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El Diario del Maule Sur
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Opinión 17-05-2019
Los copihues de Linares
El Concejal Eduardo Ibáñez Núñez propone llamar a Linares, “ciudad de los copihues”. La nota de El Heraldo, nos hace evocar tiempos lejanos en largas vacaciones de niñez y adolescencia y parte de nuestra juventud en Rabones o Embalse Ancoa, entre los años 50 y 70. En esa naturaleza pródiga esta hermosa y embrujadora flor, se da (o se daba) en rojo, blanco y rosado.
En esa época, las enramadas colgaban a lo largo de los arboles más o menos desde donde hoy termina el pavimento hacia Rabones. Al llegar al puente de Putagán (en que existía o existe un molino) las rojas campanitas cubrían maravillosamente las laderas. Salir a buscarlos para obsequiarlo a la pololita de turno de cada estío era casi un rito, lo cual, como lo manifiesta el señor Ibáñez Núñez, lo ha puesto al borde de la extinción. Y esto fue advertido ya en 1971 cuando la autoridad competente lo ubicó en la lista del patrimonio floral que Chile podía perder.
Pero había algo de atracción fatal – recuerdo esos años – en el descubrimiento de un copihue entre los ramajes de un roble, un peumo a un árbol cualquiera de la montaña. No importaba rasguñarse o arañarse por llegar a las codiciadas campánulas, (copihue, en mapudungun significa “boca abajo” aludiendo a su condición de flor invertida). Rara vez vimos uno blanco o rosado.
Desde 1977 el gobierno de la época lo declaró “flor nacional de Chile”. Algo de razón hay por cuanto en el siglo XIX se encontraba desde Valparaíso al sur. Requiere especiales condiciones de sombra y humedad. Muchas veces hemos intentado cultivarlo en el campo donde vivimos, pero no “agarra”. Tiene mucho de arisco, como tener un tordo o un zorzal en una jaula.
La literatura lo hizo inmortal y universal, entre otros, a través del poeta Ignacio Verdugo Cavada (1887-1970), quien en 1905 escribió su famoso poema dedicado a esta flor y cuyos versos, “soy una chispa de fuego que del bosque en los abrojos abrió sus pétalos rojos…”, les puso música Juan Miguel Sepúlveda, aun cuando en un principio se le atribuyó a Arturo Arancibia.
Esta versión se popularizó rápidamente, toda vez que su temática era perfecta para una voz lírica y pronto la incluyó en su repertorio Rayen Quintral, interpretándola ante la realeza en el de Palacio de Buckingham en 1951. La soprano de Iloca concluyó su vida de éxitos cantando en un local nocturno de Santiago, hasta caer a la sala común del hospital San Juan de Dios donde murió de neumonía en octubre de 1979.
El copihue atraviesa la literatura criollista desde Mariano Latorre adelante: en sus libros “Zurzulita” de 1920, “Cuentos del Maule” o “Chile País de Rincones”, es la flor que emerge en cada nota descriptiva de la naturaleza. De igual forma la acogen Carlos Acuña en sus “Baladas Criollas” o Armando Ulloa, poetas “de la tierra” y maulinos. Gabriela Mistral en los versos u Osmán Pérez Freire en la música, lo recogen con veneración.
Cuando fallece Mariano Latorre, el 10 de noviembre de 1955, Neruda escribe, la noche antes, su “Despedida” al gran defensor de la chilenidad la que lee en el Cementerio General. Con tinta verde le dedica una corona “tejida con boldos, arrayanes, copihues y laureles”
El Padre Alonso de Ovalle, quien se encontraba en Roma en 1646, tratando de convencer a adeptos para ingresar la Orden Jesuita de Chile, decidió publicar un libro que contase como era este lejano país. En sus páginas, gratas de leer hoy día, refiere cómo llegaban los choroyes a comer los granos de los huertos del templo de San Francisco en Santiago y las ramadas de copihues que se lucían en las chacras de la naciente villa capital del reino.
Don Julio Chacón recordaba que a fines del siglo XIX la plaza linarense tenía frondosas encinas donde se veían las rojas flores ondeando al viento. Cortados los árboles, éstas desparecieron.
Hay que hacer votos porque la cruzada del Concejal Ibáñez llegue a buen término y tenga permanencia en los años. Tal vez no veamos copihues de nuevo en nuestro principal paseo, pero si es digno de elogio este intento de salvataje de un aspecto de nuestra chilenidad profunda, tan a mal traer en estos días.


JAIME GONZALEZ COLVILLE
Academia Chilena de la Historia
Prensa El Heraldo | Imprimir | 370
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