martes 31 de marzo del 2020
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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 25-03-2020
En las manos de Dios


Aunque en cada una de las horas de nuestra existencia, de principio a fin, nos encontramos siempre en las manos de Dios, dependiendo de sus designios superiores, hay momentos extraordinarios en los cuales el peligro supremo nos amenaza y, entonces, nuestra conciencia se remece al recordar que nuestro destino no nos pertenece, no lo dirigimos conforme a nuestra voluntad, ni lo decidimos según nuestros propios deseos.
En esos momentos de peligro supremo nuestros padres y antepasados siempre dijeron: "! Estamos en las manos de Dios ! " ; y, conforme a esa convicción, ellos determinaron sus conductas y enfrentaron el desafío.
La historia demuestra que la humanidad, puesta en las manos de Dios, siempre resultó al fin victoriosa; tras las calamidades más grandes, las guerras, las catástrofes naturales, las epidemias más ofensivas, todas ellas pasaron y, una y otra vez, la persona humana volvió a ponerse de pie asegurando su vida, su trabajo, su evolución y su mayor desarrollo.
Quizás alguien piense o diga que esta sencilla constatación que nos ofrece la historia de la humanidad con miles de ejemplos, es una reflexión meramente religiosa. Una "beatería". Una superstición.
Sin embargo, la constatación histórica es una prueba irrefutable que demuestra, más allá de toda duda, que en el profundo misterio de la vida humana y también en el orden magnífico de la naturaleza, existe un conjunto maravilloso de leyes que rigen, determinando que cada ser o cosa que participa en de ellas, posee un designio superior infinitamente superior a la voluntad o el querer individual de la persona.
En un tipo de vida como aquella que traíamos hasta solo unas semanas atrás, bastante soberbia e inconsciente, creyendo que "todo lo podíamos" y que "todo lo dominábamos" con nuestros medios, ciencias y tecnologías, quizás cuanto más nos espante hoy sea precisamente esto: comprender que nada de esto era verdadero, y que bastaba que un nuevo virus tan temible como invisible saliera a recorrer el mundo para demostrar nuestra infinita inferioridad e impotencia.
La humildad recobró de pronto su centro; y nuestra soberbia cayó destruida en cosa de días.
Al referirme a la suprema autoridad de Dios , no me refiero en cuyas manos nos encontramos, no me refiero por cierto únicamente al Dios de los cristianos (que es y será por siempre el mío, conforme a la herencia recibida de mis mayores), ni al Dios del Islam y Bahaísimo, o del Hinduismo, el Jainismo, el Budismo y el Sijismo, del Taoísmo ni el Confucianismo, ni el de otras muchas religiones bajo las cuales en las diferentes áreas de la tierra se reúnen las personas de buena voluntad reconociendo, según su propia herencia cultural, admirando la existencia de un Ser Superior al que siguen con devoción.
Me refiero - si así pudiera decirse - al Dios Supremo de todas las personas y de todas las cosas que, por sobre las culturas, las religiones, las distintas filosofías, tradiciones e historias particulares de cada pueblo, explica, rige, orienta y protege nuestras existencias.
Es muy hermoso - y no es contrario a las religiones que cada quien piensa como la más perfecta - creer y pensar en Dios como un ser que se eleva muy por encima de todo pensamiento humano, estrecho, limitado e imperfecto por definición.
Me refiero en estas líneas al Dios de Todo y de Todos, ante el cual se llega a través de la humildad del pensamiento humano.
En las manos de ese Gran Dios de Todo y de Todos, en cuyas manos se encuentra hoy la humanidad y, con ella, cada uno de nosotros.
La muerte de cada persona en cualquier lugar del mundo es nuestra propia muerte; la enfermedad por infección de cada ser es nuestra también; la aflicción, el dolor y el llanto de quien sufra en estos momentos, es nuestro propio dolor.
Somos parte inseparable de la humanidad y, cualquiera de sus partes que pudiera caer , es un trozo de la humanidad caído y de cada uno de nosotros junto a ella.
En esta hora trágica de la humanidad, debemos repetir junto a John Donne:
"Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa. Si el mar se lleva un terrón, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa señorial de uno de tus amigos, o la tuya propia. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti." John Donne, Devotions Upon Emergent Occasions, Meditación XVII
Pongámonos pues en las manos de Dios y, con lo mejor de nuestra propia Fe, esperemos los días siguientes. La Fe es la sustancia de todo cuanto se espera. Sin Fe no hay esperanza alguna que pueda prosperar.
Lloremos la desgracia que hoy sufre la humanidad, que es desgracia nuestra; y, que esa tristeza nos sirva de aliciente para socorrer a todos quienes hoy sufran a nuestro alrededor.
Mi familia y yo ofrecemos a Dios nuestras oraciones por todos ustedes, implorando su protección divina.
¿ Puedo esperar que cada uno de ustedes haga lo mismo por nosotros?...
! No dudo que así será!...


Luis Valentín Ferrada V.
Prensa El Heraldo | Imprimir | 255
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