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El Diario del Maule Sur
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Opinión 15-03-2020
Germán Mourgues Bernard -Aproximación al paradigma pictórico de su obra-
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La presente investigación, responde a la necesidad de sistematizar y profundizar reflexiones y conocimientos que se han venido generando en torno a la obra pictórica de este artista, en el contexto de las acciones de rescate, conservación y puesta en valor de su obra multidisciplinaria, iniciadas por la "Agrupación Cultural Germán Mourgues Bernard" en el año 2016.
La faceta pictórica de Germán Mourgues, es bastante tardía y breve (la inicia a la edad de 70 años), sin embargo logra crear una obra de notable interés y profundidad que justifica la presente indagación, en donde se aborda sistemáticamente la búsqueda del paradigma estético, por Esaú Mourgues Ortega; simbólico, por Juan Francisco Andrades y matemático, por Rodrigo Pérez Carrasco, subyacente en ella.
Aun en un examen superficial de su pintura, se puede observar la gran originalidad de este artista. Originalidad manifestada en todas las dimensiones de la obra; técnica, estilo, temas, contenidos, etc.
Siendo un simple lector de la obra que nos entrega la “Agrupación Cultural Germán Mourgues Bernard”, encuentro y rescato un fragmento de sus escritos (que aparece en la obra que comentamos) donde describe de manera magistral una situación del diario vivir, cuando Linares, a comienzos del siglo XX, era una ciudad muy distinta a la de hoy, con calles de tierra y acequias que la recorrían.
Otra visión de Germán, que con frecuencia relataba entre sus experiencias de su niñez, la pavorosa (según él) llegada del primer automóvil.
El siguiente texto ha sido extraído de sus escritos y en él describe dicha experiencia:
... no habían llegado automóviles todavía y la velocidad mayor que se conocía era la carrera de un caballo o la de un vehículo que llamaban Victoria o Diligencia, en que se viajaba a la capital. Cuando apareció el primer automóvil fue un susto que nunca habíamos tenido, ni nadie nos lo había advertido; jugábamos varios al trompo en un pedazo de la calle en que la tierra estaba dura y lisa, allí habíamos marcado un círculo en el que tirábamos los trompos y las "paguachas" que con un buen tirón de la lienza, previamente enrollada con todo cuidado bailaban con un zumbido que lentamente se iba acallando a medida que disminuía la velocidad, hasta que se tambaleaba en redondo hasta caer, y otro jugador le tiraba el suyo encima tratando de ensartarlo con el clavo que lleva debajo.
Los grandes como los pequeños, todos jugaban. Estábamos completamente absortos, cuando sentimos un ruido sordo como un enorme trompo "cucarro" que estuviera bailando debajo de la tierra ¡acabo de mundo dijo una señora y se puso a rezar! cada vez se oía más fuerte... parece que se avecinaba un terremoto y todos nos quedamos mirándonos con los ojos asomados de las órbitas.
Siempre en ese tiempo se hablaba de apariciones, de ánimas en pena, de demonios y de toda clase de misterios terroríficos. Cuando estábamos escuchando con los ojos bien abiertos, en la esquina próxima aparece el demonio en persona, envuelto en una nube de polvo, con los ojos brillantes y redondos como platos, rápidamente se nos acercaba dando zancadas, contoneándose sobre las piedras que se asomaban del suelo, era todo negro y brillante, pero mucho más le brillaban los ojos y se meneaba en un pie y después en el otro. Todos arrancaron a meterse a sus guaridas y yo me fui quedando atrás por ser el menor y por más que traté de pedirle ayuda a mis pequeñas piernas, el monstruo me alcanzó y me pasó en velocidad; me dejó atrás y oí unas carcajadas diabólicas y una tétrica voz que decía: -¡Ah que chiquillos más huevones!-.
Así conocimos el primer automóvil y le perdimos el miedo, y después llegaron varios más que mirábamos con admiración y maravillados que no los tirara ningún caballo, que corrían con una velocidad nunca vista, que tenían vida propia y sin embargo eran tan obedientes, no mordían ni pateaban como los caballos, ni comían pasto.
Los perros sí que no se acostumbraron muy luego a esta novedad y se volvían locos de indignación cuando veían automóviles. Después, vinieron todos los inventos sucediéndose uno detrás de otro y toda la gente se fue acostumbrando a los cambios. Al principio no querían los arados de fierro, decían que la tierra se iba a envenenar con el óxido. La bicicleta reemplazó al caballo y todas las profesiones y costumbres fueron cambiando...
No se podrá negar que el relato reúne las características más finas de una extraordinaria descripción de lo observado. Lo cual nos lleva a pensar que si se dieran a conocer sus relatos escritos, de algunos de esos momentos de antaño que supo guardar de manera tan clara, serían leídos con grato placer por sus receptores.
Germán, a diferencia de sus hermanos, en edad escolar no fue un buen estudiante. Y, probablemente intereses divergentes al sistema educacional, en el dramático contexto de la crisis del año 1929, motivaron a abandonar el Liceo para aprender tempranamente un oficio con el cual ganarse la vida.
Germán Mourgues Bernard fue un artista y artesano linarense, nacido el 20 de junio de 1916 en el seno de una familia de inmigrantes franceses. Sus padres fueron; Francois Mourgues Delbos nacido el 23 de diciembre de 1864, en Ussel Lot, Midi Pyreneé, Francia, y su madre Gabrielle Bernard Barnaud nacida el 13 de abril de 1880, en Jarjayes, Hautes Alpes, Francia.
La familia de Gabrielle, obligada por la crisis derivada de las frecuentes guerras y especialmente por la plaga de la vid que asoló y destruyó la industria del vino desde 1870 en Europa, abandonan su tierra y su trabajo en las viñas de Jarjayes, emigrando a América en el año 1889. Buscando mejores oportunidades, llegan a Chile, al puerto de Constitución cuando Gabrielle tiene nueve años de edad. Desde allí, en un falucho maulino, navegan hasta el Puerto Linares de Perales ubicado en las proximidades de la confluencia de los ríos Maule y Claro, último punto de navegación fluvial del Maule. Estableciéndose en Culenar, Talca.
El viaje del padre de Germán, fue por motivos distintos, y también más largo y solitario. François, vivió en casa de sus padres hasta los catorce años, siendo enrolado a esa edad en la Legión Extranjera donde permaneció 5 años. Al volver a Francia se dirigió a Ussel, pero resentido con su familia no se dirigió a la casa de sus padres, embarcándose el día siguiente hacia América. Aparentemente llegó al Perú el año 1883, para viajar luego a Bolivia y tras un tiempo retornar al Perú para embarcarse hacia Valparaíso en busca de un amigo conocido en la Legión Extranjera. Amigo a quien encuentra finalmente en Talca recién enviudado y que en apuros económicos le ofrece en matrimonio a su hija Gabrielle.
El matrimonio Mourgues Bernard, probablemente permaneció algún tiempo, en Talca instalándose luego con un negocio frente a la Estación de Ferrocarriles de Linares. Más tarde la familia se trasladó a una quinta ubicada en calle Chacabuco esquina Rengo, cuya casa aún resiste el paso del tiempo, Casa en la que Germán, el penúltimo de siete hermanos, vive su niñez y experimenta la temprana orfandad (siete años) de un padre que muere nostálgico de su patria lejana.
A los catorce o quince años elige el oficio de marmolista, él que constituirá desde esa temprana edad y durante toda su vida su principal fuente de subsistencia, no obstante haber explorado a lo largo de su vida diversas actividades y oficios.
Del mismo modo como la marmolería fue su trabajo más permanente, su vida transcurrió casi en su totalidad en su ciudad natal, con excepción de algunos años en los que se trasladó a Santiago para estudiar en la Escuela de Artes Aplicadas (1932-?) donde fue alumno, entre otros, de Samuel Román Rojas (Premio Nacional de Arte el año 1964). No sabemos cuánto duró esta experiencia de formación académica que no llegó a concluir. Lo que se sabe es que simultáneamente trabajó en el taller del artesano italiano Colombo Bruguera; contacto que fue fundamental en su aprendizaje técnico de la escultura.
Tras este corto periodo en Santiago, ya de regreso en su ciudad natal, trabajó en la realización de los capiteles de la nave central de la nueva Catedral de San Ambrosio de Linares, construida entre los años 1935 a 1940 y crea también una serie de relieves de estilo neoclásico para la casa del destacado ciudadano linarense don Arsenio Alarcón González.
En un nuevo y último periodo de alejamiento de Linares se trasladó a Chillán, donde encontró una oportunidad laboral como jefe de obra en construcciones privadas, iniciadas en el marco de la reconstrucción de la ciudad tras el terremoto del año 1939. Estando en Chillan, trabajó también con su hermana Noemí, profesora de artes, pintora y escultora, realizando un relieve mural en el nuevo edificio corporativo del diario "La Discusión". Noemí Mourgues, ejerció desde siempre una importante influencia sobre su hermano; fomentó en él su interés por el arte, estimuló su aprendizaje y el cultivo de sus habilidades.
En este mismo periodo (1941 a 1942) se integró al equipo de colaboradores de los muralistas mexicanos Xavier Guerrero y David Alfaro Siqueiros en las obras que éstos realizaron en la escuela México donada por el gobierno mexicano. Obras declaradas el año 2014 monumento histórico por decreto N° 331 del Consejo de Monumentos Nacionales.
Tras esta etapa chillaneja, regresó para establecerse definitivamente en Linares instalando su taller de marmolería en la Alameda casi esquina de Lautaro, muy próximo al "Liceo de Hombres" donde realizó, en uno de los muros de la fachada, el relieve en cemento que representa el mapa de Chile.
Unos diez años más tarde y tras dos intentos de formar familia, contrae matrimonio con doña Agueda Ortega, compañera paciente y comprensiva que le dio cinco hijos; Gabriela, Esaú, Marcela, Luisa y Amaro, y que lo acompañó hasta su fallecimiento el año 2000.
Alrededor del año 1965, trasladó su taller a calle Yerbas Buenas junto a la casa familiar, donde hoy se conserva su rico y abundante legado que reúne: dibujos, esculturas, pinturas, máquinas y artesanías, entre otros objetos de interés.
En este periodo de estabilidad, lleva a cabo varios trabajos en colaboración con el pintor Pedro Olmos; entre ellos, un gran relieve realizado en piedra para la tumba del Obispo Roberto Moreira Martínez, en la cripta del recuerdo de la Catedral de San Ambrosio de Linares, los relieves en cerámica esmaltada para la sede linarense de "La Gota de Leche" (hoy inexistentes) y un relieve en bronce de grandes dimensiones para la tumba del destacado ciudadano linarense don Ireneo Badilla, entre otros.
La obra Aproximación al paradigma pictórico de la obra de Germán Mourgues, es una muestra de la enorme valía del propio personaje, igual que su obra con mensajes y lecciones también presentes en un ser excepcional y lleno de sabiduría. (Fotografía: Portada del libro)

Manuel Quevedo Méndez
Prensa El Heraldo | Imprimir | 1075
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