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El Diario del Maule Sur
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Opinión 05-07-2020
La revelación de hijo
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En aquel tiempo Jesús dijo: Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los entendidos, las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a Mí los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen sobre ustedes mi yugo, y aprendan de mí, porque soy manso y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana. (Mt 11, 25-30)
Para tener en cuenta…

¿Cuáles son estas cosas que -ocultas a sabios y prudentes- han querido el Padre que sean reveladas a los pequeños? Para entender la novedad de la respuesta que nos ofrece Mateo, es preciso detenernos un poco en algunas cuestiones acerca de la cultura del Mediterráneo, en el s I, en donde estas palabras por primera vez fueron dichas.

Si pudiéramos resumir en un solo concepto, la clave de las relaciones familiares en el mundo que circundaba a Jesús, ese concepto es “Sumisión” delante de la autoridad paterna: en las diversas culturas del tiempo de Jesús, ésta constituye una constante. La posición del padre en la familia era similar tanto en el mundo judío, como en el resto de los pueblos del Oriente Medio, tanto en Grecia como en todo el Imperio Romano: cabeza de ésta y su señor incuestionable; el padre tenía el derecho de disponer de la vida de todos quienes dependían y estaban sometidos a él, derecho de controlar sus destinos, de decidir qué tenían que hacer, o dejar de hacer quienes eran miembros del grupo familiar, que solía tener las características del clan, familia extendida, en donde la autoridad del padre -jefe del clan- se extendía mucho más allá de sus descendientes directos, abarcaba también a los miembros incorporados al grupo: nueras, nietos, servidores, es decir a todos los que se cobijaban bajo el mismo techo.

La relación de los hijos varones con el padre -máxime la del primogénito- estaba marcada por esta misma sumisión: el hijo aprendía en la práctica de la sumisión, a imitar los gestos, las palabras, el oficio del padre, de modo que, a su vez, cuando a él le correspondía asumir ese papel en relación a su nueva familia, llegar a reproducir la misma forma de relación con ellos; el hijo sumiso aspiraba a dejar de serlo, al momento de llegar a adquirir la autoridad de padre.

Este es el contexto en el que Jesús introduce un elemento radicalmente nuevo y a la vez inquietante: a saber, el modo de relación que éste manifiesta con su Padre: que siendo Jesús ya un adulto, se dirige a Él con la palabra que sólo se le permitía pronunciar a un niño pequeño: “Abba”; es decir, Papá. Un judío adulto, usa otras palabras para relacionarse con su Padre (vale la pena recordar aquí, que en otro Evangelio, el de Lucas, en la Parábola del Hijo Pródigo, el modo de dirigirse del hijo mayor a su padre es más bien el del servidor fiel y celoso que el que supondríamos de un hijo dolido); es más relevante en esta cultura la sumisión y el respeto, el trato propio de un inferior a un superior, que el trato cariñoso que nosotros suponemos y esperamos hoy de un hijo a su padre.

Jesús sorprende a los que lo escuchan dirigirse a su Padre, llamándolo “Abba”; no solo porque ése, al que nombra de una manera tan cercana, se trata de Dios, el Señor del cielo y de la tierra, sino porque no era propio de adultos el seguir usando –y menos en público- el trato propio de los niños; la infancia es un periodo de la vida que en esta cultura debía ser cuanto antes superado, es una abierta provocación el declarar que se quiere seguir siendo niño, seguir manteniéndose, y sintiéndose cómodo y gratificado en el papel de hijo, siendo ya un adulto.

También es una provocación patente la invitación al aprendizaje que Jesús hace a sus Discípulos en este Evangelio. Normalmente el objeto de la enseñanza de Jesús, en los Evangelios Sinópticos, es otro; es el Reino de los Cielos, o el Reino de Dios, es el contenido de la Voluntad del Padre, su afán de salvación para la humanidad, expresado en parábolas u otras formas didácticas; éste es el único pasaje en todo el Nuevo Testamento en donde el objeto propuesto para el aprendizaje coincide con el sujeto; es el único pasaje en donde el contenido de la enseñanza de Jesús es Él mismo: su talante, su modo de seguir al Padre, expresado en los dos adjetivos: mansedumbre y pobreza, o humildad, respecto del corazón: el primero, (en Gr. Praüs) que aparece también por única vez en los Evangelios (su plural “Praêis”, aparecerá en la tercera bienaventuranza [Mt 5,5]9 ; recoge la sorprendente figura de ese rey anunciado por el profeta Zacarías, el mismo que encarnará el propio Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén: el rey manso que no viene montado sobre un caballo con arreos de guerrero, con indumentos de conquistador, sino sobre la montura de los pobres, de los trabajadores: el asno, Rey de los pequeños, Rey de la paz. Y el segundo adjetivo, el de la pobreza de corazón, es la condición que posibilita el que Jesús sea permanentemente el Hijo, que en su indigencia no posee nada más que lo que el Padre le comunica y comparte con él a manos llenas.

Y es ésta precisamente la noticia que viene a ofrecer Jesús como buena noticia en este pasaje de Mateo: que Él es el Hijo, y lo seguirá siendo para siempre, que Él no pretende las prerrogativas del Padre, que es el Hijo que siempre está gozosamente pendiente de su Padre, que lo recibe todo permanentemente de su Padre, que su propia vida es donación a la voluntad de su Padre, donación agradecida porque reconoce que toda su vida es, a su vez, por completo, gratuito don del Padre.

Ésta es la buena noticia que ha sido revelada a los pequeños (en griego nepios, que es la palabra con la que se designa al infante, al niño que apenas sabe balbucear) y no a los sabios (el sabio es reputado de tal modo, porque ha llegado ser un adulto cabal, porque ha dejado de ser discípulo y es ahora maestro, porque ha superado la infancia y ahora ya puede exigir ser respetado como padre) y el primero de los pequeños que recibe esa buena noticia es el propio Jesús; pero esta buena noticia también es revelación del carácter de su Padre: no se trata de un señor autoritario, despótico en el ejercicio de su propia voluntad, inapelable, incontestable, necesitado a toda costa de que su autoridad sea reconocida; se trata de un Padre que tiene una vida y una voluntad para comunicar a su Hijo, de un Padre, cuya ternura, lo impele a extender su paternidad sin frenos, que quiere hijos y no servidores; de un Padre que no quiere sumisión, porque la sumisión es temblorosa hija del temor y puede ser eficaz, tanto para hacer que las cosas funcionen en orden, como para engendrar resentimiento; lo que ese Padre, el Padre de Jesús quiere es Obediencia.

La Obediencia cristiana, que es, en cambio, generosa donación del oído atento y de la pronta voluntad de quien se sabe necesitado de conducción, de quien sabe de que no hay mejor lugar en donde depositar proyectos, esperanzas, temores e incertidumbres que en las acogedoras y pródigas manos extendidas del Padre.

La sumisión supone anulación, de la propia voluntad, de la propia capacidad de hacerse cargo de las propias cosas, la obediencia -cuando es verdadera y no es excusa- supone entrar de lleno en comunión con Aquel a quien reconocemos como dador de vida, para que nuestra vida se ensanche en su vida. Y es precisamente este verbo, (exomologúmai) que expresa la comunión gozosa de voluntades, la palabra que encabeza la oración exultante de Jesús: Yo te alabo, Padre; verbo que incluso mejor se podría traducir con la paráfrasis: yo estoy profundamente de acuerdo contigo, y me gozo en ese acuerdo.

Una noticia que sólo puedan conocer los sabios y los que están convencidos y se jactan de serlo, sería una noticia excluyente, entraríamos en el juego de la sociedad secreta, del secreto compartido por solo un grupo de felices escogidos; la noticia de Jesús es inclusiva, entre éstos -los que comparten como niños el gozo que el Hijo quiere compartir, la noticia que Él quiere revelar- caben todos los que quieran hacerse y sentirse hijos en el Hijo, todos los que quieran recoger la invitación a aprender de Jesús el vivir como hijos, el pedir al Padre como hijos, el esperar confiados en el Padre como hijos, el anunciar el amor del Padre como hijos, el trabajar obedientes por que el Reino de los hijos, que es la voluntad del Padre, Señor del cielo y de la tierra, se manifieste en medio de nuestras relaciones, de nuestros trabajos, de nuestros barrios, dejando escuchar la voz del Hijo en mundo en donde impera tanta confusión, tanta incomprensión, al momento de ser padres, al momento de ser hijos.


(Raúl Moris G. Pbro.)
Prensa El Heraldo | Imprimir | 371
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