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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 14-02-2021
LA LEPRA ESPIRITUAL Y SOCIAL DE NUESTRA SOCIEDAD. DOMINGO, 14 DE FEBRERO DE 2021
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La lepra es una enfermedad que persiste hoy en día, no ha sido totalmente extinguida, a pesar de existir vacuna y tratamiento para este mal. Sin contar los enfermos pre-existentes, sólo en 2017 se registraron en el mundo 211.009 casos nuevos, según la OMS. Sin embargo, mientras la lepra del cuerpo es tan repugnante y tan temida, la del alma ni se ve. Casi nadie la nota… a veces, ni el mismo enfermo se da cuenta. Según la Ley de Moisés, la lepra era una impureza contagiosa, por lo que el leproso era aislado del resto de la gente hasta que pudiera curarse. La Ley daba una serie de normas para el comportamiento del leproso, de manera de evitar contagiar a los demás. Se prescribía que debía ir vestido de cierta manera y debía ir anunciando a su paso: “Estoy contaminado! ¡Soy impuro!” (Lv. 13, 1-2.44-46).
1.- Se creía también que la lepra era causada por el pecado. Por todo esto, la gente huía de los leprosos. Menos Jesús. De hecho, realizó unas cuantas curaciones de leprosos. Una de éstas fue la de un leproso que se le acerca y, de rodillas, le suplica: “Si tú quieres, puedes curarme”. Por esta actitud, Jesús, que sí puede, también quiere. Y, “extendiendo la mano, lo tocó y le dijo: “¡Sí, quiero: Sana!” Inmediatamente se le quitó la lepra y quedó limpio. (Mc. 1, 40-45). ¡Qué grande fe la de este pobre leproso! Y ¡qué audacia! No tuvo temor de acercarse al Maestro. No tuvo temor de que le diera la espalda. No tuvo temor de ser castigado por incumplir la ley que le impedía acercarse a alguien. Es que la fe cierta no razona, no se detiene. Quien tiene fe sabe que Dios puede hacer todo lo que quiere. Para Dios hacer algo, sólo necesita desearlo. Por eso el pobre leproso se le acerca al Señor con tanta convicción. Por eso el Señor le responde con la misma convicción: “¡Sí quiero: Sana!”
2.- Nos dice el Evangelista que Jesús “se compadeció”, “tuvo lástima” del leproso. ¡Y cierto! El Señor tiene lástima de la lepra que carcome el cuerpo. Por eso la cura. Pero mucha más lástima y más compasión tiene Jesús de la lepra que carcome el alma. Por eso hace algo más impresionante aún. Para curarnos a todos de la lepra del alma, nos dejó un tratamiento que no falla: el Sacramento de la Confesión. San Pablo (1 Cor. 10, 31-11,1) nos habla de la obligación que tiene todo cristiano de hacer todo “para la gloria de Dios”; es decir, que cualquier cosa que hagamos, desde comer y beber, sea para dar gloria a Dios. Asimismo, nos recuerda en qué consiste la caridad cristiana: complacer a los demás (dar gusto a todos en todo) y buscar el interés de los demás... y no el propio interés.
3.- Pero ese “dar gusto” y ese “buscar el interés de los demás” tiene una finalidad muy específica. No se trata de complacer por complacer cualquier capricho, ni buscar satisfacer el interés egoísta de los demás, sino que queda muy, muy claro cuál es ese interés que debe perseguir quien quiere ser imitador de Cristo, como lo fue San Pablo. Lo dice muy claramente: “sin buscar mi propio interés, sino el de los demás, para que se salven”. Es decir, el servir a los demás, el buscar el interés de los demás, debe tener como finalidad la búsqueda de su mayor bien, que es la salvación eterna. Esto debe tenerse siempre en cuenta, pues de otra manera, más bien podemos hacer daño a la salvación eterna de los demás, si lo que buscamos es complacer por complacer o por ser apreciados y queridos.
4.- Pero... volvamos al tema ¿Qué nos enseñanza estos pasajes de la Biblia sobre la lepra? Primeramente, el horror que es el pecado. Luego, la actitud del Señor ante el pecador que busca su ayuda. Entonces… ¿qué hacer con la lepra del alma que nos carcome? Pues lo que hizo el leproso: se acercó a Jesús convencido que podía sanarlo. Pero muy importante: se acercó también con humildad, “suplicándole de rodillas”. Esa debe ser nuestra actitud: reconocer nuestra lepra y buscar ayuda del Señor, pidiéndole que nos sane. Y como Él sí quiere y sí puede, seguro que nos sana. Estemos seguros de que, si nos presentamos ante Él humildemente, el Señor no tendrá asco de nuestra lepra. No importa cuán grave sea nuestra situación de pecado. Pudiera ser que por muchos años vengamos arrastrando una enfermedad del alma que parece incurable. Y, como Dios quiere y puede, hace el milagro. Y lo hace con cada arrepentimiento y en cada Confesión. Hoy, también sabemos que la lepra es espiritual y social. El amor a los demás supone esta sanación interior. La injusticia social es una lepra que hace injusto un sistema político o económico, etc. Un cristiano frente al pecado social no puede ser neutral. La religiosidad de un rico abusador es nauseabunda. La violencia es una lepra social que algunas ideologías promueven entre los más necesitados y pobres.
Conclusión: Entonces… ¡qué mejor oportunidad para obtener la sanación de nuestra lepra espiritual y social, que la Confesión! Por más fea o más larga que sea la lepra de nuestra alma, es indispensable, primeramente, arrepentirnos de nuestros pecados. Luego, confesarlos ante el Sacerdote para recibir la Absolución. Y, con sólo esto, ya estamos sanos. Así de fácil los requisitos. Así de grande la recompensa. Vale la pena, ¿no? Nuestro compromiso con la justicia social es una consecuencia de una sanación interior y personal.
(*) Mario A. Díaz M. es: Profesor de Religión y Filosofía. Licenciado en Educación. Egresado de la Universidad Católica del Maule
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