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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 04-07-2020
La señora Elena
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“A los personajes anónimos de la historia
y sus huellas en las memorias del tiempo…”

Su cabellera serpenteaba blancos reflejos ondeando sus negros cabellos cortados con las tijeras de casa, dándole un estilo siempre recto, como si fuese una cascada sin salida de sus fuertes hombros, su rostro sonriente, su caminar ligero, apurando el tronco para llegar primero al timbre de la puerta, una parlanchina de ojos grandes y oscuros, su mirada, no sé, no sé qué diría su mirada, pareciera que miles de noches tristes se durmiesen con ellos.
Yo le observaba sus manos grandes, blancas, muy cansadas de tanto lavar ajeno, no sé si era el sudor que bañaba su cara o el rastrillar de la escobilla que corría una y mil veces por la ropa de la familia que no era su familia, la mojaba hasta llegar a su estómago, no se cansaba, eso creía yo, la rutina de todos los lunes escobillar, enjuagar tres o cuatro veces, ir al tendedero, colgar la ropa, morderla con perritos de madera, así el viento las mecía jugando a entrelazarlas en rondas húmedas. Mientras un fondo gigante hervía agua con un polvo azul sobre el fuego encendido por la misma señora Elena, decía que ese polvo era para blanquear la ropa, y era verdad, parecía mentira que un simple polvo azul dejara las sábanas tan blancas, tan albas; mientras revolvía con un palo de madera dando vueltas y vueltas a la ropa que gorgoteaba, sus brazos se hacían más fuertes volviendo el sudor a cubrir su rostro cansado, mis hijos decía, ya están grandes, la mayor trabaja en Santiago cuida a un niño, sus patrones son muy buenos, ha viajado al extranjero con ellos, el niño la quiere mucho, en estos momentos anda en los Estados Unidos, la tratan bien y le pagan mucho dinero, es como una más de la familia, contaba mientras seguía con su blanquear de sábanas, se detenía armándose de fuerzas, echando su cuerpo para atrás, estirando sus brazos para no ser quemada por el agua azul hirviendo, enganchando en el palo la ropa caliente en un balde para ser llevada a la artesa de madera que la esperaba llena de agua fría, en dos o tres ejecuciones toda la ropa del fondo grande en la artesa de madera, y seguía contando de sus orgullos, estos pesitos son para ellos, mi hijo como es alto lo recibieron en la escuela de carabineros en Santiago, dijeron que por su altura podía ser guardia de ahí donde está el presidente de la república, La Moneda, parece que se llama, mi hija menor estudia y hace sus tareas en el baño para que su padre no la pille… él no quiere que ella estudie… y esos ojos grandes se le humedecían sin poder disimular aquella lágrima que moría antes de rozar sus labios atrapada en la manga de su gastada blusa.
Hasta el próximo lunes, se despedía siempre sonriente apurando sus pasos de madre-lavandera.

(María Mora)
Prensa El Heraldo | Imprimir | 285
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