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El Diario del Maule Sur
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Hoy
Opinión 13-02-2018
Linares de mis recuerdos
Esculturas de la Plaza de Armas:
Cada vez que regreso a Linares, al pasar por la plaza veo que algo falta… o hay algo que no estaba así:
Extraño los cuatro leones y los dos perros de hermoso mármol blanco que adornaban la Plaza de Armas. No sé cuantos sobreviven. La última vez que estuve allí, vi solo tres y ¡en qué estado! Quizás si algunos perecieron a mano de “jóvenes próceres” que han creído que destrozándolos se han convertido en seres dignos de admiración. —¡Claro… matamos un león, matamos un león! —analizarán en sus estúpidas mentes.
Ese día me acerqué a uno, sobreviviente pero con una fractura malamente reparada, me percaté que tenía una capa de pintura blanca que había hecho desaparecer esa superficie suavemente pulida del impagable blanco mármol de Carrara. ¿Por qué esa atrocidad? Porque un joven, tal vez estudiante entonces, en un ataque de “patriotismo” atacó a la indefensa escultura esgrimiendo un pomo de spray.
¿Para pasar a la posteridad con su vandálica acción?
Recordé a mis maestros de niño, Olate, Tillería, Troncoso, Villar. Jamás dejaron traslucir sus ideas políticas, pero sí sus ideales de buenos ciudadanos. Nos enseñaban principios, cuidar lo que adorna las ciudades o todo aquello que es de bien público.
¿Qué se les enseña a los niños de hoy?
Sigo recorriendo la Plaza: la Quimera, esa mujer alada, con cuerpo de león y cola de dragón, escultura inspirada en la mitología griega, cuyo original de Nicanor Plaza, en mármol blanco, se encuentra en el Museo Nacional de Bellas Artes. Una copia fue donada por el recordado comerciante palestino Abraham Aburman, a la comunidad de Linares, la ciudad que lo acogió, e instalada en la esquina sur-oriente de la plaza. La bella escultura representa a una mujer joven que con rostro angustiado mira… hacia la nada, derramando su cabellera sobre la espalda, el torso desnudo, su mano izquierda ayuda a sustentarla apoyada sobre la cabeza del león, sus pies sobre la cola cuidadosamente escamada del dragón, la mano derecha apoyada en su regazo sostiene algo entre los dedos; la tela que cubre la parte inferior de su cuerpo, delicadamente esculpida, se mezcla con las emplumadas alas que la envuelven. Fui a verla a la plaza, tal como hacía cuando muchacho, pero… también tenía una capa de pintura que convirtió la exquisita obra de arte en algo vulgar.
La Mona de la Plaza, esa esbelta mujer fundida en ¿fierro o bronce?, vertiendo agua desde una vasija en la pileta central, al menos se conserva en su lugar.
La plaza me hizo recordar cuando de niño —después de la misa a la que nos llevaban nuestros padres— el concierto matinal en el odeón, que la Banda de Músicos de la Escuela de Artillería, ejecutaba interpretando piezas clásicas y/o populares.
Gran parte de lo bello de mi ciudad, está desapareciendo. Vivirá solo en los recuerdos… Quizás mañana… no quedará nada….


Por Roberto Enrique Avendaño Rojas
Prensa El Heraldo | Imprimir | 260
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