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El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
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Opinión 06-12-2017
Escribir como se vive (2)
Aprendió a leer tardío; el alfabeto era difícil e intrincado y un amigo de escuela, compadecido de su atraso, le enseñó cómo escribir y de qué manera deletrear las incipientes frases de un libro. Antes de mirar el cielo o al unísono descubrió las palabras encadenadas en la primera novela que leyó a los siete años: Genoveva de Brabante, y quedó embelesado con la historia de esa heroína medieval.
Y cuando en clases escuchó el memorable cuento El vaso de leche y sus lágrimas se confundían con las del joven protagonista sostenido por las manos de una mujer conmovida de su hambre física e interior, percibió que la vida era más dura de lo aparente y que las cosas nunca ocurren por casualidad. Y si había que mirar alrededor debía hacerlo provisto de un lápiz y un papel. Decidió allí ser escritor. Y escribió. Antes de aprender a leer, escribió. Y antes de soñar escribió, o soñó sencillamente que escribía. Llenó su corazón y su mente de imágenes forjadas por la insistencia de la observación. Y así como los dibujos en cavernas milenarias, antes que el hombre nombrara a los animales, las montañas o los ríos, el niño vio que el mundo era ancho, vasto y ajeno. Hasta allí su universo era la familia, el barrio, sus amigos y la ciudad abanicada contra las olas del Estrecho.
Allá, al otro lado de ese mar eterno, había quizás una respuesta desconocida y se dijo que un día no distante rebasaría también esas aguas, navegaría por ellas y descubriría el sentido de la tierra, del agua, del aire y del fuego. Los elementos que hacían que la vida tuviera su razón de ser. Y de sus nacientes lecturas dedujo que la tierra era un planeta inmenso suspendido en el espacio y tenía miedo de que un día cualquiera esa redondez ambulatoria se cayera.
Supo que escribir su nombre lo tornaba parcialmente distinto, porque era un dato indiferenciado en lo esencial, si los demás se le parecían y él se parecía a los demás. De ahí que aprender a leer era y fue un desafío maravilloso. Descubrió por sus lecturas que las plantas buscaban la luz hacia lo alto y que no era extravagante deducir que ellas también pensaran como él, que los ríos eran las venas por donde circulaban las aguas en señal equivalente a la sangre del cuerpo humano, y que, si alimentaban la sed planetaria, esa sed debía ser semejante a la de su propio cuerpo dotado de conciencia personal.
Supo e intuyó que los hombres eran buenos a veces y malos en demasía. Que había clases sociales en que unos dominaban y otros eran dominados. Aprendió a contar hasta cien, luego hasta mil y después decidió no seguir contando, porque temió que el infinito sobrepasaría las paredes de su casa. Y de sus lecturas incesantes coligió que los árboles multiplicados son un bosque y que un bosque generaba oxígeno y que el oxígeno era imprescindible para que la vida fuera más vivible en este mundo. Y miró luego el polvo bajo sus zapatos e imaginó que un niño como él había pisado la tierra de sus padres en un país ahora llamado Yugoslavia, y que otros niños caminaban por el suelo de un territorio denominado España, y que otros miles lo hacían en Australia.
Y ese niño, aprendiz de escritor, sospechaba cómo eran los niños de esas regiones apartadas y los veía negros, amarillos, rojos, blancos, pero todos tenían en su imaginación los mismos ojos, iguales extremidades, caminaban sobre los mismos pies y tomaban las cosas con idénticas manos. Y se preguntó por qué los países existían, y qué significaban las fronteras, y porqué las banderas los diferenciaban si la gente era la misma que nacía y moría en todos ellos. Y vio a través de los libros cómo germinaban y sucumbían los imperios y que nunca el hombre estaba satisfecho con lo que tenía y siempre ambicionaba apoderarse de lo ajeno en vez de compartir lo propio. Cada vez con mayor insistencia se preguntaba por el sentido de las palabras, de qué modo una frase cualquiera cambiaba el rostro habitual de una persona, cómo una variable en la entonación, un énfasis inusitado o una reiteración caprichosa generaba consecuencias a su alrededor. Y por eso al escuchar ciertas maldiciones o un insulto gratuito, se interrogaba cómo era posible que dos o tres palabras transformaran tan radical y violentamente las conductas o cómo existían reacciones imprevisibles a partir de un simple estímulo verbal.
Por eso no quería crecer, temía que las palabras fueran insuficientes para desentrañar lo que cada día advertía más siniestro en un mundo más invasivo, más deshumanizado, más triste. Y un día leyó sobre un Príncipe infantil caído desde el cielo en un desierto, que provenía de un astro diminuto, donde él era su único habitante. Y se enamoró de su historia, le hizo sentido que un niño como él pudiera regar cada día la misma flor y ver tantos amaneceres como quisiera con solo cambiar de ubicación en su planeta tan pequeño, hasta caer a ese mundo desolado transformado en un solitario forastero.
Y trabó amistad con un hombre que lo acogió y trató de comprenderlo, porque vio en el Principito su reflejo. Tal como el niño lector ansió comprender a su padre y a través de su padre al abuelo, venido desde esa isla llamada Brac, que ya pertenecía al reino de Yugoslavia, y cuyo nombre le era tan distinto a los nombres conocidos en su idioma español y cuyo entorno era como una réplica del archipiélago de Magallanes, que estudiaba en los mapas y libros del colegio.

Se le antojó que ese Principito y su abuelo tenían increíbles puntos de contacto: ambos procedían de otro mundo y ambos llegaban a un sitio diferente. Y fue así como el abuelo cumplía el papel de enseñarle, de hablarle en una lengua extranjera, que más tarde olvidaría. Y lo sentaba en sus rodillas frente a un ventanal por donde juntos veían deslizarse la nieve en los inviernos, y él abuelo le decía que ni el tiempo ni el espacio existían: que todo era una bella ilusión material y que solo importaba el amor que los hombres y mujeres podían prodigarse.
Él se acunaba en esos brazos enormes y alzaba la mirada para grabar su expresión bondadosa, mientras un bigote distinto a todos los bigotes conocidos le acariciaba de vez en cuando sus mejillas. Y aprendió un lenguaje hasta allí desconocido: el idioma del silencio.

Manuel Quevedo Méndez
Prensa El Heraldo | Imprimir | 118
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