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El Diario del Maule Sur
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Opinión 22-09-2019
La Iglesia sólo será perfecta en la gloria del cielo Domingo, 22 de septiembre del 2019
“Nadie es profeta en su tierra”. Esta sentencia que ya pertenece al léxico popular nos viene nada menos que de Jesucristo. A El le sucedió exactamente eso: no fue aceptado en su tierra. Después de haber predicado unas cuantas cosas en varios sitios y después de haber realizado unos cuantos milagros por aquí y por allá en Galilea, Jesús decide volver a Nazaret. Nazaret era el pueblo de su Madre, donde El era bien conocido, el sitio donde había crecido, donde había vivido y trabajado, en el cual tenía su casa, sus parientes, etc. Y, como era su costumbre, nos dice el Evangelio de hoy (Mc. 6, 1-6), un sábado entró en la Sinagoga de Nazaret y se puso a enseñar. El pasaje de San Marcos no nos informa qué fue lo que enseñó ni qué lectura fue la que hizo. Pero San Lucas, sí (Lc. 4, 16-30). Nada menos y nada más, Jesús leyó del libro de Isaías el anuncio del Mesías y su misión (Is. 61, 1-2): “El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido...”. Y, al terminar la lectura, enrolló el libro, lo devolvió al ayudante, se sentó y cuando todo el mundo “tenía los ojos fijos en El”, remató diciendo: “Hoy se cumplen estas profecías que acaban de escuchar”, lo cual equivalía a decir: “Miren: el Profeta Isaías se está refiriendo a mí”.
1.- ¡Imaginemos la impresión de los presentes! Nos dicen los Evangelios que la gente estaba de acuerdo con lo que decía y se impresionaba por la sabiduría de sus enseñanzas. Pero además de eso, porque ¡claro! venía respaldado de los milagros que había hecho en otros sitios. Entonces se preguntaban los que lo estaban oyendo: “¿Dónde aprendió este hombre tantas cosas? ¿De dónde le viene esa sabiduría y ese poder para hacer milagros?” Y como era muy conocido “estaban desconcertados”. Comentaban: “¿Pero no es éste el carpintero, el hijo de María, el hermano de Santiago, José, Judas y Simón? ¿No viven aquí entre nosotros sus hermanas?” Definitivamente no les cabía en la cabeza que uno de allí mismo pudiera saber tanto... ¡mucho menos ser el Mesías esperado! Aquí es obligante el paréntesis sobre la palabra “hermanos” y “hermanas”, término que significaba no solamente hermanos como los entendemos nosotros en nuestro lenguaje actual, sino que incluía también a primos y parientes. Los católicos sabemos que, a pesar de todo lo que puedan decir los no-católicos, Jesús fue el único Hijo de María.
2.- Al ver los ataques contra Dios, contra Cristo, contra la Verdad, contra la Iglesia, y al ver los problemas causados por algunos miembros de la Iglesia, podemos darnos cuenta de por qué el Señor prometió que estaría con su Iglesia hasta el fin de los tiempos, como podemos ver en el Evangelio de la Fiesta de San Pedro y San Pablo el 29 de junio. La Iglesia no está libre de dificultades. Recordemos las palabras de Cristo a Pedro: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra (roca) edificaré mi Iglesia y el poder del Infierno no la derrotará”. Estas palabras del Señor nos indican que la Iglesia iba a estar sometida a muchas pruebas y ataques durante su peregrinar aquí en la tierra. Así ha sido y seguirá siendo. Y la Fe está siendo atacada desde las sectas y desde los errores y herejías del New Age o Nueva Era, desde la ideología de género, con los que se pretende destruirla, al presentar errores como aparentes verdades, engañando a muchos católicos. Pero tenemos la seguridad del Señor de que el poder del Mal no podrá vencer a su Iglesia. La Iglesia no es perfecta aún, pues se mezcla su realidad humana (pecadora) con su realidad divina, como dolorosamente estamos pudiendo notar especialmente en nuestros días.
3.- La Iglesia sólo será perfecta -nos dice el Nuevo Catecismo- en la gloria del Cielo, cuando Cristo vuelva glorioso a establecer su Reinado definitivo, a establecer los Cielos nuevos y la tierra nueva: la Jerusalén Celestial; es decir, la morada de Dios en medio de los hombres. Pero volvamos a la Sinagoga de Nazaret. Jesús responde a los que estaban allí: “Todos honran a un profeta, menos los de su tierra, sus parientes y los de su casa”. Así es... y así fue también para el Ungido de Dios, el Mesías prometido, el Hijo de Dios hecho Hombre. Y aunque hubiera querido, nos dice el Evangelio, “no pudo hacer allí ningún milagro”. Venía del norte, de Cafarnaúm donde, entre otros milagros, había vuelto a la vida a la hija del Jefe de la Sinagoga. Pero aquí en su Nazaret, “sólo curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos, y estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente”. Es justamente la incredulidad de los paisanos de Nazaret lo que le impide obrar grandes milagros como los que hizo en otras partes, porque Dios usa su Omnipotencia en favor de los que creen. “Tu fe te ha salvado” (Mt. 9, 20-22) solía decir a los que curaba. O “basta que creas” (Lc. 8, 40-50). En Nazaret, entonces, se limitó a ayudar a los pocos que tenían fe.
Conclusión: Por eso es que unos se salvan y otros no. Jesús quiere salvar a todos, pero unos lo reconocen como Salvador y otros no. Unos se dejan salvar y otros no. Y esto es así porque, para aprovechar las gracias divinas tenemos que estar dispuestos a recibirlas. De otra manera –por decirlo de una forma gráfica- es como si esos auxilios divinos que son las gracias “resbalaran” sobre nosotros y no “entraran” a nuestro ser. El no tener fe, el no creer en Dios, el no aceptar su Omnipotencia, el no tener confianza en sus decisiones, el no aceptar su Voluntad, es como si nos hiciéramos impermeables a la Gracia (que es Dios mismo) y a sus gracias, que son los auxilios divinos que están a nuestra disposición en todo momento. Bien lo dice Mons. Juan Bautista Castro, el Arzobispo de Caracas, quien hizo la primera Consagración de Venezuela al Santísimo Sacramento del Altar, a fines del siglo 19, por lo cual este país es la “República del Santísimo Sacramento”: “En la Santa Hostia está el Dios que derrama sus beneficios sobre la humanidad, el Dios que salva a las almas que aprovechan los beneficios y las gracias de su Redención”. Y, a pesar de las rebeldías y las traiciones, Dios sigue enviando gracias y favores, Dios sigue enviando sus profetas para iluminar a su Pueblo, para alertarlos contra el pecado. Lo hizo ayer con el pueblo de Israel, pero continuaban en su obcecación. Ante la petición de San Pablo a Dios para que le quitara esa “espina”, el Señor le responde: “Mi gracia te basta, porque mi poder se manifiesta en la debilidad”. Es así como el Apóstol nos enseña a gustar de las debilidades, de los insultos, de las persecuciones y dificultades –incluso de las tentaciones, que son persecuciones del demonio- inconvenientes todos que, sufridos en Cristo, pueden tornarse en fortaleza. Porque, al reconocernos débiles, Cristo pasa a ser de inmediato nuestra fortaleza. De allí que el San Pablo puede proclamar: “Cuando soy más débil, soy más fuerte”

(*) Mario A. Díaz M. es: Profesor de Religión y Filosofía. Licenciado en Educación. Egresado de la Universidad Católica del Maule

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