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El Diario del Maule Sur
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Opinión 10-03-2019
El maligno, pretendió tentar al mismo Dios Domingo, 10 de marzo de 2019

La lucha contra el Demonio y demás espíritus malignos es un combate espiritual, pero no por ser espiritual deja de ser real. Por el contrario, es una “real” batalla la que se libra entre las fuerzas del Mal (de Satanás) y las fuerzas del Bien (de Dios) Y en ese combate estamos incluidos todos los seres humanos, cada uno en su respectivo bando, según estemos en amistad con Dios o en amistad con el Demonio. Ahora bien, por la verdad contenida en la Sagrada Escritura, ya sabemos cuál será el bando ganador, aunque el Demonio, el Engañador, inventor de la mentira, pretenda hacer creer que será él quien vencerá. Ya Cristo ha vencido al Demonio: lo venció en la Cruz y con su Resurrección. Cristo ya ganó de antemano esa victoria para nosotros, pero debemos alistarnos en el bando ganador, siendo de Dios, obedeciendo su Voluntad, aprovechando todas las gracias que nos otorga para nuestra salvación eterna, que es nuestra victoria. Cristo, además, quiso someterse El mismo a esta batalla espiritual. Cristo “no permanece indiferente ante nuestras debilidades, por haber sido sometido a las mismas pruebas que nosotros, pero que, a El, no lo llevaron al pecado” (Hb. 4, 15). La Cuaresma, que comenzamos con el Miércoles de Ceniza, nos invita a apertrecharnos para esa lucha espiritual. ¿Cuáles son nuestras armas? ¿Cuáles son nuestros pertrechos? Entre otros, los medios que nos ofrece la Iglesia en este tiempo cuaresmal: la oración, la penitencia, los ayunos, las limosnas, medios todos que nos ayudan a la conversión o cambio interior que requerimos para ir ganando este combate.
1.- Los ejercicios del ayuno como respuesta a la sensualidad, de la limosna para atajar la avaricia, y de la oración contra la autosuficiencia, quieren ayudarnos a desprendernos de lo que impide la acción de Dios en nosotros. La Liturgia de Cuaresma se nos abre precisamente con la batalla espiritual que Cristo libró contra el Demonio después de haber pasado cuarenta días de ayuno y oración en el desierto, en preparación para su vida pública de predicación al pueblo de Israel, entregándose a la Voluntad del Padre, en una misión que en poco tiempo lo llevaría a la muerte. Y ¿qué es el desierto? Según la Sagrada Escritura, el desierto es el sitio privilegiado para encontrarse con Dios, para dejarse transformar por El. Tal fue el caso del pueblo de Israel que vivió cuarenta años en el desierto. Y el desierto no sólo fue la travesía para llegar a la tierra prometida, sino también fue el sitio donde Yahvé fue moldeando al pueblo escogido para hacerlo depender sólo de El.
2.- Otro ejemplo es el Profeta Elías (1 Rey. 19, 1-18), quien pasó también cuarenta días en el desierto, a donde huyó obligado para salvar su vida. Después de muchas vicisitudes, se encuentra con Dios en el Monte Horeb, en el mismo sitio que Moisés, y allí Dios lo prepara para la misión que le encomendara. Otro habitante del desierto fue San Juan Bautista. Allí vivió prácticamente toda su vida y allí lo preparó Dios para ser el Precursor de su Hijo y preparar el camino del Salvador de Israel. Sin embargo, el desierto, que para nosotros puede significar lugar de retiro, de silencio, de oración, no sólo es lugar de encuentro con Dios, sino también de lucha con el Demonio. Porque, a veces un encuentro privilegiado con Dios puede ir precedido de una lucha fuerte contra el Maligno, que se opone por todos los medios a ese encuentro nuestro con el Señor. Pero no hay que temer. Recordemos: nunca seremos tentados por encima de nuestras fuerzas (cfr. 1 Cor. 10, 13). Jesús, al terminar su retiro, nos dice el Evangelio de hoy, “fue tentado por el Demonio” (Lc. 4, 1-13). ¡Tal es la soberbia del Maligno: pretender tentar al mismo Dios! Lo primero que se nos ocurre es pensar en su tremenda osadía, osadía que no pasa de ser necedad y brutalidad: ¡cómo ocurrírsele que Dios iba a caer en sus redes!
3.- Allí en el desierto, Jesús hizo que Satanás probara su derrota, derrota que completó con su Cruz y su Resurrección. Y esa derrota será plena y terminante el día de su venida gloriosa, cuando venga a establecer su reinado definitivo y ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. Nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica (394) que el Demonio pretendió desviar a Cristo de su misión. ¡Qué osadía! Y pretendió esto con tres tentaciones: una de poder, otra de gloria y triunfo, y otra de bienestar material. El bicho sigue con el mismo guion: es lo mismo que nos ofrece hoy en día a todos los que quieran estar en el bando perdedor. Con la primera tentación, el Demonio invita a Jesús a convertir las piedras en pan para calmar su hambre. Es una tentación de poder, pero también de complacencia de los sentidos para consentir el cuerpo. No hay que sufrir, si con poder se puede aliviar cualquier cosa. Tentación también muy presente en nuestros días. La segunda tentación fue de avaricia y poder temporal, por supuesto acompañada de su siempre presente mentira: “A mí me ha sido entregado todo el poder y la gloria de (todos los reinos de la tierra) y yo los doy a quien quiero”. ¡A cuántos no ha engañado el Demonio con esa mentira de ser el dueño de lo creado y de que, si se le rinden y lo adoran a él, les dará lo que le pidan! La avaricia o búsqueda desordenada de riquezas y el apego a los bienes materiales es una tentación siempre presente. Sólo el apego a Dios, poniéndolo a El primero que todas las cosas, nos protege de esta peligrosa tentación. La tercera tentación fue de orgullo y soberbia, triunfo y gloria. Y en ésta sí se pasó de osado: tentó al mismo Dios con la Palabra de Dios. Le sugirió que se lanzara en pleno centro de Jerusalén de la parte más alta del Templo porque, de acuerdo a la Escritura, los Ángeles vendrían a rescatarlo.
Conclusión: Imaginemos lo que hubiera sucedido con un milagro así: Jesús se hubiera ganado la admiración y la aprobación de todo el mundo, hubiera sido la “súper-estrella” del pueblo de Israel. Pero el camino señalado por el Padre era otro muy distinto: no de triunfos, sino por el contrario, humillaciones, ataques injustos, cruz y muerte. ¿Cómo oponernos a las tentaciones de orgullo y vanidad? El mejor remedio es practicar lo opuesto: la humildad. Por ejemplo: no buscar posiciones con el fin de llegar a ser personas importantes, no hacer las cosas con el fin de procurar el reconocimiento de los demás. Cuando vengan las humillaciones, que Dios suele enviarnos para hacernos crecer en humildad, no excusarnos, sino más bien aceptarlas, reconociéndolas como medios privilegiados de crecer en santidad. Las tentaciones de Jesús en el desierto nos muestran una cosa muy importante. Los ataques del Maligno son muy variados. He aquí algunos a los que estamos muy inclinados los seres humanos de este Tercer Milenio, relacionados con las mismas tentaciones de Jesús en el desierto: culto al cuerpo, gusto por el placer, complacencia de los sentidos, rechazo del sufrimiento, avaricia, apego a lo temporal, ambición de poder, ansia de poderes, búsqueda de triunfo, deseos de glorias, reclamo de reconocimientos, orgullo en todas sus otras formas, etc., Y no creamos que vamos a poder estar libres de tentaciones. La santidad y el camino hacia Dios no consiste en no ser tentado, sino en poder superar las tentaciones. Y ese combate es persistente. El Demonio y los demonios y demás espíritus malignos no cejan en su lucha. San Pedro compara al Demonio con un león enfurecido que anda dando vueltas alrededor nuestro, deseando devorarnos para llevarnos a la condenación eterna (cfr. 1 Pe. 5, 8).
(*) Mario A. Díaz M. es: Profesor de Religión y Filosofía. Licenciado en Educación. Egresado de la Universidad Católica del Maule

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