miércoles 24 de julio del 2019 | Santoral Cristina
Dolar $685,81 | Euro $769,10 | Uf $27.953,42 | Utm $49.033,00
El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Hoy
Opinión 16-04-2019
El escultor Hugo Antúnez y el Cristo sin brazos
El viento rugía con fuerzas, desprendiendo las ultimas hojas de los árboles del patio, el parrón se había transformado en una culebra rastrera al caer uno de sus pilares, la lluvia precipitaba con furiosa intensidad, todas, señales inequívocas, que comenzaba un temporal. Mi vecino, el Escultor Hugo Antúnez, se encontraba al interior de su taller, escuchaba el “Himno de la Alegría”, interpretado por la cantante francesa Mireille Mathieu, el Ruiseñor de Avignon, de su álbum “Embrujo”, mientras afirmaba entre sus piernas un trozo de madera, el cual tallaba con esmero y dedicación. Llevaba una camisa a cuadros, la cual, arremangada hasta sus codos, le permitía con su antebrazo derecho secar el sudor de su frente, jeans azul claro, y unos desgastados bototos negros, eran la vestimenta de tan noble tallador. Esa tarde, habíamos previsto viajar juntos al sector de Roblería para comenzar unas entrevistas a los habitantes del sector.
¡Hugo!, ¡Hugo!, le grite, sin embargo, la lluvia y la música en el taller, no permitan que mi voz alcanzara a ingresar al mundo del artista, retire un par de tablas de la cerca que separaban nuestras casas e ingrese corriendo y saltando sobre las pozas de agua, para compartir el calor de una grata conversación. Un pequeño brasero consumía unas tablas y trozos de madera, varios tallados sin terminar se encontraban decorando el lugar, una gruesa manta en una esquina, se encontraba a disposición, para cualquier inesperado visitante que quisiera compartir las tertulias interminables junto a nuestro amigo Hugo. Conversamos durante varias horas y le presente cada uno de los aspectos de estudio a realizar, sobre las “Estrategias de Sustentabilidad profundas de las Mujeres del sector Precordillerano de Linares”. Preparamos nuestros bolsos y nos fuimos cantando bajo la lluvia hasta llegar al terminal y alcanzar a tomar la última micro de la tarde. Durante el trayecto, Hugo le conto contó a cada uno de los pasajeros el objetivo de nuestro viaje, preguntándoles quienes eran los personajes más importantes que debíamos entrevistar, para que el resultado de la investigación fuera contundente y provechosa. Llegamos entre claro y oscuro, con la buenaventura que viajaba junto a nosotros, la Señora Carmen, presidenta de la Junta de Vecinos de Roblería, quien nos invitó a su casa mientras pasaba el temporal, como no había ninguna señal que este se detuviera, nos habilito un par de camas en una pequeña bodega que se encontraba en el fondo del terreno. Esa noche, Hugo comenzó a sentirse mal, una repentina fiebre no le permitía conciliar el sueño, mi ocupación me llevo a buscar a la Sra. Carmen, la cual se levantó y nos invitó nuevamente a su casa, nos ofreció un enyerbado con una serie de plantas medicinales, poco a poco, la fiebre disminuyo, permitiendo que Hugo fuera recuperando el ánimo. Durante toda la madrugada la Sra. María nos compartió su sabiduría y nos indicó a cada una de las personas que debíamos visitar. El sueño fue inevitable y nos quedamos dormidos en los sillones de la cocina. Al despertar, la señora Carmen nos tenía unos enormes panes amasados, huevos y queso fresco, uno de los desayunos inolvidables que tengo en mi memoria. La lluvia se había detenido y como un veranito de San Juan, se había abierto completamente el cielo, nos despedimos de la señora Carmen y nos dirigimos hacia el sector de Portezuelo, un camino que sube por varios cerros y conecta Roblería con la localidad de Rabones. Nuestra primera entrevistada fue la Sra. Elba, tejedora y recolectora de plantas medicinales del sector, oriunda del sector de Vega de Salas, pero con más de cuarenta años viviendo en roblería, nos recibió junto a su nieta quien mecía en su regazo a un par de pequeños gatos, mientras cacareaban las gallinas, en ese contexto la señora Elba nos proporcionó parte de su sabiduría. Nos dijo que el “Boldo” era bueno para el hígado, el “Matico” para el dolor de estómago, el “llantén” para curar las heridas, el “Canchalagua” para el dolor de cabeza, la “Menta” para bajar la fiebre, la “Hierba de San Juan” para la depresión, la “Manzanilla” era antinflamatoria, el “Toronjil” un buen tranquilizante y la “Paramela” para el resfrió del cuerpo, a cada una de estas indicaciones Hugo asentaba con su cabeza y señalaba otros usos que cada una de estas benéficas hierbas podía generar. La señora Elba le pregunto a Hugo si era hombre de campo, este respondió que era de la ciudad, pero un amante de la cordillera y sus misterios. La señora Elba al terminar nos preparó un amargo brebaje con distintas hierbas que anotamos de manera exacta, el cual nos iba a dar tanta energía y fuerza como para incluso enfrentar a un León, que llegan al sector en la temporada invernal.
Nuestro viaje continuó, subiendo y bajando cerros, hasta llegar pasado el mediodía, a la casa de la Señora María Oyarce, ella nos invitó a su cocina de humo, apuntalo al dueño de casa (tronco que sirve para mantener el fuego) y nos sirvió un rebosante plato de porotos con rienda. La cocina estaba rodeada de saquitos con distintas semillas, las cuales al recubrirse de humo se mantenían en perfectas condiciones para la próxima siembra, una docena de cuelgas de cebolla, un par de cuelgas de ajos, una cayana y una cruz de palque, decoraban la cocina mientras el humo salía por los costados del techo. Conversamos durante horas, nos dijo que, si queríamos nos dábamos un “meuco” (siesta) bajo el parrón, a lo cual aceptamos y agradecimos. Al despertar la señora María nos había preparado una enjundiosa cazuela de ave, para compartir con su hijo quien llegaría durante la tarde, con el cual conversamos sobre las veranadas, las plantas medicinales de la cordillera y los fieles e inseparables compañeros de ruta, lo perros. Antes de oscurecer nos despedimos y agradecimos profundamente todo lo compartido en esa jornada para luego comenzar el regreso a la casa de la Sra. Carmen, caminamos bajo las estrellas y en un par de ocasiones nos detuvimos a contemplar las constelaciones. Al llegar donde la Sra. Carmen nos estaba esperando con una grandes sopaipillas pasadas en arrope. Ambos estábamos completamente agradecidos por el cariño y la hospitalidad de cada una de las familias que visitamos.
Estuvimos varios días recorriendo el sector, y al anochecer llegábamos a la casa de la Sra. Carmen, con quien hacíamos el resumen del día y surgían nuevas e interesantes historias. El ultimo día antes de partir. nos contó sobre los antiguos operativos dentales que se realizaban en el sector de Roblería y Chupallar, los cuales consistían en extracciones masivas de piezas dentales. Frente a este relato Hugo guardo silencio y mirando a la Sra. Carmen prometió con voz fuerte y clara: “llegando a Linares tallare un cristo sin brazos, en representación de todos los brazos que nos acogieron durante este viaje”.
Regresamos esa mañana sin querer hacerlo, dentro de nuestras alternativas para quedarnos estaban transformarnos en anacoretas precordilleranos, otra era viajar junto a los arrieros en búsqueda de unas misteriosas plantas medicinales, finalmente era regresar y dar testimonio del cariño y hospitalidad de estas familias.
Varias semanas después, Hugo me invito a su taller, me extendió su mano y me entrego el casette “Embrujo” de Mireille Mathieu, y me dijo, “escúchalo, con el continúa dirigiéndole a las estrellas”, luego se acercó a la gruesa manta de lana y de ella descubrió un Cristo de Madera sin brazos, tómalo en recuerdo de nuestro viaje, un recuerdo de esos brazos que nos protegieron en ese corto, pero intenso temporal y para que no olvides jamás “acoger a todo viajero que os pida ayuda”.


El escultor Hugo Antúnez y el Cristo sin brazos


El viento rugía con fuerzas, desprendiendo las ultimas hojas de los árboles del patio, el parrón se había transformado en una culebra rastrera al caer uno de sus pilares, la lluvia precipitaba con furiosa intensidad, todas, señales inequívocas, que comenzaba un temporal. Mi vecino, el Escultor Hugo Antúnez, se encontraba al interior de su taller, escuchaba el “Himno de la Alegría”, interpretado por la cantante francesa Mireille Mathieu, el Ruiseñor de Avignon, de su álbum “Embrujo”, mientras afirmaba entre sus piernas un trozo de madera, el cual tallaba con esmero y dedicación. Llevaba una camisa a cuadros, la cual, arremangada hasta sus codos, le permitía con su antebrazo derecho secar el sudor de su frente, jeans azul claro, y unos desgastados bototos negros, eran la vestimenta de tan noble tallador. Esa tarde, habíamos previsto viajar juntos al sector de Roblería para comenzar unas entrevistas a los habitantes del sector.
¡Hugo!, ¡Hugo!, le grite, sin embargo, la lluvia y la música en el taller, no permitan que mi voz alcanzara a ingresar al mundo del artista, retire un par de tablas de la cerca que separaban nuestras casas e ingrese corriendo y saltando sobre las pozas de agua, para compartir el calor de una grata conversación. Un pequeño brasero consumía unas tablas y trozos de madera, varios tallados sin terminar se encontraban decorando el lugar, una gruesa manta en una esquina, se encontraba a disposición, para cualquier inesperado visitante que quisiera compartir las tertulias interminables junto a nuestro amigo Hugo. Conversamos durante varias horas y le presente cada uno de los aspectos de estudio a realizar, sobre las “Estrategias de Sustentabilidad profundas de las Mujeres del sector Precordillerano de Linares”. Preparamos nuestros bolsos y nos fuimos cantando bajo la lluvia hasta llegar al terminal y alcanzar a tomar la última micro de la tarde. Durante el trayecto, Hugo le conto contó a cada uno de los pasajeros el objetivo de nuestro viaje, preguntándoles quienes eran los personajes más importantes que debíamos entrevistar, para que el resultado de la investigación fuera contundente y provechosa. Llegamos entre claro y oscuro, con la buenaventura que viajaba junto a nosotros, la Señora Carmen, presidenta de la Junta de Vecinos de Roblería, quien nos invitó a su casa mientras pasaba el temporal, como no había ninguna señal que este se detuviera, nos habilito un par de camas en una pequeña bodega que se encontraba en el fondo del terreno. Esa noche, Hugo comenzó a sentirse mal, una repentina fiebre no le permitía conciliar el sueño, mi ocupación me llevo a buscar a la Sra. Carmen, la cual se levantó y nos invitó nuevamente a su casa, nos ofreció un enyerbado con una serie de plantas medicinales, poco a poco, la fiebre disminuyo, permitiendo que Hugo fuera recuperando el ánimo. Durante toda la madrugada la Sra. María nos compartió su sabiduría y nos indicó a cada una de las personas que debíamos visitar. El sueño fue inevitable y nos quedamos dormidos en los sillones de la cocina. Al despertar, la señora Carmen nos tenía unos enormes panes amasados, huevos y queso fresco, uno de los desayunos inolvidables que tengo en mi memoria. La lluvia se había detenido y como un veranito de San Juan, se había abierto completamente el cielo, nos despedimos de la señora Carmen y nos dirigimos hacia el sector de Portezuelo, un camino que sube por varios cerros y conecta Roblería con la localidad de Rabones. Nuestra primera entrevistada fue la Sra. Elba, tejedora y recolectora de plantas medicinales del sector, oriunda del sector de Vega de Salas, pero con más de cuarenta años viviendo en roblería, nos recibió junto a su nieta quien mecía en su regazo a un par de pequeños gatos, mientras cacareaban las gallinas, en ese contexto la señora Elba nos proporcionó parte de su sabiduría. Nos dijo que el “Boldo” era bueno para el hígado, el “Matico” para el dolor de estómago, el “llantén” para curar las heridas, el “Canchalagua” para el dolor de cabeza, la “Menta” para bajar la fiebre, la “Hierba de San Juan” para la depresión, la “Manzanilla” era antinflamatoria, el “Toronjil” un buen tranquilizante y la “Paramela” para el resfrió del cuerpo, a cada una de estas indicaciones Hugo asentaba con su cabeza y señalaba otros usos que cada una de estas benéficas hierbas podía generar. La señora Elba le pregunto a Hugo si era hombre de campo, este respondió que era de la ciudad, pero un amante de la cordillera y sus misterios. La señora Elba al terminar nos preparó un amargo brebaje con distintas hierbas que anotamos de manera exacta, el cual nos iba a dar tanta energía y fuerza como para incluso enfrentar a un León, que llegan al sector en la temporada invernal.
Nuestro viaje continuó, subiendo y bajando cerros, hasta llegar pasado el mediodía, a la casa de la Señora María Oyarce, ella nos invitó a su cocina de humo, apuntalo al dueño de casa (tronco que sirve para mantener el fuego) y nos sirvió un rebosante plato de porotos con rienda. La cocina estaba rodeada de saquitos con distintas semillas, las cuales al recubrirse de humo se mantenían en perfectas condiciones para la próxima siembra, una docena de cuelgas de cebolla, un par de cuelgas de ajos, una cayana y una cruz de palque, decoraban la cocina mientras el humo salía por los costados del techo. Conversamos durante horas, nos dijo que, si queríamos nos dábamos un “meuco” (siesta) bajo el parrón, a lo cual aceptamos y agradecimos. Al despertar la señora María nos había preparado una enjundiosa cazuela de ave, para compartir con su hijo quien llegaría durante la tarde, con el cual conversamos sobre las veranadas, las plantas medicinales de la cordillera y los fieles e inseparables compañeros de ruta, lo perros. Antes de oscurecer nos despedimos y agradecimos profundamente todo lo compartido en esa jornada para luego comenzar el regreso a la casa de la Sra. Carmen, caminamos bajo las estrellas y en un par de ocasiones nos detuvimos a contemplar las constelaciones. Al llegar donde la Sra. Carmen nos estaba esperando con una grandes sopaipillas pasadas en arrope. Ambos estábamos completamente agradecidos por el cariño y la hospitalidad de cada una de las familias que visitamos.
Estuvimos varios días recorriendo el sector, y al anochecer llegábamos a la casa de la Sra. Carmen, con quien hacíamos el resumen del día y surgían nuevas e interesantes historias. El ultimo día antes de partir. nos contó sobre los antiguos operativos dentales que se realizaban en el sector de Roblería y Chupallar, los cuales consistían en extracciones masivas de piezas dentales. Frente a este relato Hugo guardo silencio y mirando a la Sra. Carmen prometió con voz fuerte y clara: “llegando a Linares tallare un cristo sin brazos, en representación de todos los brazos que nos acogieron durante este viaje”.
Regresamos esa mañana sin querer hacerlo, dentro de nuestras alternativas para quedarnos estaban transformarnos en anacoretas precordilleranos, otra era viajar junto a los arrieros en búsqueda de unas misteriosas plantas medicinales, finalmente era regresar y dar testimonio del cariño y hospitalidad de estas familias.
Varias semanas después, Hugo me invito a su taller, me extendió su mano y me entrego el casette “Embrujo” de Mireille Mathieu, y me dijo, “escúchalo, con el continúa dirigiéndole a las estrellas”, luego se acercó a la gruesa manta de lana y de ella descubrió un Cristo de Madera sin brazos, tómalo en recuerdo de nuestro viaje, un recuerdo de esos brazos que nos protegieron en ese corto, pero intenso temporal y para que no olvides jamás “acoger a todo viajero que os pida ayuda”.
Prensa El Heraldo | Imprimir | 437
Publicidad 13
Publicidad 36