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El Diario del Maule Sur
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Opinión 02-06-2020
La dulzura del encierro
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Se escuchan muchas quejas con motivo del encierro obligado; que el estar confinados nos produce una especie de crisis de pánico con sus diferentes síntomas. También que todo parece aburrido al ver las mismas caras, ver la misma habitación, los temas agotados, los conflictos verbales, la diversidad de preferencias e incompatibilidad de gustos, etc.etc.
Hay que buscar el lado bueno del encierro, solo basta la disposición para explorar aquellas temas que no podemos tratar en los tiempos de normalidad.
Es la hora para lograr lo que siempre soñamos hacer y no podíamos realizar por falta de tiempo . Teníamos que dedicarnos y concentrarnos en actividades más importantes como los deberes que exige el diario vivir.
Un amable ejercicio para entretenerse es recordar. Por ejemplo, yo recuerdo que en mis tiempos de niñez, hubo una persona que significó mucho para mi crianza. Su nombre, Aída, y era la señora que acompañaba a mi madre en los infinitos quehaceres hogareños y le quedaba tiempo hasta para acompañarme al colegio ubicado al otro extremo de la ciudad. Se daba el trabajo de ir y venirse caminando para llegar a casa y seguir con los deberes. Su imagen se pasea en mi mente con una aureola de mansedumbre y humildad, cualidades que no olvido por más que pasen los años y que son muchos. Aída tenía tiempo para todo, éramos bastante hermanos y cada uno con mañas diferentes y ella con dulzura y gran paciencia atendía lo que ya mi madre no podía hacer. En esos tiempos todos íbamos y veníamos sin precisar de algún medio de locomoción, a lo más usábamos la bicicleta., mi fiel compañera en los cursos superiores. Era usual caminar muchas cuadras para ir al colegio, existía dinámica de pasar a buscar a un compañero o compañera y a medida que avanzábamos se armaba un grupo cuya animada charla hacía corto el trayecto de kilómetro y medio hasta llegar al Instituto Politécnico, ( días atrás cumplió gloriosos74 años).
Aída ya octogenaria, la he visitado y conserva vivencias que yo había olvidado, era el fiel ángel de mi infancia, mi gran compañera que me enseñaba canciones mexicanas cuyas letras no olvido. Admiro su mente tan lúcida para recordar con tal precisión detalles que ya había borrado de mi mente., se refiere con gran cariño aquella época en que estuvo a nuestro lado y que cierta vez “ se fue de vacaciones para no volver porque formó su propia familia.”. Cuando escucho alguna antigua ranchera, el recuerdo de Aída llega como un galope de México y sus canciones, programa radial que escuchaba mientras trabajaba. Nunca la llamé “Nana” porque era inusual en esos tiempos pero estoy segura que tampoco lo habría hecho porque toda mi familia la consideró parte de ella con la cercanía y cariño que se le dispensa a una hermana, o a una hija.
A propósito del Instituto Politécnico, tuve la fortuna de estudiar en ese gran establecimiento educacional donde disfruté los más hermosos tiempos de mi juventud. La primaria la realicé en el Liceo María Auxiliadora. No conservo buenos recuerdos de esa escuela. Todas las profesoras eran monjas en ese tiempo, y la misa diaria, los ejercicios espirituales y las excesivas atenciones a quien cooperaba más con el colegio incubaron en mi espíritu el pequeño bichito del resentimiento social que me dura hasta hoy. Distinta la historia con mi querido Instituto Politécnico. Muchos recuerdos. Don Víctor Zavala inolvidable personaje para todos los exalumnos. Por circunstancias reñidas con la disciplina a veces teníamos que llegar hasta su oficina en cuyo escritorio yacían innumerables colillas apiladas en un cenicero y no eran del día anterior. Si mal no recuerdo fumaba cigarrillos Cabaña y no faltaba a ninguna regla porque en esos tiempos los profesores y directivos podían fumar en clases y oficinas como cosa normal. El Sr. Zavala era una persona muy enigmática e impredecible. Nos aterrorizaba llegar a su oficina pero salíamos muy aliviados de oír el sermón preciso y conciso. Cierta vez al ver que yo usaba un moño con un broche adornado con demasiadas piedrecillas de diferentes colores sentenció: “No use ese broche, Ud. Debe tener su propio brillo”. Nunca olvidé esa sentencia. También recuerdo a la Señora Gabriela de Corsini, nuestra profesora de Castellano. Era una hermosa dama de pequeños ojos celestes, tan delicada y femenina, un poco madre, un poco profesora que formaba todo un complemento para aconsejarnos en el momento oportuno sin alterar el variado temperamento de nuestra adolescencia. En cierta ocasión (en mi año de interna), nos pusimos a estudiar con una compañera para la prueba Acumulativa de Castellano, teníamos que abarcar la materia de tres cuadernos: Literatura, Gramática y Vocabulario. Había sonado la campana de silencio que indicaba tiempo para dormir. Nuestro capitolio ( dormitorio de cinco o seis camas, separados por biombos metálicos bajo un techo común.) quedaba frente a la luz de emergencia y a la puerta del dormitorio de la Inspectora. Tratamos de no hacer ruido para estudiar pero nos sorprendió la señorita Ulda y nos quitó los cuadernos. “Mañana los retiran en Inspectoría General, sentenció. Bajó las escaleras y cumplió con dejarlos en manos del Señor Zavala. Con mi compañera nos levantamos y fuimos a buscar los cuadernos porque sabíamos que el Inspector, trabajólico, de noche ocupaba una pequeña oficina frente a su domicilio en el mismo establecimiento. Al vernos se sorprendió demasiado y mirando su reloj nos observó en silencio…luego de exclamar, << a esta hora ustedes deben estar durmiendo>>, le explicamos nuestra situación recuperar los cuadernos porque al día siguiente tendríamos prueba acumulativa. Sólo dijo; “mi horario de atención es de 8,30 adelante en la inspectoría general, buenas noches!! Poco nos quedó por dormir de manera placentera, pensando que las pruebas acumulativas abarcaban las materias pasadas en el año. Al día siguiente, a primera hora fuimos a la sala donde la señora Gabriela hacía su clase. Llorando explicamos lo sucedido. No olvido su profunda mirada cuando dijo: Lidia, deje esas lágrimas para más tarde”. Y cada vez que lloro me acuerdo de ese momento en que el mundo se caía a pedazos porque nos iría mal en la prueba, motivo inocuo para provocar tal llantera, comparado a las grandes causas posteriores que ameritan un buen derroche de lágrimas.
Y cómo olvidar al señor Parra, nuestro Director. Muy pocos homenajes ha habido para este extraordinario ser, bondadoso, conocedor de cada alumno con su propia historia, sin exagerar, en la época que estuve en el Instituto Politécnico fue un verdadero padre. Preocupado, pendiente de cada uno. De vez en cuando nos acompañaba en el desayuno con pequeñas e instructivas charlas haciendo el ambiente gratamente familiar. Su oficina siempre dispuesta a recibirnos para un consejo o simplemente conversar, Era asequible sin perder su autoridad de Director, su bondad , su complacencia ante cualquier logro, su apoyo, en fin era un todo este señor Pedro Parra Fue un gran profesor. Sus clases: magistrales, sencillas y de sumo interés. No se precisaba una gran dedicación para estudiar sus materias porque nuestra atención era tal que quedaba todo grabado, como cuando se ve una película que agrada y se recuerda cada detalle. Cada artículo que yo escribía, lo celebraba como gran cosa, ahora pienso que lo hacía por alentarme porque nunca escribí como para merecer esos halagos. Pero gracias a él y a mi padre entré al sendero de la lectura lo que me ha servido hasta hoy y con más razón en estos tiempos de calamidad.
He tratado de reflejar una ínfima parte de todo lo que hay que explorar entre los recuerdos que nos traen especiales momentos de nuestra vida. Se puede recurrir a una infinidad de actividades que nos distraen de la idea de estar confinados.
El cielo está más limpio, la madre Tierra puede respirar mejor, extrañamos a los seres queridos pero de un u otro modo los tenemos al alcance.
Que brillen las lanas, hilos, palillos, los pinceles, los bordados, los libros, los puzzles, las películas, las seriales, la música. Bienvenidos a la parte creativa que hay en nuestro interior.
El encierro también puede ser dulce para mitigar las amarguras.


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