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El Diario del Maule Sur
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Opinión 04-01-2019
Derecho a perder a un amigo
¿Cuántas veces nos hemos sentido defraudados por alguien cercano, o que creíamos cercano, a quien considerábamos un amigo o respecto del cual se deseaba construir una amistad? ¿Cuántas veces hemos defraudado? ¿Cuántas veces he fallado? Dicen los que saben que siempre las expectativas del comportamiento ajeno son superiores a las exigencias autoimpuestas. Algunos llaman a eso la naturaleza humana, que tiende a exigir lo ancho para sí antes que lo angosto del resto. ¿Suena injusto? Lo es.
Y en ese tumulto de exigencias y frustraciones, la pérdida levanta su mirada. Solo sentimos el dolor o la incomodidad de la pérdida de algo cuando nos importa, cuando valoramos lo perdido.
En el camino hacia la amistad más de alguien se ha extraviado. Y si los caminos de la vida no son planos ni predecibles o nos son desconocidos, sinuosos y con recovecos, tener a alguien con quien caminar un largo trecho puede ser un alivio recíproco.
Al releer Bajo el lucero oriental, de Fidel Améstica —y apreciar la cuidada edición que se elaboró con una portada en papel havanna de 200 gramos, con un interior en papel ahuesado de 90 gramos, con tipografía Seria 15/18 y reconocer las ilustraciones de Marcelo L´amour (Marcelo Uribe L´amour, académico y diseñador)—, fue inevitable la digresión de reflexionar sobre la amistad, al recordar el cómo se gestó una publicación tan esmerada. Basta ver su último colofón, que se construyó como un verdadero muro en homenaje a ella. ¿Cuántos ladrillos son necesarios para construir un muro? Una oda al camino compartido, los intereses en común, los sueños ajenos que se hacen propios. Un bloque de gratitud especial de un gramaje desconocido, con nombres perdidos como testigos olvidados.
Siempre he lamentado las pérdidas, a ratos las propias y a ratos las ajenas, pero no perdamos la perspectiva, la vida puede ser demasiado extensa para ello.
Además, a veces el corazón se rompe porque somos la pieza perdida de un rompecabezas de necesidades propias y ajenas que buscan encajar.
Si es necesario perder para ganar algo aún más valioso —atendido su valor intrínseco, como la libertad, el respeto, la dignidad, la honra— y resguardar ese espíritu de colaboración aparentemente contrario a la competencia que lleva implícita la rivalidad, no tengamos miedo a perder, miedo de ejercer nuestro derecho a perder a un amigo o de que nos extravíen. Alguien nos encontrará. Algo encontraremos.
La cuidada escritura de Améstica no ocupa el oxicorte y celebro un texto breve, honesto, minúsculo, pero relevante como la letra chica de un contrato a título gratuito, un pequeño párrafo que recuerda el tiempo en que L`amour soñaba con poemas, advirtiendo este autor que comprendió que: “Las cosas solo pueden ser nuestras si de algún modo son o provienen de otros”. Algún ortodoxo podría estimar que se trata de un acto de apropiación cultural. Otro más heterodoxo podría considerar que es solo un eslabón más en la construcción de nuestra identidad. Yo solo recordé al leer aquella frase la aseveración atribuida a Saulo de Tarso en la que destaca que en parte hablamos y en parte profetizamos.
Hace unos días un amigo de más experiencia me exhortó a no perder el norte, que nuestros objetivos buscan lo invisible de las necesidades humanas, pero tan reales como el aire que respiramos. Quizás al perder a un amigo ganemos a un hermano o al perder a un hermano ganemos a un amigo. Nunca se sabe cuándo el lucero nos vuelve a alumbrar… o a profetizar.


(Víctor Ilich)





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