lunes 15 de agosto del 2022
El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 03-07-2022
LAS CONDICIONES DEL ENVÍO



El Señor designó a otros setenta y dos, [además de los Doce], y los envió de dos en dos para que lo precedieran en todas las ciudades y sitios adonde Él debía ir. Y les dijo: “La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha. ¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos. No lleven dinero, ni provisiones, ni calzado, y no se detengan a saludar a nadie por el camino. Al entrar en una casa, digan primero: «¡Que descienda la paz sobre esta casa!» Y si hay allí alguien digno de recibirla, esa paz reposará sobre él; de lo contrario, volverá a ustedes. Permanezcan en esa misma casa, comiendo y bebiendo de lo que haya, porque el que trabaja merece su salario. No vayan de casa en casa. En las ciudades donde entren y sean recibidos, coman lo que les sirvan; sanen a sus enfermos y digan a la gente: «El Reino de Dios está cerca de ustedes». Pero en todas las ciudades donde entren y no los reciban, salgan a las plazas y digan: «¡Hasta el polvo de esta ciudad que se ha adherido a nuestros pies, lo sacudimos sobre ustedes! Sepan, sin embargo, que el Reino de Dios está cerca». Les aseguro que, en aquel Día, Sodoma será tratada menos rigurosamente que esa ciudad”. Los setenta y dos volvieron y le dijeron llenos de gozo: “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”. Él les dijo: “Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. Les he dado poder para caminar sobre serpientes y escorpiones y para vencer todas las fuerzas del enemigo; y nada podrá dañarlos. No se alegren, sin embargo, de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres estén escritos en el cielo”.
(Lc 10, 1-12. 17-20)
Inmediatamente después de presentar las condiciones del seguimiento de Jesús, en la perícopa con que finaliza el cap. 9 de su Evangelio, Lucas abrirá el cap. 10 mostrando las condiciones del envío.

Aquellos que han aceptado la invitación a caminar tras Jesús, aquellos que se han hecho discípulos, que han aprendido con Jesús y han aprendido de Jesús, ahora han de ser enviados a anunciar el Reino: habrán de preceder al propio Señor, porque el Reino no es otra cosa que su plena presencia en medio nuestro; pero también habrán de prolongar el primer envío, el de los Doce: ha llegado el momento en que éste, (Cf Lc 9, 1-6) que apuntaba a la evangelización de los hijos de Israel, se extienda más allá de sus fronteras para alcanzar a todos los pueblos de la tierra; serán 72 los enviados, porque en la geografía veterotestamentaria, -que Lucas acoge para la construcción de este signo- son 72 las naciones de los gentiles, son 72, porque con ese número, junto a los 12, se construye la totalidad de la Iglesia, convocada y enviada.

El anuncio del Reino no puede quedar restringido al pueblo de la Antigua Alianza, el Reino de Jesús será el que manifieste la Nueva Alianza establecida con la humanidad entera; Lucas, un cristiano de la segunda generación, está recogiendo en este relato, aquel movimiento primero hacia tierras paganas que lo alcanzó a él mismo, esa marcha de testigos oculares que se hicieron servidores de la Palabra (cf Lc 1, 2) y llevaron el recuerdo enamorado de Cristo por todos las vías y senderos del Imperio Romano.

Cuáles han de ser entonces las condiciones de este envío misionero que participa, por cierto, de la misma gratuidad de la llamada inicial; en primer lugar, la perseverancia en la oración a Dios, el “Dueño de los sembrados”, oración que confiesa tanto la indigencia de los enviados, en número y capacidades, ante la inconmensurable obra que asoma en su horizonte, como el reconocimiento de que, tanto la obra, la “Cosecha”, como aquellos llamados a poner sus esfuerzos en ella no dependen de nada más que de la iniciativa del que los envía, del Dios Padre que ha enviado a su Hijo a sembrar las vastos parajes del mundo con su palabra y su anuncio; oración de súplica, porque por más que se empeñe el obrero, no le alcanzarán las fuerzas, terminará devorado por la tarea, o la abandonará exhausto e impotente, si sus labios y corazón no están embebidos de esa oración persistente –a tiempo y a destiempo, había dicho San Pablo-, dirigida al Señor para que Él le procure compañeros, para que Él procure relevos que continuen con ardor; oración de intercesión, que no ruega por el propio obrero –se descalifica como tal el enviado que es movido por la autorreferencia o la autocompasión- sino por el alcance del plan del Señor y sus frutos.

Tal como acontecía en la llamada al seguimiento, la segunda condición ha de ser la lucidez: el enviado ha de saber que la tarea no es fácil y que en ella se le puede ir la vida; no habrá lugar luego para balbucear: “es que no sabía…”, “es que no me dijeron…”; ha de saber que se encontrará no sólo con aquellos que le darán la gratuita y preciosa ofrenda de su amistad, que le abrirán las puertas de su casa y lo querrán hacer huésped y comensal suyo, que le regalarán confiados el aún más precioso don de su tiempo, de su oído atento, de sus manos, de su inteligencia y sus fuerzas laboriosas, reconociéndolo como enviado de Aquél que ha salido a buscarnos y a salvarnos, sino también se encontrará con quienes no van a querer acogerlo ni escuchar sus palabras, quienes desconfiarán de sus gestos, quienes preferirán seguir consumiéndose poco a poco en la indolente sordera, antes que despertar el oído al amor que por amor exige, nos sorprende y nos desinstala.

El que acepte el desafío del envío, no ha de ser un hombre o una mujer de sueños e ilusiones, de ilusiones -por más bellas que éstan sean, siempre terminan con la cabeza rota, al chocar contra el duro suelo de la realidad- sino alguien de ardientes convicciones, la primera de las cuales ha de ser el buscar incesantemente conocer la Voluntad del Señor para empeñarse en hacer lo que Él quiere, y no extraviarse por los senderos de las propias veleidades.

La tercera condición será la pobreza, no por romanticismo, tampoco como postura desafiante, sino para aprender -como lo sabe el Hijo- que todo está en las manos del Padre, que la eficacia de la misión no depende de las capacidades del enviado: ni de sus medios materiales, ni de sus recursos intelectuales, emocionales, o comunicacionales, ni siquiera de sus recursos espirituales.

La saludable conciencia de la propia indigencia no se aprende de manera teórica, tampoco el desapego; la desinstalación necesaria para seguir y anunciar un Señor, que vive a la intemperie, que se encuentra a gusto en la certeza de que todas sus acciones, sus gestos y palabras, aún la propia vida, penden seguras del cuidado del Padre, se aprenden en el ejercicio del abandono confiado en el andamiaje de la fe y del amor, por más precario que les parezca a aquellos, que terminan haciéndose prisioneros de los propios muros que han erigido para resguardarse.

Por eso el enviado tendrá que revisar muy bien qué es lo necesario para la marcha y darse cuenta de que es bien poco; lo superfluo –que por cierto adorna, conforta y compensa- terminará aplastando sus hombros, engrosando su corazón, entorpeciendo su andar, y, más encima, se convertirá en escándalo para quienes van a escuchar con sorpresa de sus labios el anuncio del Dios de los pobres, que nació en un Pesebre para morir en la Cruz, y que eligió el pan –el banquete de los pobres- como Sacramento de su Presencia hasta el fin de la historia.

La pobreza no ha de ser obstáculo para el anuncio, sino la condición para la credibilidad del mismo: del Anuncio y del Nuncio, del mensaje y del mensajero; al contrario de lo que podría pensarse en el contexto de un envío estratégicamente bien pensado y calculado, éstos, que son enviados “como ovejas en medio de lobos” habrán de partir sin pertrecho alguno: sin armas, sin abrigo, sin reservas, mansos y pacíficos para propagar la paz; pero en esta indefensión habrán de contar con la Parresía, -palabra que no aparece explícitamente en este pasaje, pero que gravita con fuerza en toda la obra de Lucas- contarán con la sinceridad y el aplomo que le da al enviado la certeza de estar haciendo lo que quiere su Señor, la seguridad que sus palabras y sus acciones cuentan con el respaldo de Aquél que lo envió, Parresía que es un don irrenunciable para el que no sólo ha de anunciar con claridad la inminencia del Reino, en los lugares en donde esta noticia sea acogida con alegría y gratitud, sino también –y con la misma fuerza y convicción- en donde sea rechazada, considerada un fermento de subversión, una amenaza.

Una última condición es la que aflorará al regreso de los Setenta y dos: cuidarse de la insidiosa tentación de seguridad y de autocomplacencia que da el saberse con una cuota, aunque sea mínima, de poder “Señor, hasta los demonios se nos someten en tu Nombre”: la alegría que está llamado a irradiar el enviado, ha de estar centrada no en sus éxitos, ni en la eficiencia de las propias capacidades desplegadas al servicio del Señor, sino en la proximidad de ese Reino anunciado, que no está por venir, sino que se ha hecho ya presente entre nosotros inaugurado por la presencia de Cristo, y en abrigar la certeza de que el sentido de su caminar lo sobrepasa, lo trasciende, porque está inscrito en la hoja de ruta trazada por la voluntad del Padre del cielo.



Raúl Moris G. Pbro.
Freddy Mora | Imprimir | 293