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El Diario del Maule Sur
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Opinión 05-09-2019
Derecho a simplificar lo complejo
La vida es compleja. Qué duda cabe. Aunque el ser humano está diseñado para simplificar lo complejo. Es tanta la información que percibimos que nuestro cerebro necesita depurarla; de lo contrario, sería abrumador. Es cierto, a veces, la vida es abrumadora, basta una tragedia o un malestar crónico para experimentarlo.
Luego de leer Más allá de la tormenta, una voz en el silencio, de Sasami Hanatsuki, es posible reconocer su necesidad de simplificar la compleja experiencia de la depresión, su depresión. Escuché hace años que hay tristezas que devienen en muerte y otras que guían hacia el arrepentimiento.
Algunos distinguen entre el arrepentimiento y el remordimiento. La culpa es el común denominador de ambas experiencias, aquella que tiene una cara amable cuando guía a enmendar el rumbo, pero existe otra que puede ser aterradora, si persiste en llamar inmundo a lo que ya ha sido purificado. Y es sabido también en este contexto que la guillotina del resentimiento resulta tan destructiva como el deambular perdidos en el valle de lágrimas de la autoconmiseración. Dicen que no siempre somos víctimas del mal, a veces se puede llegar a ser su cómplice.
El libro de Hanatsuki es un testimonio de vulnerabilidad, una carta abierta en un ejercicio de honestidad, pero vivir en la transparencia tiene un costo, y a veces el remedio puede ser peor que la enfermedad: si la transparencia complica, no aplica.
Afortunadamente, Sasami solo se limita a dar a conocer ciertos aspectos de su enfermedad: el miedo, la soledad, la desorientación, la percepción de sin sentido, mas nunca explica en forma explícita el porqué o qué generó esa visión tan angustiante y pesimista que, a veces, expone sin develar cómo se ensuciaron los trapos a los que alude.
Al reflexionar sobre sus textos es posible elucubrar que cada vez que se busca la solución a un problema, y de encontrarse, se generan otros problemas o nuevos escenarios que requerirán otras soluciones; es decir, más allá de la tormenta, encontraremos otras y nuevas tormentas.
Entonces, si es así la vida, ¿cuál será el propósito de las tormentas que atravesamos? Esta pregunta presupone que existe un propósito y que nosotros no somos el resultado de un margen de error; sostener lo contrario es decir que la naturaleza es ineficiente y, al parecer, tampoco lo es: si sobrevive lo que se adapta y no lo más fuerte, es una cuestión de fe: creer en la adaptación, el cambio y la transformación.
Hace unos años enseñé a uno de mis hijos a resolver uno de los lados del cubo Rubik, luego él me enseñó cómo resolverlo de forma íntegra, paso a paso y en forma progresiva: otra cuestión de fe como creer en algún algoritmo. Así entendí que cada vez que procuramos resolver un lado, afectamos otros, cada vez que ordenamos algo impactamos nuestro entorno. Desordenar o desordenarnos también tiene otros resultados indeseados: aflicción o ansiedad. Y si la vida fuera como ese cubo, al parecer resolver el caos de cada lado o de cada uno requiere esmerarse, un lado a la vez; a esto habría que añadir la convicción de que es posible ordenarlo, sumado al deseo de querer hacer algo bueno (aunque sea ordenar un cubo o aprender para compartirlo con otro). Dicen que siempre será bueno ordenar algo si trae paz y sosiego, pero no es suficiente dicho deseo, si no atesoro conocimiento de cómo debo hacerlo (cada color es un punto de referencia y hay colores en lados opuestos), sabiendo además que todo tiene su tiempo, que cada día tiene su afán y que disponerse a ordenar algo también puede ser abrumador al principio. Mas el conocimiento sin dirección yerra en el blanco, como mover cada lado sin un guía que explique el cómo y el cuándo. Es aquí donde el autogobierno implica ser fiel en lo poco: un color o una capa a la vez. Y la paciencia resulta inevitable, porque al intentar armarlo la posibilidad de errar está latente y para volver a intentarlo hay que soportar el fracaso con el antídoto del buen ánimo en la adversidad, lo que otros llaman longanimidad.
Al final de cuentas, hasta armar un cubo tiene sus complejidades.
Y volviendo a las tormentas, sabemos por experiencia que si bien muchas de ellas no las podemos evitar, sí las podemos vislumbrar a lo lejos y correr hacia donde refugiarnos: un castillo o torre fuerte.
La vida es compleja porque no tenemos todas las respuestas. Y el pretender hallar todas las respuestas o soluciones en nosotros mismos genera el riesgo de creerse sabio según su propia opinión, lo que para algunos podría interpretarse como un rasgo tan arrogante como el médico que se ufane de curarse a sí mismo.
Confío en que Sasami encuentre un refugio donde resolver su propio cubo y ejercite el derecho a simplificar lo complejo: paso a paso, y que la paz y honra la alcancen al usar todos los lápices de colores y guardarlos en su propio estuche cuando la necesidad de hablar y escribir sea solo por derroche.


Por Víctor Ilich

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