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El Diario del Maule Sur
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Opinión 05-12-2017
Escribir como se vive (1)
Discurso de incorporación a La Academia Chilena de la Lengua, del escritor Juan Mihovilovich Hernández; que contó con la asistencia de los siguientes miembros de la Academia Chilena de la Lengua, en ceremonia realizada en Puerto Cisnes: Sra. Patricia Stambuk, Sr. Juan Antonio Massone, Sr. Eugenio Mimica y Sr. José Mansilla.
Querida Sanna, compañera de fin de camino, y Mandy, en el nuevo amanecer…
Queridos padres, hermanos, hijos y nietos, presentes en la ausencia…
Érase una vez un niño que a orillas de una playa miraba el movimiento de las olas en un país remoto. Ese país le era tan propio como su familia, los árboles o las plantas. Era su espacio y por serlo el niño vivía como lo haría cualquier niño del mundo: jugaba y reía.
No conocía más sitio que el circundante, que sus juegos variados, solitarios o grupales. Pero no hay niño que no crezca ni tiempo que lo impida. El tiempo, esa sucesión cronológica encerrada en un reloj de pared, medía los minutos y las horas y los calendarios sumaban meses y años para que el fuera entendiendo que hay siempre un grado de evolución personal que impulsa a avanzar entre la vida y la muerte.
El joven ya tenía conciencia de su nombre y su apellido. Sabía qué significaba haber nacido a orillas del Mar Adriático y desde la isla que lo había cobijado entendió que coincidente con los desequilibrios y mezquindades de los hombres su futuro allí estaba amenazado. Como su familia, presintió la próxima guerra, su falsa pertenencia a un imperio como el Austro Húngaro, y, quizás concluyó que su destino no podía ser morir por causas desprovistas de sentido. Alguien le susurró sobre otras latitudes donde la existencia recién se emprendía. Al fin del mundo, en un hemisferio sur desconocido, un largo y angosto país se le presentó en el mapa, y le señalaron con un dedo la Tierra del Fuego y un puntito en un extremo peninsular llamado Punta Arenas, la esperanza de una vida nueva. Y ese niño hombre se embarcó la primera década del siglo XX y navegó por meses, superó el océano Atlántico con otros como él, accedió al Pacífico y un buen día descendió en el puerto de la ciudad más austral del mundo.
En ese contexto el muchacho pisó la Patagonia como un adelantado e ignorase que el mar del Estrecho se había circunnavegado por un portugués llamado Hernando de Magallanes, descubriendo 16 años antes que Diego de Almagro a ese pequeño país llamado Chile. El sólo quería sobrevivir y tener la nueva vida que Europa le negaba a miles de jóvenes como él. No desistiría por desconocer la lengua, las costumbres o las tradiciones. Si la fe movía montañas dominaría su ignorancia y aprendería a comunicarse en esa nueva voz autóctona. Y lo hizo luego de unos años. Él quería ser el hombre adulto que intuyó desde niño, un ser humano libre y bueno, que gozaba con las cosas simples y con el trabajo esforzado y señero. Por eso fue obrero desde el primer día y ganó posiciones laborales hasta convertirse en capataz del Matadero Municipal de Punta Arenas. Quizás no era lo soñado, pero a veces llegó a preguntarse qué es lo que en verdad un individuo sueña y para qué.
La vida no tiene un destino prefijado y lo que un día se cree imperecedero a la mañana siguiente se esfuma en el asombro. Aprendió con la dureza del clima, del viento, la lluvia y las nevadas que allí se era hijo del rigor. Resistirían solo los obstinados, los perseverantes, los que tenían sed de vida y amor por la tierra, que era la misma tierra que le recordaba las playas de su Mar Adriático. Y su necesidad de subsistir se emparentaba con la vocación de ser. El ser era una condición que aprendió desde su infancia y supo que la estirpe croata era aguerrida y fuerte y que no se intimidaba ante cualquier obstáculo que le impidiera seguir andando. Entonces vino lo previsible: unirse a una mujer y construir una familia. No fue fácil ni difícil. Ella provenía del mismo sitio del adolescente, solo que se conocieron lejos de su origen. Casualidad, podría pensarse, pero no era un juego de azar. Y si Dios no juega a los dados con el devenir humano ha de ser porque lo imprevisible tiene un trámite misterioso que acerca a las personas y en un momento determinado las convierte en seres indispensables y necesarios. Una suerte de acertijo geográfico que cada actor intenta descifrar para avanzar en pos del otro vislumbrando ser parte de la misma carne y de un mismo espíritu. Eso sucedió y al poco tiempo procrearon niñas y niños con el color de los ojos de sus padres y los matices de la tierra en que fueron engendrados. Y nació el último descendiente llamado igual que su padre y como aquél se hizo obrero y trabajó en el matadero bajo las órdenes paternas como el resto de sus hermanos. Pero la exigencia era otra para este joven miembro de la segunda generación: no quería sacrificar animales su existencia entera.
El paisaje era vasto y las llanuras patagónicas lo llamaban a la aventura. Optó por ser policía uniformado siendo destinado a los retenes perdidos en la región magallánica. Conoció cada resquicio reducido y cabalgó por las vastedades, hasta que un día regresó para encontrarse con la compañera de su vida.
Ella venía con su hija a cuestas tras su fracaso matrimonial. Provenía de Mechuque en la isla grande de Chiloé y llegaba a forjarse también una vida nueva, porque sus padres le hablaron de Magallanes como la tierra prometida. No era cómodo, pero era real. Y al atravesar una calle se vio retratada de cuerpo entero en el espejo de una céntrica vitrina y se estremeció. Pero detrás estaba el hombre con quien cruzó su mirada convirtiéndola en una sola: sencillamente se casaron.

Aquella opción fue difícil: la mezcla racial asustaba a los puristas y una “chilota huilliche” con un “austriaco”, como denominación burlesca del despreciable dominio imperial austro húngaro sobre croatas, eslovenos y serbios, no era bueno ni sano para la estirpe.
Sin embargo, se amaban y el amor triza todos los muros y franquea cualquier barrera. Entonces un hecho decisivo, aunque común y corriente, cambió el curso de las cosas y abrió el círculo cerrado de la colonia eslava: el nacimiento del primer hijo como otro adelantado que lloraba a diario por el pecho materno y su venida al mundo fuera el resumen del viaje de su abuelo. (Fragmentos del discurso incorporación a la Academia Chilena de la Lengua, del escritor Juan Mihovilovich Hernández, 1 de diciembre, Puerto Cisnes)

(Manuel Quevedo)
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