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El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Hoy
Opinión 10-02-2019
La Casa de los Varela
Cerca del puente grande por donde se va “Al otro lado “, es decir a
Mesamávida, un antiguo caserío al que se llega transponiendo los esteros
Liguay y Quiriquina, en un alto estaba “La casa de los Varela”.
Así la llamaban todos cuando llegamos, y así la siguieron llamando.
Ahí crecimos nosotros, mis hermanos y yo.
Era una casa de adobe con segundo piso de madera, y un balcón en
cada extremo, a uno de los cuales agazapada llegaba una enredadera.
Desayunábamos un tazón de leche, y luego, alborotando, nos íbamos por un callejón de nogales escuchando el piar de los pajaritos en su nido.
Éramos una “parvá” de chiquillos, felices de pasárnosla el día correteando, a caballo o a pie, por los potreros, sin despintarnos la honda al cuello e intruseando en todo.
A veces alguno de los mayores llevaba a uno de nosotros en “cabrita” –un carruaje liviano tirado por un caballo.- al “otro Lado “, por ese pintoresco camino, cruzando esteros, orillado de alamos, matas de maqui, culenes… salpicado de charcos de agua y misteriosas historias -toda una aventura.
Por la tarde, íbamos a bañarnos al estero -el “Liguay” -.
Más tarde jugábamos fútbol en un potrero con las vacas como espectadores donde las acequias, eran las líneas de los costados. Un par de champas de pasto marcaban los arcos.
Después nos arremolinábamos junto a las varas de los corrales, a contar historias las que casi siempre concluían en relatos de ánimas y penaduras, donde Don Bela, un montañés flaco, viejo y lacrimoso como una vela, siempre con hojas de tabaco en la sien “-pa’l dolor de cabeza-“era el principal orador, vaciando sus relatos mientras alborotaba sus descarnadas manos, mirando con unos ojos a punto de largarse para cualquier lado.
La penumbra comenzaba a cubrir el paisaje. Las perdices cantaban en su alojadero, y alguna vaca mugía, llamando a su ternero.
Entre las ramas de un viejo sauce miraban un par de grandes y brillantes ojos –un búho- parecía el más interesado en los cuentos de Don Bela, como cuando contaba el más recurrido: La vez que vio al malulo en su pieza.
Ese día por la tarde, cruzando por un potrero vimos la calavera de un buey. La idea brotó espontánea.
Cuando vimos llegar al anochecer, a Don Bela, colocamos la calavera en una tarima a la cabecera de su cama, y, adentro, una vela encendida.
Al poco llegó Don Bela a la cocina, -donde estábamos allegados al brasero, disimulando- desencajado, hablando a tirones: “¡Hey visto al cachúo!... ¡Yo le hey visto!...¡Toíto amarillo!...¡Tenía los cachos así!”
Hasta nosotros terminábamos asustados en ese mundo de fantasías en que vivíamos, lleno de penaduras y cueros vivos en los esteros.
Junto a la casa Un cobertizo cobijaba un Ford-A todo desvencijado, el que, a su vez servía de alojadero a las gallinas.
Más allá, entre gruesas matas de acacia bajo, se veían varios cajones de abejas.
Bajo una parra afanaban “las viejas” pelando choclos para humitas, haciendo mermeladas, chuchoca...No les paraban las manos…, ni las lenguas.
Los huesillos se hacían sobre una lata puesta al sol, al igual que el charqui, los orejones de pera…
De ahí nacía un sendero hacia el canal, al cual se bajaba por unos escalones labrados en la greda. Un pequeño espacio, despejado entre los arbustos, era utilizado para lavar ropa.
A la hora de siesta no se escuchaba dentro de la casa ningún ruido, y todo estaba sombrío, con las puertas cerradas y las cortinas corridas.
En el comedor, viejo y grande, descansando sobre la tabla de amasar quedaba liudando masa del pan que comeríamos a la hora de onces.
Después de almuerzo nos enviaban a dormir –teníamos que reposar mínimo dos horas antes de ir al río-.
Quedaba mi abuelo vigilando en un sillón de mimbre con una varilla. A
los cinco minutos estaba roncando y nosotros arrancando por la ventana.
A comienzos de Enero llegaba la máquina trilladora.
Se instalaban los ensacadores provistos de agujas y cáñamos,
Colocaban dos sacos en los capachos por donde caía el grano
Cuando se llenaba uno lo remplazaban por otro y el lleno era cerrado con una rápida costura.
Una vez cosido era tirado al suelo por una cuneta de latón, que hacía de resbalín, quedando botado en el potrero.
Atrás venía un coloso tirado por una yunta de bueyes. Un par de trabajadores sin camisa, con una especie de capa con capuchón hecha de bolsas harineras, corrían a recoger los sacos. Uno le hombreaba el costal a otro y éste partía a descargarlo al coloso, donde haciendo una contorsión lo dejaba caer en el piso de éste.
Llenaba su carga el coloso y la llevaban al galpón. Ahí lo colocaban haciendo recular los bueyes dirigiéndolos con una picana.
Arrimaban un tablón por el cual, con el cuerpo oscuro de sol y polvillo de paja por todos lados, los pantalones arremangados sobre las chalas, subían y bajaban corriendo los cargadores.
De vez en cuando tomaban un trago de agua con harina tostada, en un jarro grande de porcelana.
Junto a los potreros trillados, buscando la sombra, íbamos con tarros a sacar mora, la que se hacía después dulce en pailas de cobre compradas a los gitanos.
De pasada buscábamos nidos de gallinas, en los morales. Se vislumbraba un lecho de mullida hierba, con algunas plumillas sueltas -era un nido- Metíamos la mano e íbamos tanteando la alegría de encontrar uno, dos, y a veces hasta tres huevos juntos sin que el ave se alterase en lo más mínimo.
Huevos plomizos, café, verdosos… La castellana los ponía de este color, la “colorá”, de este otro, la “cogote pela’o” era conocida por poner huevos chicos y así, todas tenían nombre y se les conocían sus mañas
Al andar por ahí, durante el día, la gallina se detenía, rascaba el suelo un par de veces y se quedaba quieta mirando de soslayo; luego se agachaba a comer, repitiendo incontables veces lo mismo. Así comía el grano, del mismo grano que se molía para hacer el pan con que comíamos los huevos.
Con la primavera empezaban a aparecer los “Torrantes” –esos andariegos que de ir trabajando de campo en campo hacían su vida-, a quienes temíamos tanto o más que a los gitanos.
Generalmente andaban de a dos y casi no hablaban. Nunca miraban de frente. Usaban un sombrero de ala corta muy ajado, rancio, pasado a humedad; pantalones arremangados al tobillo. Los pies encallecidos, rojos negruzcos, calzados con ojotas, , y con la linguera a cuesta -un saco al hombro en el que llevaban todas sus pilchas.
Alojaban en los galpones. Hacían una pequeña fogata, y ahí cocinaban en un tacho ennegrecido con mango hecho de alambre, el mismo que usaban para el mate y el vino.
La choca, le llamaban a la comida o a la bebida caliente. La tetera, era la pava.
Raras veces se juntaban con otros afuerinos. Eran blanditos para sacar la cuchilla -no peleaban nunca a combos- altiro sacaban el fierro.
Cada cierto tiempo aparecía un jinete, al que todos reconocían. Siempre venía en un potrón a medio domar… Siempre solo. Era el amansador.
Ensillaba la bestia que había que amansar con una prenda liviana -un pelero, es decir una simple tela sobre el lomo, la que amarraba con tientos. Por rienda utilizaba un cordel al que le armaba un bozal. Le tapaban la cabeza a la bestia, generalmente con una manta.
Aperado con unos minúsculos espolines se subía el domador, con mucha parsimonia, palmoteando y tanteando la bestia,
Una vez arriba, bien afirmado y con las riendas bien sujetas- , le sacaban la manta de la cabeza al manco, y éste salía disparado, corcoveando, chicoteado a ambos costados por los paleteadores.
La mayoría de las veces este procedimiento lo hacían en el “el potrero largo” -la calle-.
Se perdía de vista ,y al rato llegaba con la bestia ya casi entregada.
Imitándolos nos subíamos a los terneros o “hacíamos de anca” algún caballo, bien sujetos a los tientos de la montura, donde normalmente se coloca el lazo o las prevenciones…
Han pasado los años, los nogales aún existen…, es más, hay muchas avenidas de nogales…, pero éstos no tienen nidos…









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