en alguna comunidad digital. Es decir, aparecen también las falacias de atingencia, o sea aquellos errores en el razonamiento argumentativo para sostener o defender una posición, en este caso, la posición crítica.
Pero no nos detengamos ni desgastemos en esto, no somos expertos en comunicación estratégica ni lógica, mas la contingencia nos es útil para relevar y discernir que en el mundo en el que estamos inmersos las redes sociales son un camino ancho para el populismo del capital en su afán por homogeneizar. Otros dicen que las redes sociales responden a la lógica del mercado, donde el consumo y aparentar es la nueva religión, donde las exigencias, críticas y los reclamos están a la orden del día y donde, según algunos, el dios dinero encuentra seguidores todos los días buscando adoración o un like, un patrocinador o un canje por algún producto (o servicio). Y si la estrategia del espectáculo, implícita en muchas de las redes sociales, busca captar la mayor atención posible, será interesante ser testigos de cómo la justicia mantiene el equilibrio sin caer en la red.
Ya que ocupar las redes sociales sin procurar ganar la atención puede resultar paradójico, es un reto transmitir un mensaje útil para la ciudadanía en un contexto en que los mecanismos de la propaganda son el pan nuestro de cada día.
Y así como los jueces no son entrenados como comunicadores sociales, en su acepción más restringida, los periodistas tampoco son relacionadores públicos en su quehacer principal, por eso no es despreciable la especialización y la claridad de los objetivos institucionales a la luz de las expectativas de la comunidad: la solución de sus conflictos con imparcialidad y percepción de equidad. Debiendo considerar, además, que el discurso de la polifuncionalidad da cuenta, a veces, de otra realidad: la falta de recursos.
En la generación de la diversidad con sus rituales multipropósito, se pregona la inclusión, se elogia buscar ser uno mismo, pero una inmensa mayoría termina haciendo lo mismo: una selfie con un buen filtro o queriendo llegar a ser un influencer de masas para hipnotizar con su lifestyle, llegando a ser un títere de unos pocos que lo gobiernan casi todo, la otra clase de disidentes. Hay varios tipos de disidencia por lo visto.
Esta situación permite reflexionar sobre la existencia y realidad de los disidentes, los que se sumergen en una contracultura (o la aprovechan), los que reman contra corriente, como Juan Mihovilovich, escritor y juez, que cometió un suicidio digital al borrar su aplicación WhatsApp, imagino que en búsqueda de una mayor concentración, a fin de disminuir la distracción a la hora de escribir y evitar ser incorporado en algún grupo al cual no pidió ingresar, o impedido de salir, por deferencia, sin tener que dar alguna explicación en privado o justificándose en público

Por Víctor Ilich
Prensa El Heraldo | Imprimir | 276
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