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El Diario del Maule Sur
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Opinión 07-07-2020
Las huellas de mi barrio
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Una calle desprendida como un susurro de norte a sur de la Iglesia Salesiana, lleva el nombre de un héroe de la patria llamado Eleuterio Ramírez. Lo asocio con la batalla de Tarapacá en la guerra del 79. Ya es lejana la historia aprendida muchos años. Amo mi barrio, me crié en la misma cuadra de la iglesia, me familiaricé con sus campanas que llamaban a la misa diaria de la mañana. Como furtivas sombras, al alero del invierno, se desplazaban figuras ensimismadas en sus pensamientos , presurosas para arrodillarse frente al altar después de una respetuosa genuflexión. El infaltable velo y ese silencio recogido en la satisfacción de que los pecados fueron confesados en esas casitas con pequeñas ventanillas donde arrodillados se esperaba la penitencia y la absolución. Un predecible ejercicio espiritual que dejaba las conciencia tranquilas para enfrentar el día, la semana o el mes, según la incontinencia de pecar.
Era familiar todo aquello, la cuadra formada por viejas casonas que estoicamente resistieron cataclismos y deterioro del tiempo con sus dueños y descendientes de diversas edades. A mitad de cuadra estaba la peluquería Don Bosco, el almacén de la esquina, luego el kiosco, a la vuelta por Colo-Colo la carnicería de don Ladislao.
Los pequeños y adolescentes a clases, los mayores al trabajo y las dueñas de casa a realizar sus deberes del hogar. Así era la dinámica de aquellos tiempos. Antes la calle era solo tierra, sin alcantarillado, luego el pavimento y los servicios sanitarios. Pero la gente era la misma: más entrado en años, los niños crecían, los jóvenes emigraban a otros pueblos formando sus familias y volviendo a la casa paterna de vez en cuando.
Pero el barrio va quedando, ya no están todas las casas, y las que hay , un tanto transformadas no quieren renunciar a conservar esa esencia de años y costumbres a pesar de la modernidad. Basta cerrar los ojos para encontrarse con épocas pasadas, el vecino, don Esteban, sentado contemplando el paso de los niños que salen de la escuela, saludando y entablando una charla con la persona que pasa y hace algún comentario del clima, la carestía de la vida o del pariente que enfermó. La vecina Teresita que aprovechando el sol de la mañana solía bordar sábanas en forma prolija y entusiasta. La tía Mena que , desapercibida por la altura de sus cardenales podía observar a cualquier hora el paso de la gente como una manera de entretención evaluando la presión del momento. Don Alfredo que rigurosamente puntual salía de su casa muy temprano a atender su fábrica de baldosas ubicada en calle Constitución, ahora Kurt Möller. Don Manuel mi querido padre, también muy riguroso con su horario se dirigía a la oficina de El Melado, también ubicada en la misma calle. Caminando, siempre caminando, llegaban puntuales a cumplir con su jornada laboral.
Un almacén ubicado en a esquina sur oriente atendido por su dueño, don Fidel. A pesar de los años tenía excelente memoria , le gustaba escribir su experiencia de vida en versos, muy genuinos y descriptivos dignos de leer y releer.
Todas las personas citadas ya han partido, pero siguen viviendo en su barrio y aunque las casas cambien y surjan nuevas construcciones el palpitar de aquellas vivencias asoman en el recuerdo a medida que se recorre la calle y surgen de las puertas sus antiguos moradores; las señoras barriendo las veredas, el cartero repartiendo su abultado contenido de las esperadas misivas, el lechero anunciando la fresca leche con el silbido estridente de un pito, el ruido de las herraduras en el pavimento, las carretas con carbón y leña, los bueyes silenciosos y obedientes, en fin, el pasado vuelve como una ráfaga inesperada de un viento cuya fuerza emociona remueve los sentidos por añorar lo que se fue. Hay esquinas rotas, lamentos escondidos entre los escombros, situaciones familiares esfumadas en el tiempo, rostros de ancianos que desde alguna parte nos sonríen, árboles cuyo verde esplendor fue fatigándose con el tiempo hasta morir derrumbados y silenciosos .
No me cambié de barrio, me instalé dos cuadras más al sur, es un ambiente familiar y amigable, todos nos conocemos porque estamos acá desde mucho tiempo. Nuestras historias entrelazadas en diferentes aspectos, vivencias, experiencias de compartir dolores y dicha como una sola familia. No es necesario ir al centro de la ciudad porque está a la mano la panadería, la carnicería, la verdulería, la botillería y en tiempos normales la visita a tomar un matecito amenizado con buena charla. Todo ello origina una agradable rutina.
Días atrás, se fue una persona muy amada en nuestro barrio. Ella merecía todo el tributo de amor y admiración de los vecinos, sin embargo nada fue posible. No hubo flores, ni velatorio, ni misa. Todo rito prohibido por la pandemia. Sólo un lento pasar por su cuadra y detenerse frente a su vivienda. La amargura de no poder despedir a un ser querido, imposibilitados de acompañar a sus deudos también impedidos de seguirla al camposanto y el duro trance de la desesperación deja una huella que hiere, que desata la incertidumbre y la perplejidad. Pero fue más fuerte el amor de su barrio No podía alejarse simplemente sola y silenciosa. El alma de la cuadra se convirtió en guitarra, en cueca que trocó el adiós por un “hasta pronto”. Y surgió un esquinazo, y al compás de la música y el canto un niño bailó y zapateó homenajeando a su abuela mientras la lluvia caía como para despejar toda desolación y dar el tributo que nacía de cada corazón de cada vecino que, en silencio, agitaban sus pañuelos .
Mi barrio deja muchas huellas imposible de desaparecer en el tiempo, es como una marca indeleble forjada en un pueblo como Linares que es ciudad y provincia, gente sencilla, amistosa, sin grandes pretensiones con las costumbres arraigadas de nuestros antepasados cuya esencia palpita en nuestro diario vivir.

(Tily Vergara)
Prensa El Heraldo | Imprimir | 614
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