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El Diario del Maule Sur
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Opinión 27-09-2020
El lobo de Wall Street: Buscando a quien devorar
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Hace unos días me mostraron un meme en el que aparecía DiCaprio interpretando al lobo. No era cualquier clase de lobo ––hay de varios tipos––, era el del filme de Martin Scorsese, El lobo de Wall Street, el meme hacía alusión a que se le había acabado el 10 por ciento. Hoy muchos entendemos a qué se refiere: a un hecho histórico.
Esta película fue construida sobre la base de una autobiografía. Y en apariencia exhibe el sueño americano en su vertiente de la tierra de las oportunidades. Sin duda, da cuenta del exceso, pero también de la reinvención, no es de extrañar aquello si el protagonista es, en definitiva, un vendedor: el producto a vender es su propia historia. Refrenda lo anterior el cameo (su propia aparición) que realiza en la película. ¿Para gloria de quién? Sí… lo intuyó bien, para gloria de sí mismo.
He conocido a varios vendedores. Mi padre fue jefe de ventas casi toda su vida laboral… con la habilidad de vender hasta piedras, lo que no sabía era que hay piedras que también tienen el potencial de derribar a los Goliat que aparezcan en nuestras vidas. Y hay miserias que se pueden levantar como gigantes en nuestra contra.
En el libro Los Miserables, de Víctor Hugo, hay un relato de redención; en el filme antes aludido… no, ya que se manifiesta la miseria humana, pero mostrada de una forma divertida y al amparo de los cánones del entretenimiento: un espectáculo con matices de extravagancia.
Y si la redención es el pago por la libertad, no es el pago que efectúa un esclavo, sino obviamente alguien libre con la capacidad de libertar. En otras palabras, el camino de la redención nos conduce hacia otro… no hacia nosotros mismos. Es una paradoja de estándares incluso bíblicos… alguien dijo que el que quiera salvar su vida, la perderá.
Es cierto que todos tenemos el derecho de contar nuestra propia historia ––y toda historia tiene a lo menos dos versiones––, pero seamos sinceros… en la teología del ego, el culto a nuestra propia personalidad e identidad puede tener muchos matices, aun sin alardes ni extravagancias, pero nunca nuestros intereses dejan de ser el centro del universo, específicamente, nuestro propio universo. Imagino que a muchos estafadores les brillarán los ojos de emoción con esta historia, ya que en las olimpiadas de la avaricia, todos compiten por la mayor tajada: prestigio y admiración son también parte del premio.
Hablar de estafadores es un estereotipo que nos ayuda a simplificar lo difícil de explicar, es que a veces solo existe detrás de un lindo cartel: un lobo rapaz, ya que en las orillas de la persuasión también se embarcan los amantes de la manipulación. Todos funcionamos a base de estereotipos, seamos conscientes de ello o no.
Y recordé también que hace muchos años, ejerciendo como juez del crimen, presencié un careo en el contexto de un delito de estafa ––frente a frente estaban víctima e imputado––. En esa época se hablaba de reo. Y fui testigo de cómo el encartado (qué término más inquisitorial) negó conocer a su acreedor. La víctima reconoció muy bien a quien lo persuadió.
Sin asco. Impertérrito. El lobo ––según la víctima–– guardó silencio. Es cierto, los estereotipos nos prejuician, pero nos son útiles en la medida en que nos permiten desenvolvernos en la vida cotidiana: eludir el riesgo de los lobos o participar del beneficio de la manada. No faltará quien piense… naturalmente obsceno. Y para eludir un prejuicio hay que estar consciente de aquel. De lo contrario, es capaz de secuestrar nuestra percepción y persuadirnos de lo peor o mejor: en ambos casos se engendra el error.
Es así como en el mundo real es obsceno ––afirman los más exigentes hablar de 3 cuotas precio contado, siendo siempre esclavos del crédito. Y una vez más podemos quedar a merced del lobo que llevamos dentro, según es posible advertir de lo expuesto por el filósofo inglés Thomas Hobbes.
Aquí es relevante reconocer que cuando se habla desde los estereotipos, el riesgo de generalizar nos expone a un abanico de imprecisiones y de ambigüedad. En lo particular, por ejemplo, al hablar de víctima o imputado, existe el riesgo de sucumbir a la carga valórica asociada a las palabras. El matiz es útil para esquivar el prejuicio, ya que no es lo mismo hablar de denunciante que de víctima. Esta última implica y supone siempre haber sufrido un daño. En cambio, la palabra imputado es más neutra, es a quien se hace una imputación, la que puede ser cierta o no… acreditable o no. En este sentido y contexto, el ser considerado víctima nos podría situar aparentemente en una posición de leve ventaja, frente a alguien inconsciente de su prejuicio o ingenuo frente a la maldad.
Es así como considerarnos víctimas de nuestras circunstancias resulta una posición cómoda para algunos, o fruto de la autoconmiseración, y las fisuras del lenguaje son ventajas que saben aprovechar todos los que llevan un lobo hambriento… de influencia, reconocimiento, prestigio o poder.
Y si en el mundo al revés, decía mi abuela Norma, el ladrón persigue al juez, no es tan obsceno... participar de la cacería, si da de comer ––podría sostener alguien––. A fin de cuentas, el lobo es un animal gregario. Pero tenga presente esto: aun el lobo estepario puede ser un impostor, toda impostura tiene el germen del fraude y tarde o temprano el que defraude será defraudado.
Quizás por esto quiera alguno clamar: ¡Miserable de mí!, ¡quién me librará del lobo que llevo dentro! Y si el lobo siempre busca a quien devorar, recuerde que también el camino de la autodestrucción puede ser transitado con piel de cordero. El que quiera oír, que oiga y se prepare para la cena, pero con velas, para no comer a oscuras… no vaya a ser que se muerda su propia cola.

Por Víctor Ilich
Prensa El Heraldo | Imprimir | 324
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