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El Diario del Maule Sur
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Opinión 07-12-2017
Escribir como se vive (3)
Las palabras dialogaban a la sazón con imágenes maravillosas: la nieve cayendo, un transeúnte dejando húmedas huellas en el suelo, un pájaro posado en los cables de alumbrado, un rayito de sol jugueteando entre las nubes, un arco iris dubitativo desvaneciéndose en la lluvia, una luna blanca alumbrando entre las sombras.
Y en su portentosa imaginación el niño voló junto a su abuelo y llegó hasta un pequeño poblado llamado Praznica en la isla de Brac. Y conoció a sus parientes y leyó en el frontis de una capilla, en una borrosa piedra caliza que alguna vez fue blanca, el apellido de su familia, cuando un primo sacerdote lo bendecía con la señal de la cruz sobre su frente.
Allí creyó que despertaba: como un día lo hiciera en la isla de Chiloé, para entender la procedencia de su madre y de su abuelo materno. Se dijo que la vida era corta y el vocabulario insuficiente para concebirla a plenitud. Ya era un hombre y había escrito varios libros. Libros sobre sí mismo y los demás; libros que hablaron del dolor, de la cordura y la locura, de los sueños y de seres marginales, del origen y de la muerte, del espacio y de otras dimensiones; libros sobre el desequilibrio familiar y las ansias de poder, de las ambiciones humanas y la necesidad de trascender; libros que hablaban del secreto anhelo de que los demás fueran siempre uno solo, no importando dónde ni con quién o cómo se viviera.
Sólo que mucha agua había corrido bajo los puentes que había transitado. Ya no era el niño que soñaba con duendes y hadas traspasando las habitaciones de su casa en el barrio yugoslavo de Punta Arenas. Había cursado gran parte de su desarrollo personal. Conoció el amor de pareja y ayudó a traer hijos al mundo. Aprendió a conocerse contradictorio y dividido, y supo que como todo hombre a veces era bueno y a veces podía ser malo. Que la vida es un claro oscuro por donde caminan las civilizaciones buscando el sentido de quienes las integran.
Y de pronto, casi sin notarlo, vio que había escrito quince libros, y que un día de arrebato místico había quemado una docena de textos inéditos, porque supuso que la literatura no era su camino de trascendencia personal ni de nadie que la pretendiera.
Recordó aquello que le enseñó su profesor de primaria: todo lo que nacía, se desarrollaba y materialmente perecía. Trató de internalizar que no importaba llegar a un sitio prefijado, porque siempre había otro. Que en verdad interesaba continuar el trayecto, ese andar con o sin pausas, común para un insecto, una golondrina girando bajo el cielo, una luciérnaga desplegando su luz entre unas ramas o el movimiento sin fin de todo el universo. Sintió, después de mucho peregrinar, que lo escrito le ayudaba a entenderse y a entender a la humanidad de la que nunca podría desligarse.
Así fuera un día estudiante básico o universitario, abogado o juez de un tribunal. Que las funciones que la sociedad le otorgaba a un ciudadano eran signos de un encuentro y de una exploración individual y colectiva, donde a veces las profesiones perduraban o se convertían en otras. Pero que la palabra era más poderosa, porque ella decretaba, prohibía o permitía. Y así como podía sancionar o privar de libertad podía también liberar a un inocente. Y que todos los individuos, sean hombres o mujeres, podían también un día ser acusados, porque nadie, en lo absoluto, manejaba a ciencia cierta su destino y las circunstancias podían hacer de un santo un criminal o de un criminal un santo.
Y que ello no se contraponía a la necesidad de querer siempre ser mejores y de conocerse un poco más cada momento. Entendió que la literatura, siendo exclusiva y personal, puede ser también universal, si es honesta y sincera consigo misma y no se vende al mejor postor en aras de una fama pasajera.
Que el dolor de un ser humano no le puede ser indiferente a quien siente que el otro es parte indivisible de uno mismo. Que la actual humanidad, con todos sus sinsabores y el peligroso desarrollo tecnológico moderno que la tiene al borde del abismo, posee un don inquebrantable que puede salvarla del desastre.
Que ese don no es otro que el amor y más allá de que el cielo y la tierra pasen, las palabras auténticas no pasarán, aunque muchas veces se maticen de esperas o se mimeticen en claves de silencios. O que a veces digan entre líneas lo que en verdad importa más allá de la escritura misma. Entonces, ese hombre que un día se vio reflejado en los ojos de su abuelo y en los cercanos y póstumos ojos de su padre puede mirar hacia atrás y hacia adelante a un mismo tiempo y sentir que la eternidad es el presente: el que está envuelto en esta reunión en Puerto Cisnes, su nuevo lugar de transitoria residencia en este mundo. Y se dijo que este día en que la Academia Chilena de la Lengua lo reconoce como uno de los suyos es un día que vino desde lejos a quedarse con él y toda su familia para siempre.
Y que solo restaba agradecerlo…simplemente, agradecerlo…porque el camino todavía lo seguía recorriendo…
(Juan Mihovilovich Hernández, Puerto Cisnes, 1 de diciembre de 2017)

Manuel Quevedo Méndez


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