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El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Hoy
Opinión 16-08-2019
Dolor inolvidable
La noche del día veinte de aquel septiembre de 1973, mientras sentía a lo lejos ráfagas de ametralladora, sirenas de falsas ambulancias y motores de helicópteros que seguramente iluminaban con sus poderosos focos los lugares donde estaban allanando, veía junto con sus padres las noticias transmitidas por cadena nacional de televisión de lo que estaba ocurriendo en diversos puntos de la capital. Mudos de asombro y de horror, contemplaban las imágenes de cómo por las calles de la capital, cada ciertos tramos, ellos con sus pesadas botas, cargando fusiles a la espalda y escoltados por camionetas con grandes ametralladoras, sacaban cantidades de libros de casas y departamentos, los apilaban, rociaban con combustible y prendían fuego. Asombrada, la niña había sentido que una lengua de hielo había corrido por su espinazo para convertirse en una garra que atenazaba su nuca. Muy luego, a pesar del toque de queda, habían oído tímidos golpes en la puerta, su padre había apagado las luces de la casa y lo vio entreabriendo la puerta para reconocer a un conocido vecino de la otra cuadra quién, en la oscuridad avisaba y pedía que se corriera la voz por los patios traseros, para que dieran la alarma de que esos seres venían registrando casa por casa, y que no discriminaban autores ni contenidos. Ahí ella se dio cuenta que, a la más leve sospecha sus padres podían ser arrestados. Los vio a ambos encaramarse en cualquier cosa, asomar por sobre la pared tirando pequeñas piedras a las casas vecinas y trasera para llamar la atención de los moradores y transmitir la alarma. Luego les había ayudado a transportar sus amados libros al patio, apilarlos y realizar el mismo rito visto en las noticias. Ella nunca olvidaría la imagen de ver las páginas de sus libros amados que se retorcían hoja por hoja, una tras otra, con espasmos de dolores inimaginables para quién no amara esos textos, percepción que sólo ella podía sentir, mientras su estómago se contraía de angustia en tanto veía a las palabras intentando escapar de aquellas furiosas llamas de fuego implacable, y una por una esas letras amadas, cual hijas pequeñas de las frases mayores aparecían sacrificadas a un destino aciago que las perseguían, acosaban y devoraban. Las lágrimas que habían asomado a sus ojos se congelaron antes de salir y sus expresivos ojos de mirada transparente quedaron velados por una nube de lágrimas contenidas por las que intentaban escapar sus viajes por mundos maravillosos, aventuras inolvidables, países desconocidos, seres humanos de todas
las culturas, razas e idiomas, y tanto aprendizaje de la vida a través de aquella literatura convertida en parábolas de las historias humanas. Sentía que era ella misma la que se había encarnado en seres nobles, ella transformada en variados personajes que le habían regalado un mundo interior que la habían enseñado y enriquecido en humanidad. Pero el humo de tanto libro quemado la obligó a cerrar sus párpados y al fugarse incontenibles esas lágrimas corriendo por sus mejillas, sintió que también se escapaba su inocencia. Asombrada descubrió que el mal era real y cercano, que era mal en cuanto provocaba dolor físico y dolor del alma, terror y espanto, indefensión y angustia por sus seres amados. El horror y la bestialidad hacían acto de presencia al obligarlos a destruir lo que amaban. Y esa toma de conciencia la marcó para siempre mientras veía entre lágrimas que el papel se convertía en pequeñas brasas rojizas que se elevaban hacia lo alto y cuando se apagaban simulaban ser plateadas nubes que tal vez volaban hacia mundos mejores. Esa noche perdió la ingenuidad propia de la niñez al ver que la injusticia y la impunidad se aunaban con la brutalidad y la ignorancia intentando vencer la cultura contenida en aquellos textos que eran hijos engendrados del arte literario varias veces milenaria, y que ahora era perseguida y acusada de subversiva. Los escritos de premios Nobel y tanto genio de las letras no eran comprensibles para aquellos sujetos de caras pintadas, revestidos cual guerreros aztecas en las guerras floridas buscando víctimas para sacrificarlas a los dioses, esta vez en altares de fuego. Esos extraviados adoradores de la violencia no podían saber que quimantú en mapudungún significa “sol del saber” ni que aquel texto o el otro y ésta o aquella colección eran el compendio de los saberes de las letras universales, era la humanidad misma transmitida a través de fonemas que cantaban en la creación literaria las proezas reales o imaginadas de los seres humanos desde tiempos inmemoriales. En aquella época la niña no se dio cuenta de que, en la gran batalla de la vida, en ese momento ganaba la hipóstasis del mal, pero que el bien, la verdad y la belleza, cual semillas de un otoño forzado, se replegaban y escondían en una memoria subversiva que algún día volvería a brotar y florecer.
Dedicado a Elizabeth Carrizo Catalán, escritora.

(Abelardo Ahumada Varas Escritor, profesor de Filosofía)
Prensa El Heraldo | Imprimir | 427
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