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El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Opinión 15-06-2017
El bochornoso retorno de los restos del Abate Molina
Se ha escrito en estos días del retorno a Chile, desde Italia, de los restos del Abate Molina. Este es uno de los episodios más vergonzosos de nuestra historia local y de la biografía del sabio. El secuestro de la urna en Talca, la implicancia del párroco y el rector de Liceo, el Intendente sin saber lo que ocurría, el oscuro intento de cambiar los huesos, engaños, desinformación y todo lo que un hecho de esta naturaleza significa.
Partamos por el principio: la urna con los despojos de Molina llega a Chile, Los Cerrillos, el 20 de diciembre de 1966. Solemne recepción y traslado a la Catedral para un oficio del Cardenal Silva Henríquez y luego en custodia en la Cripta de los Arzobispos. El diario La Nación dice que su destino es Talca, pero oficialmente era Villa Alegre. Esto se refuerza con la dictación de la ley 16.606 publicada en el Diario Oficial del 3 de febrero de 1967. Hasta aquí todo bien.
Pero Talca comenzó una campaña soterrada para que los restos queden en esa ciudad, en un punto digno como era la Catedral. Se dice que Villa Alegre no tenía un lugar adecuado para ubicarlo. En eso no le faltaba razón.
Sin embargo, la urna jamás debió pasar por la capital maulina, por cuanto su destino era la provincia de Linares. Talca tenía, no obstante “santos en la corte”: el Subsecretario de Relaciones Exteriores don Oscar Pinochet de la Barra, quien movió influencias para que la urna “hiciera escala” en Talca a fin de “ser honrada por un tiempo”. Así las cosas, llegó a Panguilemo en un avión de la Fach el 16 de abril de 1967.
Tras discursos y reverencias, los restos se depositan en la Catedral, cerca de la pila bautismal para ser visitados por la comunidad.
Entretanto el Municipio de Villa Alegre, cuyo Alcalde era José Ilic Toro, daba palos de ciego: se hablaba de levantar una cripta en la plaza, en el Cementerio, construir un Museo, tal vez el templo, etc. Cada reunión – de la formé parte como simple alumno del Liceo de Linares – era avanzar y retroceder. Esto desesperaba al Intendente de Linares Héctor Taricco, quien, junto al Secretario Abogado Manuel Francisco Mesa Seco, veía pasar el tiempo y la comuna madre del sabio nada resolvía.
A mediados de 1968 se produjo un hecho inquietante: Talca formó un Comité Abate Molina que presidió el Rector del Liceo de Hombres Mariano González Inzunza, cuyo difuso objetivo era efectuar las gestiones para que los restos quedaran en esa ciudad. Linares se alarmó y, tras un verdadero cabildo abierto realizado en el Municipio, decidieron retirar la urna y traerla a Linares. El sábado 7 de octubre de 1968 autoridades civiles, militares, eclesiásticas, vecinos, escritores y gente de diversos ámbitos, cruzaron el Maule para exigir la entrega de los disputados huesos.
A las diez de la mañana, la delegación subió las escalas de la Intendencia piducana. La autoridad del momento, don Bernardo Mandiola enfermó y tomó la dirección de los hechos el Secretario Abogado don Ramón Albornoz.
Pero, la urna había desaparecido de la Catedral. Nadie sabía nada. Los representantes talquinos “miraron para el techo”. Don Mariano González, sentado en un rincón dijo que “tal vez era una broma de estudiantes”.
Desde mi perspectivas de estudiante sin voz, vi ásperos diálogos, encontrones, amenazas, llamados telefónicos, acusaciones, un Héctor Taricco que vociferaba su molestia con toda su sangre italiana. El Obispo de Talca, Carlos González, observaba todo en nervioso silencio, mientras su colega de Linares, Monseñor Salinas, le espetaba sin mucha fraternidad clerical: “Tú tienes que saber donde están los huesos: entrégalos”.
El diputado Guido Castilla, que había tenido un papel protagónico en esto, llamó al Subsecretario Pinochet de la Barra, refiriéndole lo acontecido, pero éste respondió que ya todo estaba en manos de las autoridades talquinas y ese ministerio no tenía nada que hacer.
Cerca del mediodía, agotados los diálogos y conversaciones, el diputado Castilla solicitó se le comunicara con el Ministro del Interior Bernardo Leighton. “Pediré un Ministro en Visita”, dijo el parlamentario.
Entonces, Monseñor Carlos González dejó su mutismo y expresó: “Por favor señores, esperen un momento”. A renglón seguido pidió hablar a solas con el Padre Ernesto Rivera y el Rector del Liceo Mariano González. Minutos después retornó diciendo que a las dos de la tarde, la urna estaría en la Catedral para ser retirada.
Así fue. A esa hora el féretro fue sacado por autoridades de Linares y ubicado en un jeep de la Escuela de Artillería, escoltado por un patrullero de Carabineros. Antes de partir el Intendente Taricco miró a los cariacontecidos talquinos parados en las escalas de la Catedral y les dijo a viva voz: “Si esto pasa en Linares, hago tomar presos a varios...”.
La comitiva pasó por Villa Alegre y llegó a Linares, donde la urna quedó en custodia en la Escuela de Artillería con guardia permanente.
Pero como se sospechara el cambio de los huesos, un grupo de linarenses encabezados por Manuel Francisco Mesa Seco abrió la urna para comprobar que todo estaba en orden.
Días después, los restos fueron llevados hasta la Catedral de Linares, en espera de su viaje final a Villa Alegre. En esa ocasión fui designado por el Rector del Liceo de Hombres don Gerardo Aravena y don Raúl Balboa, profesor de ese establecimiento para formar parte de la guardia de honor del traslado.
Catorce meses estuvo en la Catedral. En definitiva el 13 de febrero de 1969, tras dudas, contradicciones y actos fallidos, la urna llegó al Templo de Villa Alegre, quedando bajo un bello mural de Pedro Olmos y una piedra tallada por Germán Mourges.
Pero los piducanos no se tranquilizaron y siguieron insistiendo ante el Ministerio de Educación de la “poca dignidad” del lugar de descanso del sabio. En 1978 iniciamos los trámites para declarar monumento histórico el templo villalegrino, lo cual se logró un año más tarde, el 3 de septiembre de 1979.
Un artículo de La Mañana de 1967, reproducido por El Heraldo del 1 de noviembre de 1967 resumió lo acontecido: “Para nosotros todo ha sido un sainete tragicómico de mal gusto que ha dejado en mal pie a la ciudad de Talca”.
Era que no.

JAIME GONZALEZ COLVILLE
Academia Chilena de la Historia



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