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El Diario del Maule Sur
FUNDADO EL 29 DE AGOSTO DE 1937
Hoy
Opinión 09-03-2018
Lo normal, lo anormal y lo subnormal
Los años pasan calzando pantuflas, para que no se noten cuando avanzan. Lo hago presente hoy, pues ni siquiera sé cuántos son los vividos por Alonso desde que le afectó el accidente vascular y posteriormente otros pro- blemas. Hace aproximadamente un mes lo fui a visitar a su domicilio y allí estaba postrado con su cabellera en retirada y blanca como aquel color que toman los bosques cuando se queman, quedando ralos. Su rostro delgado dejando espa- cio a aquellas desagradables e intrusas arrugas que pintan una vejez prematura. Sus manos de piel casi morada imposibilitadas para unirse en una súplica. Sus ojos… con aquella mirada de despedida que hace llorar a quien la mira, con esa tristeza casi dormida aparentando inocencia, como si no existiera. Con ese mirar que conduce hacia el alma, la cual desde el in- terior grita sin ser escuchada, su amargura y la impo- tencia de detener la agonía de ese traje de piel y hue- sos que la encerraba, contemplando con casi llanto aquel abandono irrefrenable. Alonso relataba lo desesperante que domina al tener mucha sed y que ésta aumenta cuando se pide y no hay nadie que le pueda extender una copa, aunque sea con agua turbia, para calmarla… Peor todavía si tuviese una botella a su alcance y no poder cogerla, puesto que sus manos inmóviles estaban nu- las, ni siquiera flojas. Entonces intentaba llorar para beber sus lágrimas y tampoco lo lograba. No había nadie en casa; todos trabajando para obtener un in- greso y dar cumplimiento a las deudas originadas en excesivos gastos en remedios, médicos, kinesiólogos y otros tantos incontrolables a mi memoria, por su cantidad. Es tan grave este cuento y delicado, que no
Rajoy, el presidente del gobierno de España, es famoso por sus enrevesa- das y contradictorias frases que le han valido fama y burla simultáneamente a través del orbe. Una de sus perlas fue: «Si peor, mejor», en el contexto de explicar lo inexplicable de sus acciones u omisiones gubernamentales. Esa expresión tan simple, pero tan llena de amenazadores misterios, nos sirve para introducir el tema de este artículo. Para todos nosotros es sabido que los grandes hombres, y sobre todo los genios, no son normales. Es necesario que no lo sean, para que puedan rom- per la monotonía de lo cotidiano y de lo establecido, y de este modo aportar algo nuevo al mundo. Para que evolucione la ciencia, el arte entregue percep- ciones inéditas y la sociedad se renueve, es menester contar con hombres y mujeres que atornillen al revés y que rompan con los moldes consagra- dos. De más está decir que a través de la historia, este tipo de personajes ha desencadenado, cada uno en su área, pasiones tanto de odio como de com- promiso y apego. Al final del cuento, eso sí, dejan usualmente una huella donde multitudes que han hollado el suelo por siglos, solo han producido polvo en suspensión. Sin embargo, como siempre, tenemos que hacer un parelé en esta digresión. Porque hablar de la normalidad es una cuestión no muy simple. Políticamente también es incorrecto, cuando hoy en día se comienza a considerar que la anormalidad, tomada como desacato a la norma o aberración, no existe. Más aún, para que el sistema político, económico y educativo funcione, es necesario contar con una inmensa mayoría de entes disfuncionales. Parece raro afirmar que el statu quo necesite para su funcionamiento de acuerdo a las normas (de ahí deriva normalidad), individuos y entidades con serios conflictos en su percepción del mundo. Pero no la anorma- lidad de los seres excepcionales. Si cada uno de los componentes del tejido social funcionara perfectamen- te, al estilo de «Un mundo Feliz» (Aldous Huxley), la necesaria sinergia entre las partes ya no requeriría de las acciones remediales, que constituye el verda- dero negocio de nuestra sociedad capitalista (desde ahora ‘sociedad’, pues no existe otra). En la vida concreta esas acciones paliativas para las cuales exis- te una gran estructura instalada, reciben el nombre de «educación», «política», «religión», «sistema fi- nanciero», «salud», etc. Imaginemos por un mo- mento un mundo sin ignorantes, sin pecadores, sin endeudados, sin enfermos, en fin, gente realizada, cuya normalidad tuviera el sentido idealizado de la ple- nitud, pues bien, todo el negocio se vendría abajo o, simplemente, no existiría. Entonces, volvemos a la frase del ponderado Rajoy, «Si peor, mejor». Re- trucando al personaje, se puede decir: «Si mejor, peor». Puesto que para nuestro hábitat humano, los hombres y mujeres sanas, que rezuman tranquili- dad y paz, son elementos demasiados perturbadores como para aceptarlos en nuestras comunas, empresas, iglesias o colegios, porque tarde o temprano nos distorsionarán el sistema ideal de insatisfechos, necesitados, huérfanos de au- toestima, chupamedias y aduladores. Nos impedirá controlar, dividir, manipu- lar y presumir. En una palabra, verán al rey desnudo y podría ser incluso que liberen a la multitud que hasta ese momento solo veía lo que los consejeros del soberano decían que existía. Viva la anormalidad porque así se mantendrá el normal orden de las cosas.

Juan Gajardo Quintana, (profesor de Lenguaje)
Prensa El Heraldo | Imprimir | 270
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