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El Diario del Maule Sur
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Opinión 26-01-2018
En búsqueda de la ciudad encantadora
Una laguna paradisíaca perdida en la alta montaña, una playa con aguas turquesas y arena doradas o un pueblito idílico donde el aire puro es absorbido en bocanadas ávidas, ¿algo así es lo que Ud. está buscando? Llegada la estación estival, el calendario, el año laboral en la espalda y las ofertas promocionales nos azuzan a decidir dónde escapar del mundanal ruido.
No sé, yo decidí hace algunos años recorrer mi ciudad para reconocerla. Aún se mantenían en pie diversos monumentos históricos que caracterizaron a esta villa. Viejos hoteles con amplios atrios donde degustar un refresco. Amplias casonas en las que compartir amenas conversaciones. Alamedas pletóricas de añosos árboles que se disputaban por ofrecerle a uno su sombra grandiosa.
Tiene su encanto quedarse en la propia ciudad durante el verano, aunque ustedes no lo crean. Fuera de ahorrar plata, todo está a la mano y se descartan todos los sinsabores propios que debe soportar el afuerino. El pueblo de uno tiene de todo y más.
Pero, obviamente, la persistente búsqueda humana por el solaz, está impresa en la mente y el corazón de cada ser humano. Como perteneciente a esta especie, el autor de estas líneas participa de este afán y en su íntima aspiración añora ese lugar encantador donde la vida sea precisamente eso, un encanto de existir. Un sitio donde nadie contamine los centros públicos con el humo del tabaco, respetando las normas al respecto. Donde los buses sean respetuosos del aire y de los oídos de los transeúntes. Donde la velocidad permitida sea observada escrupulosamente para no arriesgar la vida de personas o animales. Donde la locomoción pública circule en forma ordenada y aplicando un diseño racional e inteligente. Sería, evidentemente, encantador habitar un asentamiento humano donde las autoridades elegidas sean altamente capacitas y preparadas para enfrentar los desafíos correspondientes. Donde los problemas que afectan a los residentes, como, por ejemplo, la fauna callejera, no sea dejada en manos de las exiguas posibilidades de algunos particulares o que se convierta en negocio para algún emprendedor, con dineros de los contribuyentes. Un lugar donde los árboles campeen y no el cemento que se transforma en horno en verano.
Sería más que fascinante que a partir de la acción educativa, la población de tales maravillosas villas, transformaran las necesidades en oportunidades de aprendizaje para convertir su espacio en modelos de limpieza, orden y pulcritud, con el apoyo de los consorcios que se instalan en ellas para hacer negocios, no olvidando su responsabilidad con su entorno.
No se necesitan entonces, caballos voladores ni hadas maravillosas para hacer de una ciudad o pueblo algo encantador, sino pulir lo existente para que brille como un arco iris.
La naturaleza es bella en sí misma, pero la obra humana necesita de esfuerzo, perseverancia y una gran dosis de verdad para que algún día alcance el título de encantadora.

Juan Gajardo Quintana
Prensa El Heraldo | Imprimir | 297
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