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El Diario del Maule Sur
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Opinión 07-12-2018
La esquina de doña Elvira
Recuerdo que corríamos cuando nos mandaban al boliche de la esquina. Se ubicaba en todo el cruce de la calle Baquedano con Colocolo. No tenía nombre, pero pertenecía a un señor de nombre Gustavo Jaque. Allí había de todo, en un ordenado revoltijo. Mi hermano Carlos iba por sus ‘calugas caseras’, que las hacían de leche. O por cualquier otra cosa que de repente faltara en la cocina de mis padres. En esa infinita variedad de cosas podía encontrarse también el sebo para los ejes de una carreta, clavos, sostenes y calzones para señoras. Había miles de otros productos tales como sus atractivas galletas de monitos. En abiertos cajones mantenía la yerba mate a granel, la sal gruesa y el azúcar en terrones de la CRAV. De allí sacaba estos productos por medio de una poruña. El contenido de esta enorme cuchara de corto y grueso mango era vaciado en una hoja de papel abierta sobre la tolva de la pesa. El hombre acomodaba la mercancía en el medio del papel y la pesaba. Cogía entonces con sus dos manos el papel y elevándolo, lo hacía girar con rapidez para formarle un extremo retorcido a cada lado. Don Gustavo era un hombre especial. Un liviano poncho le cubría los hombros durante todas las estaciones del año y jamás se sacaba el sombrero de la cabeza. Un gran bigote de puntas ensortijadas y engomadas formaba un arco sobre su boca que rara vez sonreía… Yo iba al negocio de la esquina con un propósito muy distinto al de cualquier vecino que entrara a comprar alguna mercancía. Me acercaba a la caja que mantenía en el lado ‘poniente’ del almacén. Era una caja de tapa abisagrada, con un marco que sujetaba el vidrio de su cubierta. La habían instalado sobre un mueble con puertas, a una distancia del suelo que dejaba su tapa justo a la altura de mi nariz. Solo allí resaltaba el carácter inconfesable de mi propósito por ir al ‘boliche de la esquina’: yo alzaba levemente aquella cubierta, colocaba mi nariz lo más cerca posible de la pequeña línea de abertura que había creado y “olía” el perfume que se escapaba de su interior; es decir, inspiraba a todo pulmón una y otra vez aquel olor que parecía venir de otra dimensión. De un tiempo que sólo existía para mí. Y no eran las cosas almacenadas en su interior, objetos demasiado reconocibles, demasiado definibles, los que fascinaban mi atención: era ese perfume guardado allí y reservado sólo para mis sentidos. ¿Cómo podrían haber sido especiales un tubo de gomina Brancato, un par de cajitas de ‘Mentalol’, dos o tres botellitas de colonia “47 – 11”, una caja redonda y abierta de polvos faciales, unas carretillas de hilo marca ‘cadena’ y un grupo de soldaditos de plomo apilados en la tapa de una caja abierta?... ¡No!
Era ese aroma inexplicable dejado allí por objetos que habían sido guardados en una época del pasado y que heredaron su esencia sólo para que yo la oliera siglos más tarde. Por desgracia, mi íntima sesión de toma de olores era siempre interrumpida por la aparición de la señorita Elvira, hermana de don Gustavo. Ella no quería a los niños. Solterona endurecida, aparecía sólo para corretearnos fuera del almacén. Nos trataba de “chiquillos callejeros”. Una vez nos fuimos con mi familia por un mes a Pelluhue en el verano. Nos enteramos al regreso que en algún momento la señorita Elvira había fallecido. Don Gustavo seguía atendiendo su negocio como era habitual. Yo noté una pequeña diferencia en la caja de vidrio de mis olores: alguien había depositado en su interior una pequeña botella negra, cerrada con un corcho del mismo color…No recuerdo haber otra vez levantado la tapa de vidrio para oler el aroma que ocultaba.


(Omar Goulart)
Prensa El Heraldo | Imprimir | 155
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