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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 21-07-2019
Dios es el principal protagonista de nuestra vida Domingo, 21 de julio de 2019
En la meditación Bíblica de hoy vemos a Abraham siendo visitado por el Señor. Nos dice así la Escritura: “En aquellos días el Señor se apareció a Abraham junto a la encina de Mambré, mientras él estaba sentado a la puerta de la tienda...” Y Abraham de inmediato comienza a atender al Señor. Algo similar vemos en el Evangelio: el Señor va a visitar a sus amigos, Lázaro, Marta y María, quienes eran hermanos. Y Marta se afana por atender a Jesús, al punto que reclama al Señor que María no la ayuda. Y el Señor le da a una respuesta un tanto desconcertante... como a veces son las respuestas del Señor. Si bien estos textos nos muestran el servicio a Dios en forma de atenciones domésticas, ante la visita de alguien tan importante como el Señor, debemos tener en cuenta que servir a Dios es sobre todo hacer su Voluntad, es complacerlo en todo. Servir a Dios es estar a sus órdenes: dejar que El sea quien nos dirija. Servir al Señor es buscar complacerlo en todo. Para poder ver esto, observemos, entonces, la actuación de estos personajes que nos presentan las Lecturas de hoy. Abraham es nuestro padre en la fe. Su característica principal fue una fe indubitable... una fe inconmovible... una fe a toda prueba... y una confianza absoluta en la Voluntad de Dios. Por eso se le conoce como el padre de todos los creyentes.
1.- A Abraham Dios comenzó pidiéndole que dejara todo: Vete de tu tierra y de tu patria y de la casa de tu padre. Y sale sin saber a dónde va. Ante la orden del Señor, Abraham cumple ciegamente. Va a una tierra que no sabe dónde queda y no sabe siquiera cómo se llama. Deja todo, renuncia a todo: patria, casa, estabilidad, etc. Da un salto en el vacío en obediencia a Dios. Confía absolutamente en Dios. Abraham sabe que su vida la rige Dios, y no él mismo. Dios le exigió mucho a Abraham, pero a la vez le promete que será padre de un gran pueblo. Y Abraham cree, a pesar de que todas las circunstancias parecen contrarias a esta promesa. Por un lado, su esposa Sara es estéril y él ya cuenta con la edad de 75 años para el momento de la promesa. Pero Abraham cree por encima de las circunstancias humanas. Pasa el tiempo... pasa ¡bastante tiempo!, desde que Dios le hizo su promesa a Abraham... pasan ¡24 años! ... Ya Abraham tiene 99 años... y Sara sigue estéril. En esas condiciones y en ese momento tiene lugar la visita del Señor a la tienda de Abraham que hemos visto en el Primer texto bíblico. Recordemos que al final de la visita le dice: “Cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo”. Y así fue: al año siguiente, a un hombre de 100 años y a una mujer estéril de 90, les nace un hijo (Isaac), el hijo por el cual la descendencia de Abraham será tan numerosa como las estrellas del cielo, el hijo por el cual será Abraham padre de un gran pueblo, padre de todos los creyentes. Han sido 24 años de larga espera. Y cuando lo que era difícil parecía ya imposible, Dios cumple su promesa. La lógica de Dios es distinta a la lógica humana. Los planes de Dios son diferentes a los planes de los hombres. Los planes de Dios no se realizan como el hombre quiere, sino como Dios quiere. Los planes de Dios no se realizan tampoco cuando el hombre quiere o cree, sino cuando Dios quiere.
2.- A veces nos es más fácil hacer lo que Dios quiere, que hacer las cosas cuando Dios quiere. A veces nos es más fácil cumplir la Voluntad de Dios, que tener la paciencia para esperar el momento en que Dios quiere hacer su Voluntad. Comienza a crecer el hijo de la promesa. Cuando ya todo parece estar estabilizado, Dios interviene nuevamente para hacer una exigencia “ilógica” a Abraham: le pide que tome a Isaac y que se lo ofrezca en sacrificio. Este tal vez sea uno de los episodios más conmovedores de la Biblia. Dios vuelve a exigirle todo. Ahora le pide la entrega de lo que Dios mismo le había dado como cumplimiento de su promesa: Isaac debe ser sacrificado. Abraham obedece ciegamente, sin siquiera preguntar por qué. Sube el monte del sacrificio para cumplir el más duro de los requerimientos del Señor. Y en el momento que se dispone a sacrificar a su hijo, Dios lo hace detener. Abraham creyó y esperó: creyó contra toda apariencia, esperó contra toda esperanza... y también esperó el momento del Señor.
3.- Veamos ahora a Marta y María en el Evangelio de hoy. Marta se encontraba muy atareada con los quehaceres domésticos. Y su hermana María se encontraba a los pies del Señor escuchando su Palabra. Marta le reclama a Jesús la aparente inactividad de su hermana y su injusticia al no ayudarla. Y decíamos que la respuesta del Señor era desconcertante: “Marta, Marta, andas inquieta y nerviosa por muchas cosas. En realidad, una sola cosa es necesaria y María escogió la mejor parte”. Fíjense lo que le dice el Señor a Marta: el estarse en la oración a la escucha de la Palabra del Señor (es decir: el estarse a los pies del Señor), no sólo es la mejor parte, sino que es lo único necesario. Si Marta representa el prototipo de la actividad y María el de la oración... podríamos preguntarnos: ¿qué significa esta respuesta del Señor? ... ¿Cómo puede ser ésta la respuesta del Señor? ... ¿Dónde queda mi deseo de hacer, mi deseo de ayudar, mi deseo de actuar? ... ¡Dónde queda mi responsabilidad! La dificultad en no comprender la respuesta del Señor está en que los hombres de hoy nos consideramos los protagonistas principales de nuestra vida. Olvidamos que Dios todo lo dispone. En eso no nos parecemos en nada a Abraham, que sabía que era Dios quien regía su vida. Recordemos cómo esperaba contra toda apariencia.
Conclusión: Los hombres de hoy no nos damos cuenta que nuestra vida es la historia de las acciones que Dios realiza en nosotros y a través de nosotros. Nosotros nos creemos los principales protagonistas de nuestra vida... y no vemos la acción de Dios en nosotros... ¡No vemos que Dios es el principal protagonista de la vida de cada uno de nosotros! Para no quedar desconcertados con la respuesta que el Señor dio a Marta, para no quedar desconcertados porque el Señor nos dice lo mismo: que nos preocupamos por muchas cosas que realmente no son necesarias y nos perdemos de la mejor parte, necesitamos darnos cuenta de que no somos nosotros quienes llevamos las riendas de nuestra vida: es Dios quien las lleva. Pero el problema es que andamos como Marta, sólo ocupados en la actividad, y se nos hace imposible llevar una relación íntima con el Señor, se nos hace imposible estar atentos a su Voz en la oración. Si andamos ocupados y preocupados sólo en la actividad, no tenemos tiempo para la oración. “La mejor parte” a la que se refiere Jesús es justamente esa “aparente” inactividad de María. “La mejor parte, la única necesaria” es justamente la “aparente” inactividad de la oración. En la oración, en la oración verdadera -esa oración en la que se busca al Señor para servirle en lo que El desea, esa oración que es asidua, que es diaria... en esa oración, Dios nos muestra su Voluntad. Y en esa oración podemos saber qué desea El de nosotros. Además, en la oración, Dios nos da la fortaleza para cumplir su Voluntad, nos da también la entrega para aceptarla... y, además, nos da la paciencia para saber esperar el momento de su Voluntad. Es así, como la oración nos lleva a la verdadera acción: es decir, la acción que desea el Señor de nosotros; no la que nosotros nos buscamos o nos inventamos, que casi nunca coincide con la que Dios quiere de nosotros. Se da, entonces, el balance entre María y Marta; es decir, el balance entre la oración y la acción. Se da, entonces, la acción como fruto de la oración. Y se da, sobre todo, esa entrega absoluta a la Voluntad de Dios que vemos en Abraham y esa fe inconmovible -a toda prueba- que tenía nuestro padre en la fe. De no ser así, no sólo en nuestra vida personal, sino también en la actividad apostólica podemos equivocarnos, confundiendo nuestros propios caminos con los Caminos del Señor, pensando que ya sabemos cuál es el Camino, sin antes haber pasado, como María, la hermana de Marta, muchas horas “a los pies del Señor”, para que El nos indique qué desea de nosotros, cuál es Su Camino, cuál es Su Voluntad. Si para nuestra actividad diaria y nuestra actividad apostólica requerimos de la oración verdadera, ¿qué decir de la importancia de la oración para poder seguir el ejemplo de San Pablo sobre el sufrimiento? Col. 1, 224-28 nos trae la famosa frase del Apóstol: “Ahora me alegro de sufrir por ustedes, porque así completo lo que falta a la pasión de Cristo en mí, por el bien de su Cuerpo que es la Iglesia”. ¿Cómo poder tener esa actitud de aceptación del sufrimiento por el bien de los demás y de la Iglesia si no recibimos esa gracia de oblación, de inmolación precisamente en la oración, estándonos muchos ratos a los pies del Señor, para que El mismo nos enseñe a imitarle?


(*) Mario A. Díaz M. es: Profesor de Religión y Filosofía. Licenciado en Educación. Egresado de la Universidad Católica del Maule

Prensa El Heraldo | Imprimir | 232
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