jueves 27 de enero del 2022
El Diario del Maule Sur
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Opinión 11-01-2022
EL SILENCIO PARA ESCUCHAR LO QUE OÍMOS



Cada uno de nosotros es un mundo dentro del Mundo. Este contacto se establece por los sentidos: salimos al Mundo y entramos a nuestro mundo a través de esas cinco puertas. Vivimos, sin embargo, en una cultura que los exacerba, que los satura, en lugar de desarrollarlos. Quisiera dedicar estas letras sobre uno de los cinco sentidos, el oír.
Disponemos de dos verbos que usamos casi indistintamente en torno al oído: oír y escuchar. Oír hace referencia al acto simple, desnudo, de percibir un sonido; escuchar es el acto reflejo, consciente, atento, de ese oír. Sucede que con frecuencia escuchamos sin oír, del mismo modo que también oímos sin escuchar.
En el ámbito de las relaciones humanas oímos sin escuchar. Nos llegan sonidos del hablar ajeno, oímos sus ruidos, pero no sus palabras. Las palabras sólo se abren con la escucha. La escasez de escucha en la comunicación humana actual es a la vez causa y consecuencia de ese exceso de palabras que padecemos. Causa, porque al no sentirnos escuchados pensamos que hablando más tal vez conseguiremos hacer llegar algo a nuestro interlocutor. Consecuencia, porque ante tal torrente de palabras optamos por no escuchar.
Se me viene a la menta el libro de Robert Fisher “El Caballero de la armadura oxidada” en el capítulo 4 acerca del castillo del silencio, se relata que el caballero hizo algo que nunca había hecho. Se quedó quieto y escuchó el silencio. Se dio cuenta de que, durante la mayor parte de su vida, no había escuchado realmente a nadie ni a nada. El sonido del viento, de la lluvia, el sonido del agua correr por los arroyos, había estado siempre ahí, pero en realidad nunca los había escuchado. Y lo más doloroso de este relato, que el caballero se da cuenta que tampoco había escuchado a Julieta, durante años la había obligado a vivir en un castillo de silencio al no escucharla.
Quizás la peor enfermedad que padecemos es la de haber perdido la capacidad de asombro y de agradecimiento, es decir, la capacidad de apertura a lo otro, a los otros y al Otro. Hemos perdido, así como el caballero de la armadura oxidada, la capacidad de escuchar. ¿Será que a nuestros gobernantes, políticos, autoridades, amigos, parejas, familiares, han perdido la falta de escucha? ¿Serán las protestas o el estallido social, consecuencia de no saber escuchar al otro?
Por tanto nos surge el interrogante: ¿Cómo restaurar en nosotros la doble capacidad de oír y de escuchar? El oído se restablece por tiempos gratuitos en los que impregnarse de música y de los sonidos de la naturaleza: el crepitar del fuego, el correr de un río, el trinar de las aves, la brisa meciendo las hojas y las ramas de los árboles… La escucha, en cambio, se restaura en el Silencio, en la capacidad de acoger en silencio al otro. Tras horas y horas de estar ahí callando, tan sólo escuchando, se acaba oyendo de verdad al otro. En una cultura del ruido como la nuestra, nos aterra el silencio, porque lo confundimos con el mutismo. Unos oídos saturados de ruido no pueden percibir el sonido del silencio.
En el silencio se nos revelan todos nuestros ruidos interiores, que antes nos pasaban desapercibidos. Quien se ejercita en el silencio se convierte en un gran oyente, y la calidad de su escucha al hablar humano es tal, que aquellos que hablan con él o con ella sienten recuperar el valor de sus propias palabras. Solo en el propio silencio interior y exterior podremos escuchar en toda su riqueza a los que están a nuestro lado, a los demás y sobre todo a los silenciados de nuestra sociedad.


Angel Arellano Hernández
Lic. en Ciencias Religiosas
Freddy Mora | Imprimir | 174