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El Diario del Maule Sur
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Opinión 05-04-2020
El Pavito
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Este relato es la narración de una pequeña historia que tuvo lugar tal como la cuentan estas palabras.

Su protagonista, un tipo de mediana edad de nombre Segundo Muñoz, era más bien conocido con el apodo de “El Pavito”. Se le encontraba a cualquier hora del día vagando por los caminos y callejones de Vega de Ancoa, en la precordillera de Linares. Nada le gustaba más que ir y volver caminando hacia el Puente de la Sombra. Allí pasaba largos ratos mirando el verde oscuro de las aguas bajo el puente y tratando de descifrar sus rumores. Mucha gente lo conocía y saludaba a lo largo del camino. Dormía a menudo “tirado” en las cunetas de los caminos, tapado con un saco que le cubría la cabeza y los hombros. A veces pasaba la noche en la carbonera de la familia Miramar, grupo al que, con pequeños servicios, compensaba por el alojamiento otorgado. Dormía el domingo entero, cuando la noche del sábado lo pillaba navegando entre las oscuras mareas del vino tinto. Al Pavito le descubrió sus cualidades el “Beto Vásquez”, un vecino del barrio. El Beto venía un día de la cordillera con los animales que traía de vuelta de la “Veranada”. En algún punto del camino su novillo más lindo se apartó del rebaño y se perdió. De nada sirvieron los dos arreadores que venían azuzando la manada. El afligido campesino volvió sobre sus pasos, pero no encontró su torillo perdido. Llegó a la conclusión de que el animal había desaparecido en alguno de los bosques que tuvieron que atravesar. Pensó detenerse aquella vez en un punto del camino, donde había una gruta consagrada a San Sebastián: le ofrecería tres paquetes de velas si le concedía la manda de recuperar al animal extraviado. Sin embargo, el Beto no estaba convencido de que el santo tuviese un oído capaz de llegar al fondo de todas las penurias. Y no oía la totalidad, pensaba, porque tal vez no siempre se le invocaba con la debida unción o énfasis. O, a lo mejor, porque al momento de los ruegos el Santo se encontraba ocupado en otros menesteres. Lo cierto es que había a menudo ciertas plegarias que Aquél “pasaba por alto”. Entonces, por alguna extraña razón, el “Beto Vásquez” se acordó del Segundo Muñoz, (a) “El Pavito”. Llegó a la conclusión de que, si había un cristiano que merecía llevar un nombre bendito, era aquel campesino.
El Pavito se había instalado sin ninguna invitación hacía ya unos años frente a la puerta de la Pilar Miramar. Y allí mismo encontró más tarde su muerte: lo atropelló un vehículo, cuyo conductor venía en estado de ebriedad. Casi de inmediato la Pilar le hizo construir una gruta frente a su puerta. ¡Cómo no considerarle Santo, si en vida el hombre seguía activo pese a los días que pasaba a veces sin comer!… o no se enfermaba, aunque durmiera a plena lluvia acurrucado contra un muro… o no decaía, aunque entrara en la cordillera frente a Linares y caminara a lo largo de los cerros, para ir a bajar a Talca. El Beto se detuvo a meditar a la sombra de unos sauces: si le iba a hacer una manda al “Pavito”, ¿Qué podría ofrecerle para tentarlo a ocuparse del animal perdido?... Al él no le llamarían la atención las velas ni mucho menos los rezos. Se sorprendió cuando oyó su propia voz murmurando: “Pavito”, “Pavito”, ayúdame a encontrar el novillo que perdí. Yo te voy a dejar un “guen” litro “e” vino al lado de la gruta que tienes frente a la casa de la Pilar. El Beto Vásquez volvió camino arriba y no a mucho andar encontró al ternero rezagado. Entonces se corrió la voz de que El Pavito era milagroso … Por eso es que aún hoy día los arrieros le hacen “Mandas” antes de irse a la cordillera. O, también en la actualidad, la gente le ruega para que llueva, para que sane a algún enfermito, o para que vuelva un amor que se fue. Cuando murió a causa de ese accidente, la Pilar le pagó al vehículo funerario para que lo llevara en un último paseo al estero de “La Sombra”.


(Omar Goulart)









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