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El Diario del Maule Sur
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Opinión 13-04-2019
El silbato
Era mi padre un hombre de muy malas pulgas -pero bonachón como él solo-.

Común era verlo con sus habituales pasos largos y el cuerpo algo inclinado, como repechando una cuesta; aquella forma de andar tan propia de los montañeses.

Su vozarrón, impaciente y aguerrido, nos plantaba de un golpe en su agreste tierra asturiana, allá en la España lejana.

Una de sus grandes pasiones era la caza -¡Que no le fuesen a tocar su perro perdiguero! -Uno de los mejores que tuvo fue el “Clip“-.

Era un fino Pointer, blanco con un par de manchas negras y esa cara típica de los de su raza, triste y humilde, con las orejas lacias. Con la nariz a ras de suelo no dejaba un metro sin hurgar.

Además era un espectáculo verlo olfatear en el aire; otear un rastro en la brisa. Con los ojos semi cerrados y el hocico apuntando al cielo parecía estar deleitándose con algún aroma.

Todo él, en realidad, era un concierto -una función de arte gratuita-.

Cuando daba con el indicio de alguna perdiz, no lo soltaba, haciendo
todos los filigranas que ésta había hecho en el terreno hasta que -de golpe- quedaba estático, con todo su cuerpo en tensión; los ojos fijos en un punto visible sólo para él -con una mano recogida, y la cola tiesa como un palo -no movía un músculo .-Esperando que echara a volar el ave, la que seguramente también lo miraba entre los arbustos -.

A veces, eso sí, perdiendo su compostura corría sin rumbo. Eso sucedía cuando pasaba mucho rato sin dar con alguna huella.

Era en esos momentos cuando mi padre, impacientándose, hacía tronar el grito de ¡¡CLIP!! ¡¡CLIP!! el que, al no tener eco, le seguían indefectiblemente un par de tiros al anaqista.

A esa distancia los perdigones llegaban “fríos”, es decir lo golpeaban, sin fuerza suficiente como para incrustárseles.

Volvía entonces el Clip caracoleando, haciendo gracias alrededor de su amo.

Un amigo de éste, calmo y curioso, que a veces lo acompañaba en sus cacerías -astuto él- no encontró nada mejor que regalarle un silbato. Según dijo, el perro se iría acostumbrando a volver tras un par de pitazos.

Al cabo de unos días, por un potrero sin cultivar, con manchones de pasto en el suelo endurecido, y salpicado con matas de moras, iba mi padre cazando -con su amigo-. En un bolsillo llevaba él el silbato, para su estreno.

El Clip, con la prestancia de siempre, se desplazaba por delante, con movimientos instintivos, cubriendo íntegro el terreno, olfateándolo todo.

Pero no podía enhebrar rastro alguno. Comenzó a inquietarse y de pronto empezó a correr a grandes trazos, alocadamente.

Llegó un momento en que el animal se alejó demasiado, por lo que mi padre comenzó a ponerse nervioso. Abrió la boca para decir algo y terminó mascullando unas palabras ininteligibles.

Sin dejar de caminar y sujetando la escopeta con una mano, introdujo la otra en la cartera sacando el silbato, llevándosela a la boca con un brusco movimiento.

¡¡PRRIIIP!!, ¡¡PRRIIIP!! Sonó el flamante regalo, hinchando los carrillos del cazador. .

Segundos después, al no dar el perro indicios de volver, tiró lejos el artefacto y, precedido por un par de destemplados gritos de: ¡¡CLIIP!! ¡¡CLIPP!!, se escucharon dos disparos y un aullido entremezclado con ellos.

Al minuto estaba el Clip, contorsionándose al lado de su amo.

El silbato quedó tirado entre las moras, y el obsequiador, mudo, con unos tremendos ojos abiertos se hacía el indiferente, mientras mi padre recargaba la escopeta refunfuñando.



(Manuel Antón)












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