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El Diario del Maule Sur
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Opinión 07-06-2019
La victoria del “Café con Leche”
La esquina de calle Independencia con avenida Brasil dio lugar a dos hechos ya olvidados por casi todos los que nacimos en esta tierras de Linares. Allí, en avenida Brasil, a pocos metros al sur de nuestra arteria céntrica, se encontraba el paradero de las “Victorias” de Linares… La victoria es una carroza de origen francés, inspirada en un coche del rey inglés Jorge 4°. En muchos lugares es tirada por dos caballos; en nuestra ciudad, la arrastraba un solo equino. Tenía sus ruedas delanteras mucho más pequeñas que las traseras, a las que unía un eje visible en todo el ancho del carruaje. Sobre esas altas ruedas lucía un par de grandes guardafangos. Su techo o capota de cuero lucía arrugas como las de un acordeón. Su conductor era el único ocupante del ancho asiento o pescante que separaba al caballo de los pasajeros. Este chofer no era tan solo diestro en el manejo de las riendas. Había perfeccionado además una perversa técnica para librarse de esos viajeros casuales que, a plena marcha del coche, se encaramaban en el largo eje trasero del carruaje: con una mañosa sacudida de la mano que operaba la fusta, lanzaban hacia atrás un certero chicotazo. ¡¡Huasca atrás!! ¡¡Huasca atrás!! … le gritaban los chicuelos denunciando al polizón. Juan Lilas Romo, un vecino de aquellos años, ostentó por varios días el verdugón rojo que le dejara el látigo de un cochero. El último de estos aurigas, el ‘loco’ Guillermo Salinas, cambió su carro por un automóvil de la marca Studebaker. Trabajó su vehículo por un tiempo y luego lo vendió. Entonces se encerró en su casa a morir de viejo. Con su marcha suave y silenciosa las victorias se alejaron de las calles y de la memoria de los linarenses.
En esta misma esquina de Independencia, al lado abajo de la vereda, tenía una pequeña mesa y un minúsculo brasero don Panchito. Era más conocido como el “Café con Leche”. El hombre, en su impecable guardapolvo blanco, reanimaba el braserillo a la llegada de los trenes y de las “Galgo Azul” y “Super Pullman” allá en la Plaza de Armas. Sentía un especial placer en echarle café a la taza de los ateridos clientes que se detenían ante él durante el invierno. El “Café con Leche” adoraba su humilde trabajo. Era feliz en esa esquina de Linares. Cuando llovía se ponía a resguardo del agua bajo la visera de cemento de la que fuera la zapatería Discal. Se jactaba de preparar y llenar con su brebaje la taza de sus clientes, sin perder jamás una gota. Pero Panchito se enfermó. El ‘Párkinson’ que lo afectó terminó por hacerle la vida imposible. Ahora desparramaba el café con leche cuando lo servía. Era apenas un poco lo que derramaba al comienzo pero, con el temblor de sus brazos y manos, terminó vertiendo con el pasar del tiempo más de la mitad de la taza. La enfermedad del hombre se hizo paulatinamente más intensa.
La llovizna que caía sobre la ciudad era densa. Hacía invisible el edificio de los ferrocarriles si uno lo miraba desde la esquina de la calle Independencia. Había un hombrecillo de pie bajo aquella visera de cemento. Junto a su brasero apagado contemplaba la calle Brasil. De pronto se oyeron los cascos de un caballo. Su andar no traía prisa alguna. Venía tirando una antigua victoria. A una seña del loco Salinas el “Café con Leche” subió al carruaje. Entonces se alejaron, ascendiendo entre inmensas nubes.

(Omar Goulart)
Prensa El Heraldo | Imprimir | 247
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